SESENTA Y UNA PRIMAVERAS \ Por Eduardo Casanova

Eduardo Casanova
Eduardo Casanova

En este caso, aunque ocurrió también al fin del otoño en el Hemisferio Norte, sí se puede hablar de primaveras. Para mí fue una verdadera primavera. El 14 de diciembre de 1959, hace exactamente sesenta y un años, por una serie de casualidades conocí a una joven bellísima, muy inteligente y serena, y al verla me enamoré de ella. Amor a primera vista, dijeron siempre, muy divertidas, las mujeres de la familia.

Desde entonces he estado realmente enamorado de ella, cada vez más. Antes de verla había la había oído mencionar varias veces. Había oído que pensaba hacerse monja, sobre todo por agradecimiento a la Hermana San Agustín, que antes de hacerse monja fue amiga del padre de la niña, con quien jugaba tennis, y ya como monja se había convertido en directora del Colegio La Guadalupe, que quedaba (o queda) en Sabana Grande.

En momentos de especial dificultad la hermana San Agustín buscó a la esposa de su amigo, Guillermo López Gallegos, padre de las hermanas López Arocha, y admitió a las hijas como internas en el colegio sin cobrarles absolutamente nada. Eso debido a que el padre de las niñas era un perseguido político, y no solamente lo hacían preso con absoluta regularidad, sino que no lo dejaban trabajar. Muerta la hermana San Agustín, las niñas pasaron al María Auxiliadora de Los Teques, en donde tampoco les cobraron, de modo que el agradecimiento de Natalia se trasladó a las salesianas.

Su padre, que era un hombre muy inteligente y de izquierdas, no se opuso a la determinación de su hija mayor, pero le dijo que no debía ser una monja barrendera, sino bien preparada, y aceptó que la niña viajara a Europa con su tío Paco Arocha, su esposa y sus hijos, y Chea, la abuela de la niña y sus primitos, para que estudiara en un buen colegio y conociera mundo.

En septiembre de 1957 partieron en barco desde La Guaira hacia España, y luego de una temporada en Madrid, durante la cual cayó la dictadura de Pérez Jiménez, Natalia se estableció por un lapso razonable en Inglaterra, en un internado para señoritas. Cuando la conocí, el 14 de diciembre de 1959, venía de pasarse tres meses en Roma, en donde su tío político, Mariano Medida Febres, había sido designado embajador del gobierno de Rómulo Betancourt ante la Santa Sede.

La familia López Arocha se había mudado a la casa de los Medina Arocha con dos propósitos: vivir en Caracas, porque al doctor López Gallegos lo habían designado Juez Civil, y cuidar la casa mientras sus propietarios estuvieran en Italia. Yo había conocido a los López Arocha en Los Teques, en una casita muy modesta que había sido de un tío Arocha, muy cerca del Liceo San José, fundado por el bisabuelo de Natalia (el “Tigre” Arocha) y que desde la muerte de su fundador había estado en manos de los salesianos.

Fui la primera vez al sitio acompañando a mi buen amigo Gustavo Espinosa Fernández, que era novio de María Teresa, la hermana menor de Natalia, cuando le llevamos un ejemplar del periódico “El Universitario”, promovido por Gustavo junto conmigo y un grupo de estudiantes de las tres universidades de Caracas.

Luego fui con Santos Eduardo Escobar Fernández. Luego, cuando los Medina Arocha se fueron para Roma, visité varias veces a los López Arocha en Los Palos Grandes, en la casa de los Medina. Por casualidad estaba allí un día que llegó por correo un sobre con una foto de Natalia junto a su tío Medo (Mariano Medina Febres) y Miguel Otero Silva. Una foto en blanco y negro que no la favorecía en lo absoluto.

Muchas veces en esos días mi pariente Santos Eduardo Escobar Fernández, primo hermano de Gustavo Espinosa e hijo de un primo hermano de mi padre, me habló de Natalia. Se había enamorado por su cuenta de la hermana de la novia de su primo, y muchas veces me dijo que era un desperdicio que una niña tan bella se metiera a monja. El 14 de diciembre del 59, ya en la tarde, se presentó en mi casa y me “ordenó” que me bañara y me vistiera porque ese día llegaba Natalia, y como yo en la universidad tenía fama de ser un buen negociador, quería que yo la conociera y “negociara” con ella dos temas: que no se metiera a monja y que le hiciera caso a él.

