En Venezuela las mujeres están mejor preparadas que los hombres, pero tienen menos oportunidades laborales

Las venezolanas alcanzan mayores niveles educativos que los hombres, pero siguen enfrentando menor participación económica, brechas salariales y una sobrecarga de cuidados que limita su autonomía. Mientras más de 50% de la población permanezca fuera de la economía formal, advierten expertos, el país no podrá recuperar su productividad ni conseguir un crecimiento sostenido

(El Nacional/ 28 de septiembre 2026) Las mujeres venezolanas estudian más, sostienen más hogares, administran buena parte de la vulnerabilidad familiar y realizan la mayor parte del trabajo de cuidados. Sin embargo, siguen siendo quienes menos participan en la economía remunerada. Los datos reunidos por la Encuesta Nacional de Condiciones de Vida (Encovi 2025), investigaciones del Banco Interamericano de Desarrollo (BID), estudios de ANOVA Policy Research y análisis empresariales muestran la misma problemática: Venezuela enfrenta una exclusión de las mujeres del mercado laboral que ya no puede entenderse únicamente como un problema de igualdad de género, sino como un obstáculo directo para cualquier posibilidad de recuperación económica.

La discusión va más allá del número de mujeres contratadas o el porcentaje de participación laboral. Detrás de las estadísticas aparecen millones de horas invisibles dedicadas al cuidado, trayectorias profesionales interrumpidas, maternidades que penalizan carreras y hogares que sobreviven gracias al trabajo no remunerado. El problema que empieza a emerger ya no es por qué las mujeres no participan más en el mercado laboral, sino cuánto está perdiendo el país por mantenerlas fuera.

Más educación y menos empleo, la paradoja femenina venezolana

Encovi 2025 retrata una contradicción estructural. Las trayectorias educativas de las mujeres venezolanas son más continuas y, en muchos casos, alcanzan niveles superiores a las de los hombres. Sin embargo, ese capital humano no logra convertirse de manera proporcional en empleo productivo.

El estudio realizado el año pasado reveló que apenas 39% de las mujeres participa actualmente en la actividad económica, frente a 72% de los hombres. Aunque la consultora y centro de investigación ANOVA Policy Research ubica esa tasa en 50,8%, el resultado sigue siendo uno de los más bajos de América Latina y apenas superior al de Honduras. Es decir, pese la diferencia entre ambas fuentes, la realidad es que millones de mujeres permanecen fuera del mercado laboral venezolano remunerado.

Susana Reina, directora fundadora de Feminismo INC., explicó a El Nacional que este fenómeno se conoce como un “efecto tijera”: la matrícula universitaria está mayoritariamente ocupada por mujeres, pero luego eso se revierte en el sector laboral.

Para la especialista, el problema no es la falta de preparación. “Las empresas son territorios patriarcales. Están creadas por hombres, con reglas que favorecen las costumbres y hábitos de los hombres y con lógicas absolutamente masculinas”, señaló.

Reina agregó que muchas mujeres terminan abandonando o evitando el empleo formal porque el diseño actual del trabajo exige una disponibilidad que ignora completamente las responsabilidades de cuidado. En consecuencia, una parte importante migra hacia formas de autoempleo o informalidad. “Muchas salen al mercado informal para generar ingresos en estructuras donde tú seas tu propia jefa o donde no te exigen horarios. Eso se vende como una panacea y no lo es”, advirtió.

La realidad venezolana además ocurre sobre un mercado laboral profundamente deteriorado. Omar Zambrano, economista y cofundador de ANOVA Policy Research, recordó que el colapso económico iniciado entre 2013 y 2021 redujo drásticamente el valor del trabajo. “Los venezolanos empezaron de la noche a la mañana a ganar muy poca plata por su trabajo”, manifestó a El Nacional.

Aunque reconoce cierta recuperación salarial desde 2021 producto de la dolarización parcial de la economía, insiste en que los ingresos siguen siendo bajos y la informalidad permanece extremadamente elevada. ANOVA calcula que cerca de 70% del empleo venezolano continúa siendo informal.

En ese contexto, explicó Zambrano, muchas mujeres llegan a la conclusión de que su tiempo vale más resolviendo necesidades del hogar que ocupando empleos mal remunerados.

