Puentes sobre la herida| Por: Soledad Morillo Belloso

(2 diciembre 2025) Me pongo en los zapatos de los millones de venezolanos que están fuera de Venezuela. Zapatos que han cruzado mares, que han pisado aeropuertos fríos, que han aprendido a caminar sobre calles ajenas. Zapatos que guardan la memoria del olor a arepa recién hecha, del canto de un vecino, del calor de una tarde en algún lugar de Venezuela.
No me toca juzgarlos. Me toca entenderlos. Entender que cada partida fue un desgarrón, un salto al vacío, una apuesta por la supervivencia. Que detrás de cada maleta hubo lágrimas escondidas, discusiones rotas, silencios que aún pesan.
Y tanto como me toca comprenderlos, también a ellos les toca comprendernos: a los millones que estamos aquí, resistiendo entre apagones, colas, ausencias y rutinas que se vuelven épicas. Aquí, donde quedarse es también una forma de lucha, un acto de fidelidad, una manera de sostener la raíz.
Tenemos, los que están fuera y los que estamos aquí, que deshacer los juicios de valor. Porque los juicios son muros invisibles, ladrillos de incomprensión que nos separan. Y lo que necesitamos no son muros, sino puentes.
Puentes que unan la nostalgia con la resistencia. Puentes que permitan que la voz del que migra se encuentre con la voz del que se queda. Puentes que reconozcan que el dolor es compartido, aunque se viva en geografías distintas.
Construir puentes es aceptar que nadie tiene la verdad absoluta.
Que irse no es traición, que quedarse no es heroísmo.
Que ambas decisiones son hijas de la misma herida, del mismo país que nos duele.
Deshacer los juicios es abrir espacio para la ternura. Es escuchar sin condena, es abrazar sin reproche. Es entender que Venezuela no está sólo en un territorio: está en la memoria, en la lengua, en la comida, en la música, en los gestos que nos reconocen.
Son tiempos difíciles. Eso lo sabemos. El aire está cargado de ausencias, las calles guardan silencios que pesan, los cuerpos llevan cicatrices invisibles.
Hay que bajarle dos, como quien baja el volumen de una radio que transmite noticias duras, para que las heridas duelan menos, para que la piel respire, para que el alma encuentre un respiro en medio del ruido.
Bajarle dos es aprender a hablar más bajo, a escuchar más hondo,
a dejar que la ternura se cuele entre las grietas. Es encender una vela en la penumbra, es compartir un pan caliente, es recordar que incluso en la tormenta hay manos que buscan otras manos.
Porque las heridas no desaparecen,
pero pueden doler distinto: menos como cuchillo, más como cicatriz que nos recuerda que seguimos vivos.
Bajarle dos es un gesto de humanidad, un pacto silencioso entre los que se fueron y los que se quedaron, entre los que esperan y los que están lejos. Es decir: no nos juzguemos, no nos gritemos, no nos rompamos más.
Son tiempos difíciles, sí. Pero si le bajamos dos, quizás podamos escucharnos mejor, quizás podamos tender puentes sobre la herida, quizás podamos salvarnos juntos. Puentes, no juicios. Eso nos toca. Eso nos une. Eso nos salva.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob
![]()