Me pareció absurda, pero divertida, la idea, y acepté ir a Los Palos Grandes con Santos. Para mi gran sorpresa, Santos me llevó, pero no se bajó del automóvil. Dijo que tenía que comprar unos remedios para su mamá y me dejó, solo y desconcertado, en la entrada de la casa. Había un gentío, y yo casi no conocía a nadie. Me encontré con María Teresa que me llevó ante la heroína de la fiesta, que me dio la mano muy sonriente. Mi impresión fue inolvidable.

Era muy diferente a la foto que había visto. Era rubia, preciosa, serena, alegre. No parecía una trágica candidata a monja, como la describía Santos Eduardo. Respiraba frescura y optimismo. Esa noche, cuando la gente se fue, me quedé junto con Gustavo y su hermana Mila. Salimos en la camioneta de los López y el automóvil de los Espinosa a dar una vuelta por Caracas, a pedido de Natalia.

Terminamos en el Paseo Los Próceres, corriendo y jugando en el espejo de agua. Y Gustavo me llevó a mi casa. Al día siguiente me invitó a cenar en el restaurant El Caney, en El Rosal, con Natalia, María Teresa, dos de los hermanos López, Mila y él. Me las ingenié para llegar antes que los demás de modo de sentarme al lado de Natalia, que en esa cena me pareció hasta más bella, más serena, más inteligente y más dulce que el día anterior. Ya sabía que no “negociaría” con ella para que le hiciera caso a mi pariente, sino a mí. En lo que quedaba de diciembre la visité todos los días, sin excepción, y el 28, día de los inocentes y aniversario de boda de Guillermo López Gallegos y Emma Arocha de López, ambo excelentes personas y muy buenos padres, en el jardín delantero de la casa de los Medina, mientras los muchachos (hermanos y primos de Natalia y algunos amigos) correteaban y jugaban “ladrón y policía” o “gárgaro”, Natalia y yo, aislados en una especie de burbuja, sentados en la escalera de piedra de que daba acceso a la casa, contemplábamos las estrellas y susurrábamos, más que hablar. La suerte estaba echada. Ese día me pidió que el 2 de enero no la visitara porque tenía que ir a Los Teques a hacer algo importante.

Nunca me lo dijo, pero fue a informar a las salesianas que había decidido no meterse a monja. Y con la excepción de ese 2 de enero de 1960, cuando con mi primo hermano Carlos Julio Casanova y mi amigo Alonso Palacios fuimos a conocer la Colonia Tovar, la visité todos los días. Ya éramos novios. Hasta que mi futuro suegro, con toda razón, me fijó días de visita: lunes, miércoles, viernes y fines de semana, además de días de fiesta, salvo los de vacaciones. Los martes y jueves nos pegábamos a los teléfonos y hasta conversábamos más que en los de visita.

A mediados del 61 regresaron los Medina Arocha y la familia de Natalia se mudó a Las Mercedes, muy cerca de mi casa. Y el 14 de diciembre de 1961, dos años exactos después del día en que la vi por vez primera y me enamoré de ella, nos casamos en la Iglesia de La Guadalupe, en Las Mercedes. Desde entonces hemos estado juntos, envejecimos juntos, recorrimos juntos un largo camino, hemos sido marido y mujer, íntimos amigos, compañeros, confidentes.

Tuvimos seis hijos y tenemos ocho nietos. Nuestra vida no ha sido un cuento de hadas ni un cuento de horror, ha tenido sus alzas y sus bajas, más alzas que bajas, pero lo importante es que se ha caracterizado por una verdadera unión. Desgraciadamente la mayor de nuestros hijos, la bella e inteligentísima Natalia, Natalita, “Kaki”, murió de cáncer de páncreas en mayo del 2018, y ese ha sido el peor momento de todos, pero no nos dejamos vencer por la tristeza, y hoy llegamos a esas sesenta y una primaveras, en Mérida, en pandemia, en dictadura y supongo que ya cerca de un final que no será de fuegos artificiales, pero sí de sonrisas y, por mi parte, muchísimo amor y muchísima gratitud.

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