“Cuando los salarios son bajos, las mujeres empiezan a percibir que su tiempo vale más haciendo otras tareas, sobre todo si tienen responsabilidades de cuidado o búsqueda de alimentos o solución de problemas de servicios públicos”, indicó. 

Jefas de hogar y más pobres, la feminización silenciosa de la vulnerabilidad

El mercado laboral venezolano no solo expulsa mujeres, también traslada hacia ellas el peso creciente de la supervivencia. Encovi mostró que entre 54% y 60% de los hogares del país tiene jefatura femenina. ANOVA eleva aún más esa cifra y estima que actualmente 71,3% de los hogares venezolanos están encabezados por mujeres, frente a apenas 28,1% registrado en 1998.

La transformación de esta dinámica está estrechamente vinculada con la migración. Millones de adultos jóvenes salieron del país y dejaron detrás una estructura doméstica profundamente alterada.

Hoy abundan hogares donde permanecen niños, adultos mayores y personas dependientes bajo responsabilidad femenina.

Zambrano describió esta situación como una reconfiguración total de la familia venezolana. “Muchos hogares están constituidos por los hijos de migrantes y las mamás, tías o abuelas que se quedaron cuidándolos”, dijo.

Las consecuencias económicas son profundas. ANOVA estima que 80,3% de los hogares con jefatura femenina vive en situación de pobreza, una proporción superior a la de hogares encabezados por hombres.

Además, dentro de esos hogares aumentó la presencia de mujeres en edad de retiro como responsables principales del cuidado. Más de un tercio de las jefas de hogar pertenece actualmente a este grupo.

Para Susana Reina, esta realidad suele presentarse equivocadamente como una expresión de fortaleza femenina. “No es matriarcado. Es matricentrismo. Todo gira alrededor de una mujer que está sola resolviendo”, señaló.

La especialista cuestionó que el liderazgo doméstico femenino sea celebrado sin analizar el costo que implica. “Muchas mujeres viven estos procesos en absoluta soledad, donde el ausentismo del padre es la norma y eso no se cuestiona”, indicó. 

La economía invisible que sostiene al país

Hay una parte del trabajo femenino que no aparece en los indicadores tradicionales, pero sostiene buena parte de la vida económica. El informe “Trabajo no remunerado y desigualdades de género en Venezuela”, elaborado por el BID con base en la Encuesta de Uso del Tiempo 2023, muestra una desigualdad contundente. 88,7% de las mujeres realiza trabajo doméstico no remunerado frente al 60,7% de los hombres.

Además, ellas dedican en promedio 6 horas y 18 minutos diarios a estas tareas, mientras que los hombres destinan 3 horas y 36 minutos.

La diferencia no se limita a cocinar o limpiar. Las mujeres acompañan tareas escolares, atienden enfermedades, organizan rutinas familiares, gestionan alimentación y sostienen el funcionamiento cotidiano del hogar.

Cuando se suma el trabajo remunerado y el no remunerado aparece el concepto de trabajo extendido. Las mujeres venezolanas trabajan en promedio 12 horas y 49 minutos al día, lo que representa 11% más tiempo total de trabajo que los hombres. El BID denomina este fenómeno como pobreza de tiempo.

“Las mujeres somos pobres de tiempo”, puntualizó Susana Reina al explicar una rutina repetida en millones de hogares. Las mujeres salen del trabajo y llegan a casa a una segunda jornada laboral que consiste en lavar ropa, hacer cena, ver tareas, arreglar loncheros, ordenar la casa, entre otros quehaceres. 

“No puedes salir por más que quieras estar sobre horas para mostrar compromiso. No tienes tiempo”, indicó Reina, señalando que algunos especialistas lo denominan bajo el concepto de “suelo pegajoso”.

Cuando ser madre se convierte en una penalización laboral

La evidencia disponible muestra que cuando una mujer sale del empleo —por maternidad, crisis económica o responsabilidades familiares— su regreso suele ser más lento y más difícil.

Para Susana Reina las mujeres no abandonan voluntariamente el mercado laboral sino que muchas veces son expulsadas por estructuras incompatibles con la crianza y el cuidado.

La afirmación apunta a una lógica todavía instalada en buena parte de las organizaciones: considerar que tener hijos disminuye compromiso, disponibilidad o productividad. La especialista describió esto como una “penalidad maternal”.

