Henriette Soep Bamberger: la Madame de la Caracas nocturna
Hablaba Razetti de una educación que nos liberara del miedo y nos enseñase a gobernar y cuidar nuestro cuerpo. Según él, había que mencionar aquellas cosas que no se nombran en público y hieren los oídos de la buena sociedad. Porque todos los seres que se aman quieren acostarse juntos, frotar su piel y sorber su aliento, confundirse como las ramas de una enredadera, ser la hiedra y el muro, para que la vida salga por la ventana abierta, buscando la brisa, con la alegría matinal de un pájaro. Ni la novia más casta quisiera recibir la dádiva de mutilación de Abelardo a Eloísa. De los perfectos amantes que parecía invocar utópicamente el Dr. Razetti, debían salir los venezolanos alegres y animosos que estábamos necesitando. Del estupro, la enfermedad, el encuentro culpable y avergonzado, salieron ya muchas gentes resentidas, abúlicas y tristes. Salieron simultáneamente — gemelos de la noche — los verdugos y los esclavos. Una especie de horrible sevicia sexual restallaba en las cárceles de Venezuela en el látigo de los carceleros. Había que llevar el alfabeto y el amor — que es también otro alfabeto — a tantos seres que aún flotan como en el légamo baboso del primer día de la creación. (…)
Así llegábamos, entre deseosos y tímidos, a las casas de la calle de Horno Negro. Era a la vez una estación avergonzada y ansiosa; quizás la necesidad de amor que no disponía para esa noche sino de los brazos mercenarios. O porque somos jóvenes y nos consideran inagotablemente fuertes; porque parecen descubrir en nosotros la virginidad de la pasión, esas mujeres nos darán la ternura que niegan a sus clientes de paso. (…)Pasamos los detalles grotescos de la casa: las oleografías del salón; la voz bronca de la Celestina; las gesticulaciones del músico homosexual que toca el piano; los hombres hoscos — quizás de la policía — que se repantigan altaneramente en las sillas y ordenan trago para todos; ese olor de lociones ordinarias, de polvos de arroz, de anís y sábanas almidonadas, de todos los prostíbulos. (…). Afuera arde y revolotea la noche de Caracas como enjambre de encandiladas rabiosas cantáridas. En ese sur de la ciudad — por las quebradas y barrancos enmogotados donde se escondieron los conspiradores y huyen los asesinos — el río Guaire arrastra su corriente de detritus. Miro el reloj de la medianoche y emprendo el desconsolado regreso a la pensión. (…) — Mariano Picón Salas, Regreso de Tres Mundos, sobre esa Caracas donde las pasiones se desataban en El Silencio y la zona sur de Caracas, cerca de la urbanización El Paraíso, la más lujosa a principios del siglo XX
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