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El Derecho Antidiscriminatorio de Género (Parte 2) /Román J. Duque Corredor*

Creado Lunes 28 de Septiembre de 2015 por Aixa Armas
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 La preocupación por la desigualdad de la mujer es el factor social que en el campo legislativo ha promovido se atiendan temas como el  de la prohibición de la discriminación por el género, se proteja a la mujer de la violencia de género  y a  las niñas y adolescentes en sus derechos;  y  que se regulen materias como la situación laboral de las trabajadoras y la participación paritaria electoral de las mujeres y de  su igualdad de oportunidades en el sector público o privado. Pero lo cierto es que como colectivo la desigualdad de la mujer  amerita un trato jurídico  distinto al del resto de otros grupos o colectivos.  Ese tratamiento diverso obedece a que socialmente el género femenino es un factor de desigualdad cultural que no se tiene en cuenta a la hora de legislar porque se le aplica la igualdad formal sin tener en cuenta la especificidad del género.  Esto es tan cierto, que en la sociedad persiste el estereotipo femenino de persona débil, sensible y tierna o las  identidades de género  “fuerte como el padre” y “sentimental como la madre”.  Identidades que afectan la visión de las relaciones de amistad, de pareja, sexuales y de oportunidades. A ello contribuye la cultura del reparto de roles y funciones que se hace no solo en los hogares, sino también en las aulas,  el empleo o en la función pública,  Ese reparto, hasta cierto punto tradicional o inercial, crea una identidad masculina y una femenina, que incluso, desde la infancia marcan una tipos de conductas para las niñas y los niños que llegan hasta su madurez, y que sin duda determinan una desigualdad de por vida.  Ello puede influir en problemas como los de la violencia de género. Por eso se dice que la mejor manera de prevenir esta violencia es educar en igualdad, sin diferenciar rasgos, emociones y sentimientos propios de hombres o mujeres.   Por otro lado,  sin plena conciencia, se cree que la solución está en que simplemente se establezca  en la ley la igualdad  de toda persona y la prohibición de la discriminación por el  sexo.  Vale la pena, a título de orientación, señalar que recientes estudios, como el realizado  en España por el Centro Reina Sofía sobre Adolescencia y Juventud,  en este año, demuestran que a pesar que los jóvenes de ambos sexos admiten que existe desigualad de trato entre hombres y mujeres, sólo el 1% de ellos considera que no existen diferencias entre hombres y mujeres adultos.

 Pienso que en la teoría general del derecho antidiscriminatorio de género, partiendo de esa base cultural de estereotipos o de identidades,   debería consagrarse como principios, en primer término,  que   si la diferencia entre hombre y mujer es natural, la desigualdad no lo es.  En segundo término, que la desigualdad se construye culturalmente  y que las sociedades y las culturas son las que determinan como somos como hombres y como mujeres.  Y en tercer término, que el Estado y la sociedad deben educar a los niños, niñas, jóvenes y adolescentes a ser mujeres y hombres sin distinguir entre fuertes y débiles. En este orden de ideas, se ha dicho  con relación a la violencia entre parejas,  que “La mejor manera de amar a alguien es no necesitarle y, desde luego, la forma de que libremente te amen no es bajo amenaza ni control. Eso nunca ha sido ni será amor”. (Informe, “Estereotipos de Género”, “Los jóvenes controlan a sus parejas”,  El Mundo, Madrid, 11.09.2015,  E/M/2 Sociedad,  P. 40).

*Ex magistrado de la Corte Suprema de Justicia y Presidente de la Fundación Alberto Adriani.

Colaboración especial para Mujer y Ciudadanía

@romanjoseduque

 

duquedeprado@gmail.com 

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