Cómo superar un complejo de inferioridad
Superar un complejo de inferioridad no consiste en llegar por fin a sentirse «a la altura», consiste en dejar de necesitar una altura desde la cual sentirse a salvo.

(Ethic/ 29 septiembre 2026) Hay encuentros tras los que uno vuelve a casa siendo la misma persona y, aun así, sintiéndose inferior. Nadie ha dicho nada especialmente hiriente. Puede que todo haya transcurrido con aparente normalidad. Pero se ha reactivado una forma conocida de situarse frente a los demás. Uno empieza a sentirse menos. Menos valioso, menos seguro, menos autorizado a ocupar espacio. El otro parece quedar arriba. Uno, abajo. La sensación de inferioridad acaba infiltrándose en la manera de estar, de observar y de escuchar. A veces se habla poco. Otras, demasiado. Se esquiva la mirada, la postura se vuelve más contenida y aparece el deseo de pasar desapercibido, alimentado por la incómoda sensación de estar bajo una lupa.
Todo parece cambiar de tamaño. Hitchcock traduce esa vivencia al lenguaje visual en Rebecca. Joan Fontaine aparece a menudo empequeñecida dentro del encuadre, mientras la otra mujer, a quien nunca vemos, sigue llenando cada habitación. Aunque Fontaine es la protagonista, la cámara la hace parecer secundaria, como si la imagen reflejara el lugar que siente ocupar.
El complejo funciona de un modo parecido, aunque sin cámara que lo haga visible. Cuando adquiere peso, situaciones muy distintas –una crítica, no saber algo, la presencia o el recuerdo de otra persona, entrar en determinado ambiente– empiezan a decir lo mismo. El complejo va más allá de una inseguridad puntual, porque la duda deja de recaer sobre una capacidad concreta y empieza a tocar algo más profundo: no solo lo que sabe hacer, sino cómo se valora uno a sí mismo. Pasa de «no sé si seré capaz de hacer esto» a «soy menos».
«El complejo va más allá de una inseguridad puntual, porque la duda deja de recaer sobre una capacidad concreta«
Suele aparecer, además, una confusión decisiva, la de tomar la propia percepción por la realidad. Sentirse inferior no demuestra una inferioridad, del mismo modo que sentirse superior tampoco demuestra superioridad. La intensidad de esa vivencia no la convierte en una verdad sobre quién se es, ni significa que las relaciones tengan que entenderse en términos de arriba y abajo.
Por eso superarlo no consiste en convencerse de que uno vale más ni en conseguir que el otro deje de impresionarnos. Se trata de poder quedar por debajo en una comparación concreta sin que eso determine el propio valor. Siempre habrá alguien que sepa más, haya llegado antes o posea algo que uno desea. El problema no es esa diferencia, sino convertirla en una clasificación personal.
Entenderlo no siempre modifica de inmediato la vivencia. Uno puede tenerlo claro y seguir sintiendo esa vieja inferioridad. Como ocurre con algunas ilusiones perceptivas, conocer el truco no hace que la imagen desaparezca enseguida. Saber que uno no es intrínsecamente inferior no impide sentirse todavía como si lo fuera.
Ahí empieza una parte importante del trabajo: no esperar a que cambie la percepción para actuar distinto. Hacer una pregunta delante de quien sabe más, decir la frase sin corregirla mentalmente tres veces, permanecer en una actividad aunque haya alguien que la domine o reconocer una limitación sin convertirla en humillación. También resistir el impulso de buscar rápidamente el defecto que reduzca a quien impresiona. Empequeñecer al otro para dejar de sentirse menos mantiene intacta la misma jerarquía.
Dostoievski lo condensó con brutalidad en Memorias del subsuelo. «O bien héroe, o bien insignificante criatura manchada de barro», llega a decir su narrador. Esa oposición deja al descubierto una de las trampas del complejo: quedar abajo o intentar colocarse arriba, sin encontrar un lugar desde el cual simplemente estar.
La sensación de inferioridad no se activa con la misma fuerza ante todo el mundo. A veces importa menos quién es la persona que aquello que representa: seguridad, inteligencia, belleza, éxito, reconocimiento. Cuando alguna de esas cualidades se convierte en medida del propio valor, encontrarse con alguien que parece encarnarla puede poner en juego mucho más que esa diferencia. Eso ayuda a entender por qué acumular logros tampoco lo resuelve necesariamente. Puede aliviar mientras parece confirmar que uno está suficientemente arriba. Pero, si el alivio depende de seguir ahí, será frágil. Siempre podrá aparecer alguien más brillante, reconocido o avanzado que vuelva a poner en cuestión ese lugar.
El movimiento de fondo consiste en abandonar una forma vertical de vivir las diferencias. Si volvemos a lo visual, se trataría de cambiar la escalera por un mapa. Una escalera obliga a preguntar quién está arriba y quién abajo. Un mapa permite algo distinto: estar en lugares diferentes. La horizontalidad no niega diferencias reales de talento, experiencia, atractivo, recursos u oportunidades. Significa dejar de utilizar esas diferencias para decidir quién vale más y quién menos.
Una señal de que el complejo empieza a perder fuerza aparece precisamente ahí. Se puede admirar sin empequeñecerse, aprender sin humillarse y encontrarse con alguien extraordinario sin necesidad de averiguar enseguida dónde queda uno. El otro puede conservar todo su tamaño sin que uno tenga que perder el propio.
Superar un complejo de inferioridad no consiste en llegar por fin a sentirse «a la altura». Siempre habrá una altura nueva. Consiste en dejar de necesitar una altura desde la que sentirse a salvo.
Por: Rocío Lacasa
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