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Libertad al volante, así viven las mujeres saudíes su nueva conquista/Ángeles Espinoza/El País

Creado Lunes 08 de Abril de 2019 por Aixa Armas
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Desde hace nueve meses, el Gobierno de Arabia Saudí permite conducir a las mujeres. Un gesto que ha revolucionado la vida diaria de un país en el punto de mira internacional por la merma de libertades y cuyas ciudades carecen de transporte público. Muchas saudíes han dejado de depender del chófer de la casa y han empuñado el volante. “Conducir te empodera”, dice una de las pioneras. Esta es su historia

LOS DÍAS comienzan temprano en casa de Razaz Reda. Con dos hijas estudiantes, esta madre trabajadora de 42 años sabe que tiene que salir a las 6.30 en punto para dejar a la mayor, Razan, en la guardería donde hace prácticas este semestre, y a la pequeña, Zahar, en el colegio. Luego vienen 35 o 40 minutos hasta llegar al hospital de Riad en el que ejerce como dietista. “Depende de mi velocidad”, admite entre risas, antes de recordar los apuros de los primeros días al volante, cuando aún no se atrevía a coger la autopista y su viaje se prolongaba hasta una hora.

Este relato aparentemente banal esconde una revolución. Razaz es saudí y en Arabia Saudí las mujeres solo pueden conducir desde el 24 de junio del año pasado, una fecha que para todas ha quedado marcada en el calendario. Llegar hasta aquí ha sido una carrera de obstácu­los que las pioneras celebran exhibiendo su destreza a bordo de sus flamantes coches. Hay que haber pasado por su experiencia, en un país de 33 millones de habitantes cuyas ciudades carecen de transporte público, para entender lo que significa. Hasta el pasado septiembre, Razaz, su madre y sus hijas dependían de un conductor que tenían que compartir y coordinar para ir a sus trabajos, al colegio, a la compra, al médico o a visitar familiares.

“Deseábamos poder conducir; esperábamos que algún día levantaran la prohibición, pero no sabíamos cuándo ocurriría”, recuerda frente a una taza de café turco antes de empezar otra de sus intensas jornadas. “Soy una mujer divorciada con dos hijas, ¿por qué necesito tener un conductor en mi casa con todos los gastos que supone algo así?”.

Un chófer permanente cuesta de media 2.000 riales (500 euros) al mes, más alojamiento, comida, seguro médico y la comisión de la agencia de colocación. No todas las familias saudíes pueden permitírselo. Aún se desconoce cuántos extranjeros han perdido su trabajo como conductores, pero el empleado en casa de Razaz ha sido uno de ellos. Ella y su madre, Wafaa, de 60 años, se inscribieron en la autoescuela de la Universidad Princesa Nura (femenina) nada más abrirse el plazo, a principios de 2018, y le avisaron de que no hacía falta que volviera tras las vacaciones de verano. Para entonces confiaban en tener el carné. Pero la única academia para mujeres abierta en la capital (5,2 millones de habitantes) no daba abasto con la demanda.

“Se acercaba el inicio del curso escolar y seguían sin llamarnos, así que nos presentamos allí, les explicamos nuestra situación y conseguimos empezar las clases y obtener el permiso”, rememora Razaz. Sacar el carné no requiere la autorización del varón-tutor que las saudíes todavía necesitan para disponer de pasaporte o casarse. Aun así, varias entrevistadas se quejan de la larga espera y del precio del cursillo. Frente a los 400 riales (94 euros) que pagan los hombres, las autoescuelas para mujeres cobran 2.500 riales (588 euros) por 20 horas de teórica y 30 de prácticas. En Medina, a 840 kilómetros al oeste de Riad, aún no se ha abierto ninguna y Nora Alshneifi, de 32 años, ha optado por conducir sin permiso; el que sacó durante su época de estudiante en Siria ya está caducado.

