Schopenhauer y la felicidad o… ¿un capitalismo para la vida? / Karin van Groningen

Karin van Groningen

La felicidad personal. Ese fue su logro. La felicidad, a través de la negación consciente del yo. Schopenhauer, el brillante filósofo alemán (1788-1860) escuchaba a Beethoven (1770-1827) -casi, casi contemporáneo con él- para doblegar a su infeliz yo personal. Uno que es igual al de todos. Siempre insatisfecho. Un yo que es básicamente, una voluntad de vivir. Un afán ciego de permanecer en vida, carente de fundamentos y de motivos. Sin lógica, ni dirección. Al igual que toda la acción humana.

Sin fundamentos, ni motivos, ni razón. Es un afán de vivir que hace que “toda vida sea esencialmente sufrimiento”. Pesimismo filosófico, llamaron a su filosofía. La Novena Sinfonía, ese canto a la libertad, a la hermandad, esa oda a la alegría, eran los sonidos capaces de llegar directamente al alma y provocar su felicidad personal. Capaces de provocar la negación consciente de su yo. Capaces de doblegar su irracional afán de vivir.

Así hablaba Schopenhauer, el filósofo que no creó escuela filosófica, pero que influyó decisivamente sobre el pensamiento occidental. Influyó sobre Einstein y sobre Freud. Sobre Wagner y sobre Borges. Sobre muchos de esos grandes de los siglos XIX y XX cuya obra hoy estudiamos… o deleitamos. Pesimismo filosófico, llamaron a la filosofía de aquel que terminó muy feliz sus últimos años. La felicidad, a través de la negación consciente del yo. Un estadio vital que puede ser alcanzado, según Schopenhauer, mediante la contemplación de la obra de arte como manifestación estética. De las obras pictóricas. O de las esculturas. Pero la música provoca la necesaria conexión espiritual que no requiere de intermediación ninguna.

Ni el intelecto. Ni la razón. Ni el consciente, participan en ella. La música llega directamente al alma. Pero ese no es el único camino para alcanzar la felicidad, nos dice el filósofo. La introspección que conduce al conocimiento esencial de uno mismo, es otro camino para negar esa pulsión siempre insatisfecha que nos hace infelices. Una vida ascética rodeada de prácticas y técnicas espirituales orientadas a la liberación del sufrimiento. Esa suerte de nirvana de la filosofía shramánica hindú. Y todavía hay un tercer camino para alcanzar la felicidad, agrega Schopenhauer.

La práctica de la compasión, que -para el filósofo- es la base de la moral. Compasión hacia los objetos inanimados. Compasión hacia los árboles y las plantas. Compasión hacia los animales y sus derechos ¡La Tierra no es un armatoste para el uso del ser humano! se ha dicho inspirado en sus palabras ¡El maravilloso globo celeste no debe continuar siendo convertido por el hombre en el infierno de los animales! Han dicho muchos, de seguidas, inspirados en su pensamiento. Y Schopenhauer también nos habla de la compasión hacia los hombres. Probablemente de vivir en el mundo de hoy nos hablaría de la necesidad crear sociedades distintas a las de los muy suicidas países del primer mundo.

Y a aquellas otras, que son una mala copia de ellas. Colectivos peligrosamente aglomerados -como lo ha mostrado el fenómeno del coronavirus- en torno a un mercado de bienes intrascendentes que no procuran felicidad alguna, cuya producción da al traste con los recursos naturales no renovables de que dispone el planeta. Probablemente de vivir en el mundo de hoy, Schopenhauer nos hablaría de la necesidad de crear sociedades en las que prive la práctica de la compasión.

Hacia el mundo inanimado. Hacia las plantas y los animales. Hacia el ser humano. El rescate, consciente y planificado, de vida cerca de la naturaleza, fundado en tecnologías novedosas. Formas de producción privadas, regidas por un poder público limitado, concentrado exclusivamente en su obligación para con la vida actual y futura.

Un poder público -nos diría Schopenhauer- capaz de dejar libre la extraordinaria capacidad humana para la creación. Es lo que podría denominarse, un capitalismo para la vida ¿Qué opina usted?


Caracas, abril 2020

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