“En el momento en que dices que estás embarazada empiezan a sacarte de proyectos o a pensar que ya no te vas a comprometer igual”, dijo. 

Eso termina traduciéndose en menos oportunidades de ascenso, congelación salarial y menor acceso a posiciones estratégicas; además, en muchos casos se registra una renuncia silenciosa a proyectos profesionales enteros.

El problema también tiene un componente normativo y cultural. Reina señaló que los esquemas actuales de permisos parentales generan incentivos que terminan favoreciendo la contratación masculina.

Mientras las mujeres concentran largos períodos de licencia asociados al embarazo y lactancia, los hombres mantienen permisos significativamente más cortos. “Si a los hombres les dan 14 días de permiso por paternidad y a las mujeres seis meses, los empleadores prefieren tener hombres”, indicó.

Para ella, una verdadera política de igualdad exige redistribuir responsabilidades y no convertir el cuidado en un asunto exclusivamente femenino.

Esta dinámica también aparece reflejada en los ingresos. Según Encovi, aunque en algunos espacios el salario base parezca similar, la compensación final sigue favoreciendo ampliamente a los hombres. En promedio, los hombres perciben 36,7% más ingresos.

ANOVA añadió que incluso cuando se comparan trabajadores con la misma edad, experiencia, educación, formalidad y ubicación geográfica, persiste una diferencia cercana a 20%.

La desigualdad permanece incluso cuando se controla por horas trabajadas, pues las mujeres reciben aproximadamente 14% menos por hora. La distancia se amplía en los cargos de dirección, donde los hombres reciben 12,2 dólares más por hora.

“Cuando empiezas a sumar bonificaciones por horas extras, comisiones o beneficios, en los hombres crece mucho más la compensación”, destacó Susana Reina al explicar que la presencia masculina sigue concentrándose en áreas asociadas al poder y la toma de decisiones, mientras muchas mujeres permanecen en funciones administrativas, recursos humanos o apoyo operativo, donde los incentivos económicos son menores.

El techo de cristal en un país donde las mujeres estudian más

El IESA Monitor, una consulta trimestral realizada por la prestigiosa escuela de gerencia, examinó en su más reciente presentación la paradoja del liderazgo en las organizaciones venezolanas, describiéndolas como entidades con cuerpo de mujer y cabeza de hombre debido a que, aunque las mujeres sostienen la operación diaria, siguen siendo minoría en la alta dirección.

La investigación concluyó que las mujeres sostienen buena parte de la operación y producción dentro de las organizaciones venezolanas, pero siguen siendo minoría en la alta dirección.

68% de quienes participaron en el estudio fueron mujeres y más de 75% tenía estudios de posgrado. Aun así, el acceso al poder corporativo sigue limitado.

Claudia Valladares, cofundadora y CEO de Impact Hub Caracas, señaló en un artículo de Redsonadoras —una comunidad digital creada por la Red de Periodistas Venezolanas— que apenas 2% de las mujeres ocupa posiciones de CEO en Venezuela.

Atribuye esta situación a barreras estructurales. “Mujeres con menor acceso a redes de poder, roles tradicionales de género que dificultan la continuidad profesional y sesgos que limitan el ascenso”, indicó. 

La dificultad también aparece cuando se analiza el acceso al financiamiento. Valladares advirtió que las mujeres reciben una proporción significativamente menor de inversión formal y capital de riesgo.

Las causas incluyen estereotipos de género, redes dominadas por hombres y modelos tradicionales de evaluación empresarial.

Sin embargo, el mismo Monitor IESA muestra otra paradoja. Tres de cada cuatro personas consultadas valoran positivamente el liderazgo femenino. Se reconoce que las mujeres promueven estructuras más horizontales, equipos multidisciplinarios, escucha activa y modelos de gestión más colaborativos. A pesar de ello, la presencia femenina sigue disminuyendo a medida que aumenta el nivel jerárquico.

La falsa promesa del emprendimiento como salida

En medio del deterioro económico venezolano surgió una narrativa que convirtió el emprendimiento en símbolo de resiliencia. Pero tanto Reina como Zambrano hacen un llamado a revisar críticamente esa idea.

Para Reina, muchas mujeres emprenden por necesidad y no por oportunidad. Con frecuencia terminan concentradas en sectores históricamente feminizados y con baja capacidad de escalamiento económico tales como bisutería, cocina, manualidades, pequeños comercios o servicios domésticos.