“Me enseñaron mis hermanos cuando tenía 12 años y he conducido siempre que me ha hecho falta”, confía Nora, que trabaja en el departamento de recursos humanos de una empresa local. Su pelo corto y aspecto decidido ayudan sin duda a que pase inadvertida. “Solo una vez la policía estuvo a punto de pillarme. Llevé al súper a mi hermana mayor y aparqué en un lugar indebido. Se acercó un agente y me pidió el carné. Afortunadamente, en ese momento salía mi hermana, se dio cuenta de la situación, imploró al policía que no castigara a su hijo y coló”, comparte divertida.

A la hora en que Razaz llega al hospital, sale de su casa hacia el trabajo Rehaf G., una empleada de la Sociedad para la Conservación del Patrimonio. “Aprendí a conducir en Malasia, donde mi padre estaba destinado como diplomático”, cuenta. Para ella, poder ponerse al volante de su Honda CR-V “hace la vida mucho más fácil”. A sus 30 años y en vísperas de casarse, reconoce haber llorado esperando al chófer.

“Quedamos tres hermanas en casa; una estudia en la universidad, otra hace prácticas y yo trabajo. Resultaba muy estresante coordinar el conductor y, como tengo horario flexible, siempre me tocaba ceder”, explica antes de recordar la vez que se quedó colgada tras una clase porque sus hermanas tenían el coche. Rehaf, que ahora comparte el vehículo con su madre, cambió su carné internacional por uno saudí poco después de que se levantara la prohibición. “Presenté el anterior, me hicieron un examen en el que tuve que aparcar y conducir un poco; no fue difícil”, asegura.

Quienes disponen de un permiso reconocido pueden utilizarlo hasta que el próximo junio se cumpla el año de plazo para canjearlo por uno saudí. Fueron las primeras autorizadas a salir a la carretera el día que formalmente se levantó la prohibición.

“Hay gente a la que no le gusta conducir, pero las chicas estamos entusiasmadas. Podemos hablar con libertad entre nosotras y muchos chóferes pilotan realmente mal”, afirma Rehaf. El mayor problema que ve es la escasez de aparcamiento. “En las gasolineras, los trabajadores nos felicitan, aunque yo preferiría que hubiera una zona separada para mujeres”, añade desde detrás del niqab con el que se cubre el rostro y que revela su adhesión a valores conservadores.

Todas tienen anécdotas de cómo al principio, cuando paraban en los semáforos, las miraban desde otros coches, sobre todo los niños, que, sorprendidos por la novedad, las señalaban con el dedo. No recuerdan incidentes desagradables, algo en lo que sin duda ha influido la ley contra el acoso, promulgada casi al mismo tiempo que la que les permite conducir. Ya nadie vuelve la cabeza ante ellas, a pesar de que aún son pocas. Las autoridades no han respondido a El País Semanal cuántos carnés han expedido. Fuentes de las autoescuelas estiman que se ha procesado una quinta parte de las 120.000 solicitudes iniciales.

Las mujeres entrevistadas saben que su país está en el punto de mira internacional por el asesinato del periodista Jamal Khashoggi, el encarcelamiento de varias activistas y la guerra de Yemen. Algunas han pedido no hablar de política como condición para participar en este reportaje. Otras han sorteado las preguntas delicadas. Todas, sean cuales sean sus opiniones, exhiben una gran fortaleza personal lejos del estereotipo de mujer sumisa que a los ojos de un occidental proyecta el velo con el que se cubren.

“No poder conducir nunca me frenó, pero ahora soy mucho más productiva”, enfatiza Basma Elkhereiji, en Yedda, mil kilómetros al oeste de la capital saudí, en la costa del Mar Rojo. Esta empresaria de 38 años, que se define “como mamá ante todo” y es una conocida abanderada de la vida saludable en las redes sociales, aún mantiene a su conductor. “Se ocupa de los recados, recoge a las niñas [de 3 y 11 años] del colegio, pero ya no me veo obligada a esperarle para que, entre una cosa y otra, me lleve adonde necesite”, describe mientras atiende el móvil y sus colaboradoras entran y salen con mensajes.

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