En defensa de las mujeres afganas

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Evento en el Día Internacional de la Mujer en la provincia de Bamiyán (Afganistán, 8 de marzo de 2021). GETTY

Estados Unidos no llevó los derechos a la mujer en Afganistán, pero tiene el imperativo moral y estratégico de seguir apoyándolos. La retirada no puede ser una renuncia a lo logrado.

Cuando los responsables políticos estadounidenses debaten sobre el futuro de las mujeres afganas suelen plantear una opción binaria. Estados Unidos puede abandonarlas –como daño colateral de un temerario experimento occidental impuesto a una sociedad arcaica– o librar una guerra eterna para protegerlas. Pero la disyuntiva de que hay que abandonar a las mujeres de Afganistán o defenderlas a perpetuidad parte de una visión anticuada de la sociedad afgana y de un malentendido acerca del camino que sus mujeres prevén para mantener y proteger sus derechos.

Mientras EEUU se prepara para retirar sus tropas de Afganistán antes del 11 de septiembre de este año, debe esforzarse por comprender mejor por qué han luchado las mujeres afganas y qué necesitarán para asegurar su futuro. La retirada arroja una sombra sobre la perspectiva de proteger los derechos de las mujeres afganas. Pero la retirada militar no tiene por qué significar la renuncia a los logros de las mujeres. Washington y sus aliados todavía tienen herramientas a su disposición para ayudarlas a defender sus derechos y garantizar que el Estado y las fuerzas de seguridad de los que dependen las mujeres afganas permanezcan intactos.

Reformas internas

Estados Unidos no trajo los derechos de la mujer a Afganistán. El programa de reformas y derechos de la mujer del país está muy arraigado y se remonta a la década de 1920. En los años setenta, la monarquía afgana había instituido de manera gradual políticas que promovían la educación universal de las mujeres y las niñas, apoyando su participación en prácticamente todos los sectores de la fuerza laboral, en especial en los centros urbanos. Pero en 1979, la Unión Soviética invadió Afganistán, sumiendo al país en un conflicto que duró décadas y que continúa en la actualidad. El gobierno respaldado por los soviéticos impuso duras reformas radicales que desbarataron los esfuerzos de modernización autóctonos del país e intensificaron la oposición conservadora a los derechos de la mujer. Las políticas draconianas del régimen talibán fueron la culminación de esta radicalización. Cuando asumieron el poder en 1996, impusieron decretos nacionales que negaban a las mujeres y a las niñas el derecho a la educación y al trabajo y restringían gravemente su movilidad y su acceso a la atención sanitaria.

En 2001, EEUU y sus socios de la coalición ayudaron a restablecer los derechos de las mujeres afganas, pero estas construyeron por sí mismas una red nacional de apoyo de base. Se presentaron a elecciones, desafiando la intimidación y la violencia durante las campañas electorales; establecieron programas de radio locales para hablar con la comunidad sobre los derechos de la mujer y los derechos humanos; y se ganaron a las autoridades religiosas adquiriendo experiencia en jurisprudencia islámica. Gracias a estos esfuerzos, las mujeres afganas se ganaron la buena voluntad de los líderes religiosos tradicionales y de las comunidades.

«A pesar de los asesinatos, las activistas afganas siguen presionando en favor de las negociaciones con los talibanes en busca de una paz duradera»

Las mujeres afganas nunca pidieron una presencia indefinida de tropas estadounidenses para proteger sus derechos. Mucho antes de que el apoyo a la paz afgana cobrara fuerza entre los responsables políticos de EEUU, las mujeres llevaron a cabo concentraciones para pedir el fin del conflicto; realizaron actividades de educación para la paz en las provincias; entablaron un diálogo informal con los líderes talibanes locales, y solicitaron a los líderes mundiales que apoyaran una paz duradera. En el último año, los talibanes han llevado a cabo una brutal campaña de asesinatos que ha tenido como objetivo a defensores de los derechos de las mujeres, periodistas y funcionarios. Sin embargo, las mujeres activistas siguen presionando para que se ponga fin a la guerra, con condiciones que incluyen negociaciones serias entre los talibanes y la república afgana, el establecimiento de un alto el fuego y la protección de los derechos fundamentales de las mujeres.

Muchos creían que la presencia de las tropas estadounidenses podría ayudar a garantizar estas condiciones al proporcionar a EEUU la influencia necesaria para exigirlas. En cambio, en febrero de 2020, Washington y los talibanes llegaron a un acuerdo que no implicaba al gobierno afgano ni incluía ninguna referencia a las mujeres del país. Los talibanes ni siquiera cumplieron los términos de ese acuerdo. Pero el entonces presidente de EEUU, Donald Trump, anunció su intención de retirar las tropas estadounidenses de todos modos, envalentonando así a los talibanes y reforzando su percepción de que el acuerdo de paz era poco más que una tapadera para una estrategia de salida estadounidense.

El 14 de abril de 2021, Joe Biden anunció que EEUU retiraría sus tropas de Afganistán sin que los talibanes cumplieran ninguna condición. Esa decisión despojó aún más a Washington de su influencia. Como es lógico, en los días siguientes los talibanes se retiraron de la conferencia de paz prevista en Estambul y respaldada por EEUU.

Irse sin dejar atrás a las mujeres

Un grupo que ni siquiera se sienta a negociar es poco probable que ceda terreno en cuanto a la situación de las mujeres. Las mujeres y las niñas se llevarán la peor parte de lo que suceda en los meses venideros, ya sea el regreso de los talibanes, la fragmentación del orden político o una guerra civil. Las mujeres que son el único sostén de sus familias –incluidas las viudas de guerra– pagarán probablemente el precio más alto de la inestabilidad o la represión.

