La ciudad que respira tango| Por: Laura Trejo

Laura Trejo

(8 junio 2026) Buenos Aires despierta cada mañana con un murmullo que no se parece a ningún otro. Es el sonido de los colectivos que resoplan en Corrientes, de los vendedores que acomodan sus puestos en Once, del silbido de un portero que barre la vereda como si espantara fantasmas. La ciudad respira, y cada bocanada de aire trae consigo un recuerdo, una historia, un secreto.

Mateo, un joven escritor que nunca había publicado nada, caminaba por San Telmo con un cuaderno bajo el brazo. Había decidido que su novela —esa que llevaba años intentando escribir— debía nacer en las calles de Buenos Aires. No en bibliotecas silenciosas ni en cafés impersonales, sino en la piel viva de la ciudad. “Si la ciudad habla, yo solo tengo que escuchar”, se repetía mientras anotaba frases sueltas: el olor a choripán en la Costanera, la sombra de Gardel en cada esquina, la melancolía de los balcones oxidados.

En la Plaza Dorrego, un hombre mayor tocaba el bandoneón. La melodía era un tango antiguo, de esos que parecen arrastrar siglos de nostalgia. Mateo se detuvo. El músico tenía los ojos cerrados, como si cada nota lo devolviera a un tiempo perdido. Al terminar, abrió los ojos y lo miró directamente.

—¿Buscás palabras o buscás música? —preguntó el hombre.

Mateo dudó.

—Busco la ciudad —respondió al fin.

El hombre sonrió.

—Entonces seguí caminando. Buenos Aires no se deja atrapar en un cuaderno. Se esconde en los detalles.

Mateo siguió su consejo. Caminó por Caminito, donde los colores parecían gritar más fuerte que las voces de los turistas. Se perdió en el Riachuelo, donde el agua oscura reflejaba una ciudad que prefería no mirarse demasiado. Se dejó llevar por la multitud en la estación Constitución, donde cada rostro era una novela inconclusa.

Una tarde, entró en un café de la Avenida de Mayo. El lugar estaba casi vacío, salvo por una mujer que escribía en una servilleta. Tenía el cabello recogido y los ojos cansados, pero su mano se movía con una urgencia que Mateo reconoció: la necesidad de atrapar algo antes de que se escape.

—¿También escribís? —preguntó él, acercándose.

Ella lo miró con desconfianza, pero luego asintió.

—Escribo cartas que nunca envío. —Le mostró la servilleta: frases cortas, como disparos. “Te espero en cada esquina, aunque sé que no vas a venir”.

Mateo sonrió.

—Eso es Buenos Aires. Una carta que nunca llega, pero que igual seguimos escribiendo.

Se quedaron conversando hasta que el café cerró. Ella se llamaba Clara, y vivía en un departamento antiguo en Almagro. Lo invitó a caminar por su barrio. Allí, entre murales y almacenes, Mateo descubrió que la ciudad no era solo un escenario: era un personaje. Buenos Aires tenía voz, tenía humor, tenía cicatrices.

Los días pasaron, y Mateo comenzó a llenar su cuaderno. No con capítulos ordenados, sino con fragmentos: el olor a jazmín en una terraza de Palermo, el eco de un bandoneón en la madrugada, la risa de un niño que corría detrás de una pelota en la Boca. Cada detalle era una pieza de un rompecabezas que nunca estaría completo, porque Buenos Aires siempre cambiaba, siempre se reinventaba.

Una noche, Clara lo llevó a un club de tango escondido en Balvanera. El lugar estaba iluminado apenas por lámparas viejas, y las parejas se movían como si el tiempo no existiera. Mateo los observaba fascinado: cada paso era una declaración de amor y de duelo al mismo tiempo. Clara lo tomó de la mano.

—Tenés que bailar —le dijo.

—No sé —respondió él.

—Nadie sabe. Buenos Aires te enseña.

Y así, torpe y nervioso, Mateo se dejó llevar por la música. Descubrió que el tango no era un baile, sino una conversación. Una forma de decir lo que las palabras no alcanzaban. En ese instante, comprendió que su novela no debía ser perfecta: debía ser honesta, como la ciudad.

El invierno llegó, y con él la niebla sobre el Río de la Plata. Mateo y Clara caminaban por Puerto Madero, donde los edificios modernos intentaban competir con la memoria de los viejos docks. Ella le contó que había perdido a su hermano en la crisis del 2001, y que desde entonces escribía cartas para no olvidar. Mateo escuchó en silencio, entendiendo que Buenos Aires también estaba hecha de heridas.

—La ciudad es como un tango —dijo Clara—. Siempre habla de lo que se perdió, pero igual seguimos bailando.

Mateo anotó esa frase en su cuaderno. Sabía que sería el corazón de su novela.

El día que terminó de escribir, estaba sentado en un banco de la Plaza de Mayo. Frente a él, la Casa Rosada brillaba bajo el sol, y las palomas revoloteaban como si fueran parte de una coreografía. Cerró el cuaderno y lo sostuvo contra el pecho. No sabía si algún editor lo aceptaría, pero eso ya no importaba. Lo esencial era que había logrado escuchar a la ciudad.

Clara llegó y se sentó a su lado.

—¿Terminaste? —preguntó.

—Sí. Pero Buenos Aires nunca se termina. —Sonrió.

Ella lo miró con ternura.

—Entonces escribamos otra carta. Una que tampoco enviemos.

Y juntos comenzaron a escribir en una hoja suelta, mientras la ciudad seguía respirando alrededor de ellos: los colectivos rugiendo, los vendedores gritando, los músicos tocando, los balcones suspirando. Buenos Aires era un microrrelato infinito, y ellos apenas habían atrapado un fragmento.

 Laura Trejo: Vive en Argentina. Es escritora con discapacidad múltiple. Mediante la escritura se comunica con el mundo. Escribió algunos libros: «Aprender a volar», premiado y presentado en la feria del libro. Tiene por título «El Abuelo» y fue recientemente editado. El año pasado, «Jaime y más». Participó de varios talleres siendo su mayor pasión, la literatura. Ganó varios premios literarios en Latinoamérica. Usa un software parlante para escribir.

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