Cristina Morató, reportera de las mujeres olvidadas: “Ser viajera era ser loca, fea y marimacho
Fuente: El Español
La periodista Cristina Morató dejó la televisión y se ha dedicado a viajar para dar voz a las historias de las mujeres de todo el mundo.
Cuenta Cristina Morató (Barcelona, 1961) que los alcarreños le preguntan “y tú, Cristina que has viajado por todo el mundo, ¿cómo que has acabado aquí, en la Alcarria?”. Y ella responde “por la luz”. Va a pasar el mes de marzo en su refugio de escritura, esta casa “en tierra de leyendas, poetas y escritores”, pero no deja de viajar a pesar de los tiempos, porque el viaje es consustancial a “La Morató”, como ella misma se autodenomina varias veces durante esta entrevista.
Este mes de marzo va a viajar escribiendo y leyendo, una forma muy conveniente de hacerlo según las circunstancias. Y además sigue viajando mentalmente porque estando en la Alcarria, se imagina cofres y tribus guerreras de los ochenta países que ha visitado como periodista y escritora. Por la mañana, cuenta a MagasIN, se levanta y se toma el café mirando al horizonte del cerro de Hita, trasladándose mentalmente a México; por la noche, ironiza, a la sabana africana, por los campos de cereales: “Con muy poca imaginación vuelvo a ver a los masáis”.
No avanzaba con el nuevo libro y por eso he decidido venirme aquí”. En Madrid, su marido y su hijo la conocen bien y colaboran con ella, pero a veces “es necesario pasar un tiempo a solas para escribir”, y coincide en que las escritoras lo han tenido más difícil siempre. “Aún estando aquí, yo soy madre y estoy pendiente de mil cosas y a veces no resulta fácil. Es el problema de Virginia Woolf cuando reclamaba su habitación propia. No siempre es fácil gestionar a una familia, pero más cuando necesitas concentrarte varios días seguidos en tu trabajo. Yo
ahora necesito pasar más tiempo en este universo mío”.
Explica que “no hago ficción, por eso no dependo de la inspiración. Lo mío es un trabajo de hormigas”. Morató, que es conocida por sus programas de televisión y libros sobre mujeres viajeras, necesita “revisar la documentación, encajarla, crear ese personaje histórico que ya existe pero que necesita de una mirada”. En algunos casos, sus libros sirven incluso “como Reinas Malditas, para reescribir en cierto modo la historia y devolver la voz a las mujeres”.
Un universo muy femenino de aventuras, pero poco romántico
Describe cómo vive desde hace más o menos veinte años “en un universo muy femenino de aventuras, pero poco romántico”, sin embargo “muy gratificante: cuando tienes un libro publicado, y recibes esos mensajes de cariño, es genial. Antes, durante mucho tiempo el de escritor es un trabajo de absoluta soledad y monacal, muy esforzado. Un poquito áspero incluso, no como en las películas. Requiere de una época muy solitaria, en la que estás muchos meses aislada, sin ver a tus amigos, porque si no no lo acabas”.
La afición por la lectura
“Me enganché a la lectura siendo niña, gracias a Agatha Christie”, explica Morató respecto a su infancia y primera adolescencia, “recuerdo el día que cae en mis manos Diez Negritos, y tengo que reivindicar que, aunque se trate a veces de una escritora denostada, o parezca que sea autora de best sellers, Christie es una de las grandes y a mí me aficionó de manera increíble”.
Recuerda también que sus primeras lecturas no fueron las habituales. “Sin ser un gran lector, mi padre era un gran coleccionista de libros, y tenía una buena biblioteca. Esos libros crearon en mí el sueño de poder viajar y ser periodista: desde muy joven tenía claro que quería ver mundo”.
