“La mamá que no quiere irse”: Mari Delgado lleva cinco días sobre ruinas en Catia La Mar

Para la madre que aguarda por el cuerpo de su hijo, la ausencia de equipos pesados durante las primeras horas del desastre selló el destino de quienes quedaron atrapados bajo los bloques de la torre C del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi

(29 junio 2026) Mari Delgado pasa las horas sentada sobre las toneladas de concreto que sepultaron a su hijo. Los rescatistas y obreros que remueven los escombros en Catia La Mar ya la conocen con un nombre que describe su entereza: “la mamá que no quiere irse”.

Permanece inmóvil, instalada exactamente sobre el punto donde su certeza de madre le dicta que está el cuerpo del niño. Desde allí observa las excavadoras que se mueven en las edificaciones vecinas, ignorando el peligro de desplome de las estructuras que siguen en pie.

“Yo sé que está por aquí. Ese instinto de mamá me lo dice. Sé que está muerto, porque ya llevamos cinco días”, relata la madre de 36 años.

Para ella, la ausencia de equipos pesados durante las primeras horas del desastre selló el destino de quienes quedaron atrapados bajo los bloques de la torre C del urbanismo Luisa Cáceres de Arismendi.

“Si los materiales y máquinas como ganchos y excavadoras hubiesen llegado, hubiesen sacado más sobrevivientes y muertos”, reclama. “A nosotros los que nos dieron fue mandarria, pico y pala para que nosotros mismos sacáramos los cuerpos”.

El doble terremoto del pasado miércoles 24 de junio sacudió con fuerza el centro y el norte costero del país, dejando a su paso fallas de borde, vías agrietadas y el desplome de edificaciones tanto en la capital como en el litoral central. Las réplicas recurrentes mantienen bajo alerta a los equipos de rescate por la inestabilidad de los terrenos.

Poco antes de la primera sacudida, el niño fue a visitarla a la bodega cercana donde ella trabajaba.

“Él había ido a la bodega a tomar agua. Me dijo: ‘mamá, dame agua’. Yo le dije que cuidado. Él respondió: ‘dale mami, nos vemos ahorita’”, recuerda.

Tras despedirse, el niño regresó a la cancha del complejo residencial. Mari se quedó en el comercio. Aunque ellos vivían en el piso 11 de la estructura, la emergencia los atrapó separados.

Al momento del sismo, alguien en la calle les gritó a los muchachos de la cancha que corrieran. El aviso no bastó. Los dos primeros pisos de la torre se deslizaron por completo y sepultaron el área de juego bajo el peso del resto del edificio.

La dueña de la bodega intentó alertar apenas recibió la notificación de alerta sísmica de Google en su teléfono celular, pero el colapso de la estructura fue inmediato.

“Esto era un poco de humo, un polvero, la gente gritaba pidiendo ayuda”, rememora.

Quienes caminan hoy al lado de la estructura comentan que la mujer luce tranquila, pero ella describe la procesión que lleva por dentro.

“Esto es un dolor que siento en la boca del estómago que me está matando durísimo. No se lo deseo a nadie. Es una presión que sientes en tu pecho porque sabes que tu hijo está por aquí”, explica. Su única meta actual es encontrarlo para no dejarlo tapiado.

A pesar de las advertencias de las autoridades por el peligro de desmoronamiento, Mari no se moverá de Catia La Mar sin él. “Yo tengo que llevarme el cuerpo de mi hijo”, insiste. Comenta con firmeza que no permitirá que su hijo quede sepultado para siempre como tantos en la tragedia de 1999, cuando los deslaves en el estado Vargas sepultaron comunidades enteras bajo toneladas de lodo y rocas, dejando a miles de familias sin cuerpos que enterrar. Para ella, marcharse vacía es repetir ese olvido histórico de la región.

Los socorristas le piden distancia por seguridad. Le prometieron que, si localizan los restos de los niños que se encontraban en la cancha, la llamarán de inmediato para el reconocimiento.

Alrededor de la ruina se despliegan funcionarios de Protección Civil, bomberos y de la Dirección General de Contrainteligencia Militar (Dgcim). Sin embargo, el reclamo generalizado de las familias apunta a la falta de previsión en los materiales de construcción estatales.

Yo no quiero refugio, no quiero apartamento, no quiero nada. Estas son unas construcciones mal hechas. Esto y que era antisísmico y mira, un terremoto y todo se derrumbó”, reclama Mari mientras señala los apartamentos contiguos, desprovistos de paredes externas, que ahora muestran las salas y cuartos vacíos a la intemperie.

Su decisión está tomada. Cuando logre recuperar el cuerpo de su hijo, dejará los escombros de Catia La Mar y se marchará definitivamente a Caracas.

Fuente: Tal Cual
Por: Lucía Fernanda Ramírez

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