La Ciudadanía Erótica de la Mujer madura frente al poder digital| Por: Karina Oval

(25 agosto 2026) Desde mi labor como docente y facilitadora en los espacios de formación de Mujer y Ciudadanía, particularmente a través de la cercanía y el intercambio vivo de nuestros ForoChats, he sido testigo de las dudas, silencios y reflexiones de cientos de mujeres que buscan reconquistar su propia voz. Escribo hoy en las páginas de Mujer Analítica convencida de que examinar la autonomía corporal y el bienestar no es un debate accesorio, sino una dimensión esencial del ejercicio ciudadano y de nuestra salud integral.
Es precisamente en ese diálogo cercano donde se hace evidente que, durante siglos, a las mujeres se les hizo creer en una premisa muy cómoda para el poder, pero ajena a la realidad científica de nuestros tiempos. La sensualidad femenina solo tenía justificación mientras sirviera a la reproducción y al cuidado del matrimonio. La cultura tradicional asumía que, una vez superada la etapa fértil, el deseo sexual de una mujer debía controlarse en el silencio, apagando de esta manera cualquier vestigio de expresión y necesidad fisiológica para dar paso a la figura intachable de la madre abnegada o la abuela asexual.
Hoy, cuando la evidencia científica demuestra que la madurez cronológica de la mujer es el mejor momento para que el erotismo se libere de mandatos ajenos, nos encontramos frente a una paradoja moderna y perversa. El control social no ha desaparecido; simplemente cambió de trinchera y se mudó a las redes sociales, a los algoritmos y a las miradas de un sexismo interiorizado por mujeres y hombres que todavía se incomodan cuando una mujer madura decide gozar de su cuerpo y mostrarse atractiva sin pedir permiso ni perdón.
«La presunción de que el deseo desaparece con los años no es un hecho biológico, sino un dispositivo de control social para negarle a las mujeres el derecho al goce y a su presencia en redes».
No somos ni asexuales ni insensibles
La creencia de que el cuerpo maduro de una mujer deja de sentir ha sido ampliamente refutada por la investigación científica contemporánea.
Las investigadoras Anna Freixas Farré y Bárbara Luque Salas (2009) desentrañaron con precisión la doble invisibilidad impuesta sobre las mujeres en etapa adulta madura y mayor una vez que entran en la fase de la menopausia. Su estudio demostró que la supuesta «muerte del erotismo» era una construcción propia de un modelo coitocéntrico y reproductivo. Bajo el acompañamiento sexológico profesional, cuando estas mujeres se despojan de esas ataduras, muchas logran resignificar su sexualidad hacia una vivencia mucho más libre, pausada y táctil, centrada en el autoplacer, la ternura sensorial y la complicidad afectiva.
En esa misma línea, el trabajo de Merryn Gott y Sharron Hinchliff (2003) terminó de sepultar la presunción de asexualidad en la adultez tardía. Analizando la vida íntima de personas entre los 50 y los 92 años, comprobaron que la importancia atribuida al goce, a la sensualidad y a la búsqueda de intimidad no decae de manera automática al entrar en la adultez madura o tardía. Aunque la frecuencia coital varíe por cambios de salud o viudez, el hedonismo o el interés erótico y la necesidad de bienestar afectivo se mantienen como pilares fundamentales del bienestar subjetivo a lo largo de toda la vida.
En este punto resulta indispensable reivindicar el hedonismo como la base misma del placer. Una mujer madura mantiene plenamente activos sus circuitos hedónicos siempre que habite un entorno relacional seguro, es decir, un espacio de confianza que le indique a la corteza prefrontal que tiene el permiso de sentir y desarmar cualquier freno. Cuando comprendemos cómo se activa la respuesta erótica en la madurez mediante los estímulos sensoriales adecuados, la cascada fisiológica, hormonal y endotelial responde a su favor, facilitando la excitación, la lubricación natural y el orgasmo.
Esto quiere decir que, biológicamente, la capacidad de experimentar goce permanece intacta en la mujer a lo largo de todo el ciclo vital, desde la adolescencia hasta la adultez mayor. Lo único que se transforma con el tiempo es el método o los tipos de estímulos, el tiempo de respuesta y la disposición psicológica y emocional que le permite a la mujer reconocerse como un ser sintiente y deseante. Es precisamente allí donde cobra un peso decisivo el entorno sociocultural, la opinión pública, los intereses de las redes sociales y, sobre todo, la necesidad de reconocer a través de políticas públicas el placer como un derecho humano inalienable de la mujer adulta y mayor.
¿Por qué entonces tantas mujeres maduras afirman que ya no sienten deseo?
Cuando trabajo en interconsulta y el equipo de ginecología me pide evaluar el caso, en la entrevista inicial, luego de recoger los datos de identidad, desarrollo biológico, familiar, sexual y sociocultural, me he topado con una constante. Al comenzar a preguntar y a evaluar el impacto de las redes sociales, midiendo cómo el entorno digital ha golpeado su autopercepción, el patrón se repite con claridad. Muchas llegan convencidas de que su cuerpo ya no responde sexualmente «por la edad», asumiendo que la resequedad, la tensión pélvica o la dificultad para llegar al orgasmo son la factura obligatoria de la menopausia o de los años.
Sin embargo, desde un enfoque sexológico comprendemos la raíz de esta respuesta conductual, pues mientras más reglas y discriminación impone el entorno, más pequeña se hace la capacidad de goce o disfrute del cuerpo. Al asimilar la mirada punitiva del afuera, el cerebro activa una hiperinhibición donde la parte racional frena el placer para evitar el rechazo social, trasladando la censura al espacio más íntimo. Por lo tanto, no es que la mujer madura no sienta ni desee; es el peso de la vergüenza aprendida apretando el cuerpo desde adentro.
La fuerza de adueñarnos de nuestro goce
Superar esta trampa no depende de esperar que el algoritmo cambie de opinión. Esto solo se logra cuando asumes que el placer es una fuerza propia y un derecho humano inalienable. Por lo tanto, requiere de autodeterminación, de conocimiento científico de tu biología y del impacto que el poder global digital realiza en tu cerebro cuando dejas que la fuerza de un algoritmo y el poder de vocerías no acreditadas científicamente te hagan sentir «vieja» para sentir y para desear.
La Asociación Mundial para la Salud Sexual (WAS) lo establece con absoluta claridad al recordar que cada persona y cada cuerpo tienen derecho al bienestar y al placer libre de discriminación por edad y de miedos aprendidos. Conectar con el propio disfrute es una de las herramientas más poderosas para recuperar la seguridad y la determinación en nuestras vidas.
Karina Oval: Politóloga y Candidata a Magíster en Sexología. Especialista en Salud Sexual y Conducta Humana. CEO de Pulso Humano.
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