Advirtió que el emprendimiento no debería convertirse en sustituto del derecho al empleo formal.

Zambrano coincidió en este punto y consideró que se ha romantizado la supervivencia económica. “Si montas una tarantica para sobrevivir y estás vendiendo café, entonces eres emprendedor. No. Eso es economía de sobrevivencia”, señaló. 

A su juicio, los países que generan bienestar sostenido no descansan sobre grandes masas de trabajadores independientes, sino sobre empleo formal, productividad, protección social y salarios.

“No hay sustituto para eso”, puntualizó. 

Esto no implica descartar políticas de apoyo al emprendimiento femenino. Ambos coinciden en que son necesarias líneas de financiamiento, capacitación empresarial y acompañamiento técnico, pero advierten que deben pensarse como complemento y no como sustitución del empleo.

La recuperación económica depende del regreso de las mujeres al mercado laboral

Si existe una idea que atraviesa todos los estudios revisados es que incorporar a las mujeres al mercado laboral no constituye una política sectorial, sino una estrategia económica.

El Foro Económico Mundial, con datos del Banco Mundial, estima que cerrar las brechas de género en empleo y emprendimiento podría aumentar el producto interno bruto mundial en 20%.

En Venezuela, donde el país perdió una parte importante de su capacidad productiva durante la última década, el impacto podría ser aún más determinante. “No hay recuperación económica que no pase por un regreso masivo de las mujeres al mercado laboral”, advirtió Omar Zambrano. 

El economista sostiene que recuperar las tasas históricas de participación femenina permitiría reincorporar una fuerza laboral altamente preparada que hoy permanece subutilizada, pero para lograrlo hacen falta decisiones concretas. La primera, insistió, sigue siendo recuperar el empleo y los salarios. En segundo lugar, reconstruir redes de protección social orientadas al cuidado infantil. Tercero y último, recuperar el sistema educativo público y ampliar jornadas escolares.

Si el cuidado deja de recaer exclusivamente sobre las familias —y particularmente sobre las mujeres— aumenta la posibilidad de participar en el empleo, explicó. 

Susana Reina planteó una hoja de ruta similar. Propuso construir un Sistema Nacional de Cuidados, incentivar modelos laborales híbridos y reformar las licencias parentales para equilibrar responsabilidades.

También agregó un cuarto elemento: formación institucional para desmontar sesgos de género en contratación y promoción.

“Lo que no se ve no se aborda”, precisó.

Más allá de la resiliencia: una ciudadanía con derechos

Durante años el discurso público venezolano convirtió a las mujeres en símbolo de resistencia. La mujer guerrera, la mujer que resuelve, la mujer que aguanta. Pero los especialistas consultados cuestionan que esa narrativa haya servido para invisibilizar responsabilidades institucionales.

Zambrano lo describió como una forma de excusa colectiva. “Como aguanta todo, entonces no hay que darle nada”, dijo. 

Reina también cuestionó la construcción cultural que hace a las mujeres creer que nacieron para sostener, auxiliar y apoyar a todo el mundo.

Ambos coincidieron en que idealizar la capacidad femenina para resistir no sustituye políticas públicas, porque detrás de cada mujer que sostiene sola una casa, cuida niños, acompaña enfermos, administra dinero, cocina, limpia, y además intenta generar ingresos, existe una economía funcionando silenciosamente y que rara vez aparece en las cuentas nacionales.

El BID estimó que si el trabajo doméstico y de cuidados fuera remunerado equivaldría a entre 12,9% y 15% del PIB venezolano. Este sector superaría a cualquier otra actividad de la economía no petrolera, como la manufactura, las telecomunicaciones o los servicios del gobierno. Y cerca de tres cuartas partes de ese valor son producidas por mujeres.

Es decir, si bien Venezuela necesita recuperar empresas, empleo, salarios e inversión, también requiere reconocer que una parte esencial de su capacidad productiva sigue encerrada en hogares donde millones de mujeres sostienen la vida mientras permanecen fuera de las estadísticas del crecimiento.

No parece posible reconstruir la economía dejando fuera a quienes durante años han sostenido silenciosamente al país, señaló Reina.

Por: Erika Hernández

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