Cubierta de sangre ajena en medio del caos| Por: Karina Oval

Una historia sobre la fragilidad de la vida y el instinto de sobrevivir en medio del doble sismo

(29 junio 2026) Es muy difícil escribir una crónica de lo sucedido cuando tu cuerpo todavía siente el temblor. Cuando en los oídos aún te retumban los gritos, la desesperación y la sangre fría de esa persona a la que intentas auxiliar, mientras va mojando también tu ropa, tus brazos y tus piernas. Escribo esto con el impacto a flor de piel.

Todo comenzó el miércoles 24 de junio de 2026. Me encontraba justo frente al restaurante discoteca «Rompeolas», cuando sentí cómo la tierra levantó mi carro de lado a lado. El suelo tembló con tanta fuerza que el movimiento me lanzó hacia el lado norte. Intenté acelerar, pero para ese momento ya había entrado en pánico. De manera instintiva frené, dejé el carro en medio de la vía y salí corriendo sin rumbo.

Es precisamente en ese desespero, mientras corres buscando ponerte a salvo, cuando te topas de frente con la crudeza de la emergencia. Es muy difícil narrar la impotencia de ver a la gente pasándote por un lado en carro, en moto o caminando, buscando salvarse a sí mismos o encontrar a sus familiares. En medio de esa marea humana, mientras yo intentaba sobrevivir, me topé con una mujer que me suplicó ayuda. Sus piernas ya no le daban por el peso de un embarazo de aproximadamente siete meses y por una pérdida de sangre que ya había empapado su ropa y la mía. No la conocía. Yo era simplemente una de las tantas personas que corría por la calle, impulsada por un objetivo claro: buscar a mi hijo, a quien había dejado descansando en Caracas mientras yo decidía bajar un rato a La Guaira para relajarme y desconectarme de la carga del trabajo y el estudio. No la conocía, pero era una madre igual que yo, intentando correr para llegar a su casa. Al principio pude manejar su peso; ella colaboraba y avanzábamos juntas por la calle. Yo no sabía hacia dónde íbamos y ella creo que tampoco, solo queríamos alejarnos de la destrucción.

Mientras le pedía que se apoyara en mí para aligerar la carga, le gritaba a todos los que nos pasaban cerca que nos ayudaran. Cada vez se me hacía más difícil sostenerla y a ella se le hacía imposible caminar. Nadie se paró. Todos nos veían con lástima, nos miraban llenas de sangre, pero ningún carro se detuvo. Imagino que por el miedo a que la mujer muriera en su vehículo y eso los comprometiera legalmente, o simplemente porque también iban desesperados buscando a los suyos. Caminamos juntas un largo trayecto en medio del caos. Los funcionarios policiales en ese momento tampoco sabían qué hacer, estaban desbordados y no tenían motos ni carros disponibles para trasladarla. Yo siempre cargo conmigo un frasco de alcohol; no voy a olvidar cómo, cuando se lo daba a inhalar, veía que recuperaba un pequeño vestigio de energía e intentábamos seguir. Así lo hice varias veces, hasta que su cuerpo se venció por completo y caímos las dos.

A ras del asfalto veíamos pasar los carros al lado de nosotras. Ella ya no tenía fuerzas, pero aún respiraba y me miraba fijamente mientras yo suplicaba por ayuda. No la quería dejar ahí tirada en la calle. Pensé en parar algún carro de manera agresiva, ponerme en el medio e imponerme para que nos auxiliaran, pero sabía que ya era muy tarde. Su mirada me lo decía: había perdido demasiada sangre mientras caminábamos. Le tomé la mano y me quedé allí con ella, esperando en medio de la vía, hasta que de repente una chica joven gritó: «¡Tía!». La mujer embarazada medio pudo levantar la cabeza y yo sentí una alegría indescriptible. Me paré enseguida y le expliqué a la joven que su tía estaba muy mal y que me había pedido ayuda. La muchacha llegó con un chico en una moto y, como pudimos, intentamos montar el cuerpo ya desvanecido. No sabían todavía a qué hospital trasladarla, pero me despedí de ella con la tranquilidad de quien siente que hizo lo correcto, aunque el pronóstico médico fuera muy difícil.

Luego me levanté y me miré: era yo la que estaba toda cubierta de sangre. Una sangre ajena que me recordaba lo frágil que es la vida y lo difícil que es para algunas personas ayudar cuando tu propia vida o la de tus familiares también está en riesgo. Era una situación que me hacía sentir impotente y tranquila a la vez, porque estuve allí para ella sin descuidar mi propio espacio. Entendí que, incluso en los peores momentos, siempre podemos abrir un espacio para ayudar a otros, aunque no logremos cambiar el desenlace. Regresé intentando buscar mi carro, que lo había dejado abandonado en la vía, y pude ver el impacto real del sismo. El paisaje había cambiado por completo. Ya no existía el Rompeolas; el edificio Belo Horizonte prácticamente no se veía porque se había desplomado, y el edificio Riviera había quedado muy afectado en su estructura, al igual que las residencias Los Delfines. Seguí caminando y vi cómo los edificios pequeños de la Misión Vivienda se estaban incendiando tras la ruptura de un tubo de gas de gran magnitud.

Aún sigo escuchando en medio de la oscuridad los gritos de auxilio, que se mezclan con las voces de miles de personas que caminaban por las calles de Catia La Mar, específicamente en el sector de Playa Grande, gritando el nombre de sus familiares o amigos desaparecidos. Hoy, unos días después de este fatídico doble terremoto que sacudió a toda Venezuela, observo desde mi mirada profesional la grandeza de un pueblo que en medio del dolor se levanta y decide colaborar. Estas imágenes borran, o por lo menos me ayudan a procesar, la dureza de los primeros momentos. Me hacen entender que la gente sí está dispuesta a ayudar, pero en la medida de sus posibilidades, y eso no está mal. En la gestión de una tragedia, para poder ayudar a otros, primero tenemos que salvarnos a nosotros mismos.

Al regresar a Caracas y abrazar finalmente a mi hijo, entendí el verdadero peso de lo que nos define como seres humanos. La ropa se lava y las manchas desaparecen, pero la memoria de esa mano aferrada a la mía en medio del asfalto no se va a borrar nunca. La tierra nos recordó en un solo segundo lo vulnerables y pequeños que somos frente a la naturaleza, pero el rostro de esa madre me demostró que lo único que realmente nos rescata de la absoluta oscuridad, es la empatía. Hoy sé que, aunque los edificios se desplomen, las calles se agrieten y el miedo intente congelarnos, mientras quede un rastro de amor dispuesto a sostener el dolor de otro, siempre habrá una oportunidad para volver a empezar.

Karina Oval: Politóloga-Investigadora.Ig. @mujeresdeterciopelo  

Loading

Deja un comentario

Tu dirección de correo electrónico no será publicada. Los campos obligatorios están marcados con *