Los responsables políticos, como el embajador Zalmay Khalilzad, principal enviado de EEUU a Afganistán, esperan que los líderes talibanes, que han estado por lo general ausentes de Afganistán durante dos décadas, hagan un balance del cambio en el panorama social y adapten sus políticas en consecuencia. Las encuestas muestran que más de la mitad de los afganos apoya el derecho de las mujeres a presentarse a las elecciones presidenciales, y la gran mayoría no está dispuesta a aceptar un acuerdo de paz que prive a las mujeres y a las niñas de la educación. Los talibanes verán que las mujeres afganas actuales son ministras, embajadoras y legisladoras, y que participan en prácticamente todos los sectores de la población activa.

Pero las pruebas sobre el terreno desmienten tales esperanzas. En los territorios que los talibanes controlan hoy día, las mujeres y las niñas han visto cerrar sus escuelas, limitar sus movimientos y pisotear otros derechos. Los talibanes siguen amenazando y asesinando a mujeres instruidas, a periodistas y a activistas de derechos.

EEUU aún puede influir en el curso de los acontecimientos. Incluso después de la retirada, Washington y sus aliados dispondrán de potentes herramientas diplomáticas y económicas. EEUU puede empezar apoyando a Naciones Unidas, a la que ha empujado a liderar los esfuerzos de paz. Debe instar al Consejo de Seguridad de la ONU a otorgar al enviado personal de la organización y a la Misión de Asistencia de la ONU en Afganistán el mandato y los recursos necesarios para un proceso de paz inclusivo.

«EEUU debe continuar con sanciones selectivas que penalicen a los dirigentes, en lugar de otras más amplias que podrían perjudicar a las mujeres afganas»

Washington también tiene influencia sobre los talibanes. Furiosos por haber sido tratados durante mucho tiempo como parias internacionales, valoran el estatus que obtienen al participar en negociaciones de paz con EEUU y buscan ganar legitimidad con el reconocimiento formal. Washington y sus aliados deben tratar las reuniones de alto nivel, las invitaciones a conferencias internacionales y otras formas de compromiso diplomático como activos valiosos que solo se pueden ampliar si los talibanes respetan los derechos fundamentales de las mujeres y de la población en general.

Las sanciones proporcionan otro tipo de influencia. Los talibanes están muy interesados en que se eliminen las restricciones económicas, pero Washington y sus aliados deben mantener sus sanciones con firmeza hasta que los talibanes y el gobierno afgano observen un alto el fuego sostenible y alcancen un acuerdo que proteja los derechos fundamentales de las mujeres y las minorías. Además, los líderes talibanes, convencidos de que tomarán el mando, han dejado claro su interés en recibir ayuda al desarrollo. EEUU y otros donantes ya han vinculado la futura ayuda a condiciones estrictas, amenazando con cortarla si los talibanes hacen retroceder los derechos de las mujeres u otros derechos humanos. Washington debe seguir imponiendo sanciones selectivas que penalicen a los dirigentes, en lugar de otras más amplias que podrían perjudicar a las mujeres afganas y a la población en general, que necesitan con urgencia ayuda humanitaria y para el desarrollo.

En última instancia, el futuro de las mujeres afganas dependerá casi por completo del Estado afgano, que debe permanecer intacto si quiere extender la seguridad y la protección constitucional a las mujeres. Tras la salida de las tropas estadounidenses y de la OTAN, el gobierno y las Fuerzas Nacionales de Defensa y Seguridad Afganas serán los principales baluartes que defiendan las instituciones de Afganistán hasta que sea posible un acuerdo político. Washington debe asegurarse de que el gobierno y las fuerzas de seguridad afganas cuentan con la financiación y el apoyo necesarios para resistir el próximo asalto militar y político de los talibanes.

El imperativo de Washington

Estados Unidos tiene no solo un imperativo moral, sino también estratégico para seguir apoyando a las mujeres afganas. Tras la salida de EEUU, serán las fuerzas moderadas las que deban evitar el retorno del país al extremismo y al terrorismo. Los moderados lideran los esfuerzos para hacer retroceder las interpretaciones extremistas del islam mediante argumentos basados en la jurisprudencia islámica. Además, las investigaciones demuestran que las mujeres son esenciales para garantizar una paz duradera, luchar contra la corrupción y fomentar el crecimiento económico y la estabilidad.

En una visita a Kabul al día siguiente del anuncio de la retirada de EEUU, el secretario de Estado estadounidense, Antony Blinken, envió a los líderes del gobierno afgano una señal alentadora en este sentido, diciendo que “incluso cuando nuestras tropas vuelvan a casa, nuestra asociación con Afganistán continuará (…) Seguiremos apoyando a la sociedad civil y abogando por la igualdad de derechos de las mujeres, incluida su participación significativa en las negociaciones en curso y su representación equitativa en toda la sociedad”.

El gobierno de Biden debe asegurarse de que esas palabras sean algo más que retórica vacía. Puede que EEUU esté cerrando el capítulo militar de su relación con Afganistán, pero no puede cerrar el libro del todo, en especial después de haber ayudado a las mujeres y a los jóvenes afganos a conectarse con el mundo e interiorizar el valor de la democracia y la posibilidad de elegir su futuro.

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