Curiosidad por otros mundos y culturas
«El corazón de las tinieblas, Las mil y una noches en una edición con cubiertas de piel de mi padre, con ilustraciones subidas de tono… yo hojeaba estos libros a escondidas, y quería ir a Oriente, conocer ese hedonismo, esos bazares”. Para ella, fueron esas lecturas de infancia las que crearon “una enorme curiosidad por conocer otros mundos y culturas. Si algo me
define es que soy una gran curiosa, una temeraria, una rebelde”.
“A los 20 años, ahora tengo 60, le dije a mi madre que quería ser reportera de guerra e irme a Centroamérica, acaban de llegar los sandinistas al poder [se refiere a los años ochenta] en Nicaragua, a mí se me metió en la cabeza que quería ir a Managua a cubrirlo. Te puedes imaginar a mi madre, en la cocina, y a mí diciéndole ‘me voy con un periodista que tampoco conozco mucho, que va a cubrir la guerra del Salvador’”.
De acuerdo, pero cuídate»
Nunca olvidará la respuesta de su madre. Le dijo: «De acuerdo, pero cuídate”. Con esta sencilla frase, explica ella, “me quería decir, no te voy a hacer cambiar de idea, y ahora que tengo un hijo, entiendo la importancia de aquello y la generosidad que demostró, porque ¡no sé como reaccionaría si me dice que se va a cubrir la guerra en Ucrania! Valoro que no me hiciera chantaje emocional, y fue por algo. Ella era una mujer preparada, había
trabajado como secretaria en Olivetti, era inquieta y culta, se casó y había asumido el papel de madre y esposa y quizá eso le creó una gran frustración y de algún modo vivió a través de mis viajes”.
Tanto es así, que “cuando fui a Centroamérica, no teníamos movil ni skype, y yo le enviaba postales. Qué emoción cuando regresé y vi que las había ido colgando en un mapa con una chincheta, haciendo el itinerario. Esto me emocionó porque acabó estando orgullosa de su hija, a pesar de que yo era una temeraria”.
Por qué te defines como temeraria?
Yo tenía una idea idílica de lo que era ser reportera de guerra a partir de los retratos de Oriana Fallaci y de Christine Spengler. Y en realidad era incapaz, no tenía estómago. Me encantó un día que un compañero mío me dijo, en un campo de refugiados, cuando me puse a ayudar a una familia, “nunca vas a llegar muy lejos, primero haz la foto y después ayuda”, porque yo dejaba la cámara en el suelo y me daba igual.
¿Trabajabas como freelance?
En ese viaje inicial, que fue como un bautismo de fuego, piensa que yo estaba estudiando en Barcelona, no tenía ni carnet de prensa, así que en Managua, para poder visitar los campos y moverme por el país lo necesitaba. Yo trabajaba para una revista femenina que se llamaba Hogar y Moda, hacía fotos de bodegones, y con eso me gané el dinero para pagarme el viaje. Imagínate la cara de esa compañera cuando llego una veinteañera y dice «quiero cubrir la llegada, ver el trabajo de las mujeres en las trincheras»
Al principio me lo denegaron, pero como cada día me presentaba allí me acabaron dando el carnet y aún lo guardo, porque pone que el gobierno sandinista acredita a la chica de la revista Hogar y Moda para estar en las trincheras.
¿Era usted peleona desde el principio?
Trabajaba para Tiempo y Geo, y otros medios. Pero pronto me gané fama de pelear mucho mi sueldo. Es muy importante hacerte valer en esta profesión donde te pisotean bastante, tuve claro que tenía que hacer valer mi trabajo siempre.
¿Alguna anécdota?
Una vez lleve unas fotos a la revista Tiempo de los campamentos de refugiados, le enseñé el trabajo al encargado, y me dijo “magníficas fotografías, dile al fotógrafo que venga y hablaremos de precios”. Y le
respondí “el fotógrafo soy yo, y vas a tener que hablar conmigo del precio”. [Ríe]
¿Tuvo usted miedo alguna vez?
No, con veintipocos años me metí en todas partes, hasta en las peleas de gallos, tuve un ángel porque regresé con vida…
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