“Ayudadoras”, cuando el sentido de la vida es ayudar a otras mujeres

Fuente: EFE
Por: Violeta Molina Gallardo
31 de marzo 2024

El feminismo es un movimiento de lucha por la igualdad formado por una cadena infinita de mujeres para sostener, impulsar y ayudar a otras mujeres: son las “ayudadoras”, las imprescindibles que hacen avanzar el mundo con determinación y sororidad y demuestran el poder de las alianzas feministas.

Dice el diccionario que ayudar significa “prestar cooperación”, “auxiliar” o “poner los medios para el logro de algo”. EFE ha querido homenajear a tantas y tantas mujeres que dedican su vida a ayudar a otras.

Seis grandes “ayudadoras” ejemplifican el potencial transformador de tejer redes para construir un mundo mejor: practican el feminismo desde distintos lugares para combatir las violencias machistas, paliar la soledad, acompañar a mujeres en su duelo gestacional, perseguir justicia, reducir la desigualdad en el arte o integrar a las diferentes.

Carla Vall, ensanchar la trinchera feminista del Derecho

La abogada Carla Vall es una de las mayores referentes del Derecho feminista en España. Conocida por ser la letrada de la futbolista Jenni Hermoso, de la artista Paula Bonet y por haber logrado el cambio de apellido del pequeño Leo tras ser asesinado por su padre, lidera un bufete de juristas expertas en violencias machistas.

Desde pequeña tuvo claro que sería abogada. Sufrió un episodio de violencia y se sintió muy sola, “no entendía nada”. Y un profesor de Derecho le abrió los ojos en clase al hablar de violencia de género.

“Me quedé pasmada, pensé ‘esto tiene un nombre’. Sentí que tenía una explicación. Empecé terapia, le dije al psicólogo ‘quiero que me cures nivel prémium porque me quiero dedicar a esto’. Puedo decir que la metamorfosis de víctima a superviviente existe”, relata a Efe.

“Por el camino, me encontré a muchas mujeres que también habían sufrido un capítulo de violencia y no sólo se rearmaron sino que se abrieron un sitio en la trinchera para ayudar a otras“, subraya. Y siguió su ejemplo y montó un despacho con compañeras para “luchar juntas”.

“Es como haber cumplido un sueño. (…) Es muy emocionante y satisfactorio luchar por las mujeres. Creo que todo esto me ha hecho mejor humana y desde aquí estoy devolviendo este regalo. Sueño con que las que vengan detrás lo tengan más fácil y puedan caminar más rápido por el camino que hemos abierto, que yo retomé de otras. Esto no deja de ser una carrera de relevos”, concluye.

Cristina Romero, ayudar durante el duelo gestacional

Después de tener que interrumpir dos embarazos por motivos médicos, Cristina Romero tuvo claro que en algún momento de su vida el dolor que sufrió se transformaría en algo constructivo. En plena pandemia, junto a otras mujeres que también transitaron por el duelo gestacional, Cristina ayudó a impulsar A Contracor, una asociación para romper el tabú y acabar con la soledad y la falta de información que han padecido tantas mujeres en el proceso de pérdida gestacional.

“Nuestro objetivo es visibilizarlo y acompañar a mujeres que pasan por este proceso para que no lo vivan con la soledad, el silencio y la falta de comprensión social con los que lo vivimos nosotras”, enfatiza.

La iniciativa cuenta con grupos de apoyo: “Es supernecesario poder compartirlo con alguien que ya lo ha pasado. Nosotras tenemos una experiencia ya sanada y podemos acompañar a mujeres que lo van a pasar. Ayuda a apaciguar y a descargar porque se tiene mucho sentimiento de culpa, es inevitable porque eres tú quien ha tenido que tomar la decisión sobre un bebé que considerabas tu hijo”, precisa.

A Contracor también ha puesto en marcha el proyecto de saquitos Jizō, para enviar a los hospitales donde se realizan las interrupciones del embarazo pequeños conjuntos de arrullo y gorro para que se pueda realizar una despedida “digna y humanizada” del bebé.

A Romero este proyecto le ha servido de “reparación” y le permite tener presente a los bebés que perdió: “En mi caso no pudo ser, pero mi experiencia sirve para ayudar a otras mujeres. Yo, que ahora estoy fuerte, que lo he sanado, tengo que convertir lo negativo en algo bueno”.

Semíramis González, arte desde el feminismo

Las mujeres empiezan a dejar los márgenes para ocupar un lugar protagonista en el arte. La comisaria y gestora cultural, Semíramis González atribuye este cambio al empuje feminista, que ha llevado a museos y galerías a ampliar su mirada y al público a reclamar que el talento femenino no se oculte.

Como comisaria, González visibiliza el trabajo de mujeres artistas e intenta combatir la desigualdad. El comisariado feminista, argumenta, no sólo se preocupa por la disposición de las obras en una exposición o de su discurso, también de qué necesitan las artistas, en qué momento vital se encuentran. Implica “una relación más horizontal y dialógica” con ellas.

“Muchas veces he trabajado con artistas en situaciones vitales complejas (como violencia de género, cáncer, tareas de cuidados o precariedad) y eso también forma parte de mi trabajo“, apunta.

Cuenta que en Latinoamérica se llama “curadoras” a las comisarias, término que alude a “curar”: “Las curadoras feministas trabajamos de otra forma con las artistas, cuidamos no sólo en el plano intelectual”, resume.

“Una de las cosas radicalmente distintas que aporta el feminismo es la sororidad, el compañerismo, el apoyo. Siento esa genealogía que pasa de unas mujeres a otras. Muchas mujeres me han abierto las puertas y siento mi trabajo como devolución, en la medida en que pueda abrir camino a otras”, recalca.

Lili Gálvez, de Perú a tender puentes en Madrid

En 1991, Lily Gálvez llegó a España desde su Perú natal buscando una vida mejor. Trabajó cinco años en una fábrica, después tuvo dos hijos y encadenó trabajos precarios hasta que en 2001 se convirtió en mediadora intercultural.

De esta forma comenzó a trabajar por la integración, la participación ciudadana y la dinamización comunitaria en distintos barrios de Madrid (Villaverde, Carabanchel, Ciudad Lineal…), a convertirse en una “persona puente” en distritos con mucha diversidad.

“Desde la mirada de la mediación intercultural he visto a una mayoría de mujeres cuidando no sólo de otras mujeres, sino de su propio entorno familiar y también comunitario, de nuestros barrios”, afirma Gálvez.

“Nos convertimos en referentes para otras mujeres. En los espacios de mujeres afines nos cuidamos, nos empoderamos, crecemos, nos reímos, y lloramos juntas. La mediación sirve para tender puentes. En esta sociedad tan individualista, cuando una persona o un grupo reconoce que necesita ayuda es sanísimo, muy potente. La mediación es una herramienta de paz y de comunicación quepermite crear redes y espacios sanos, desmontar prejuicios. En valores humanos somos muy parecidas todas las personas, hay más semejanzas de las que creemos”, zanja.

Carme Llenas, voluntaria octogenaria contra la soledad

Cuando Carme Llenas se jubiló, pensó que “algo tenía que hacer con su vida: “No me iba a dedicar a estar en casa y pasear”, rememora. Así que se hizo voluntaria de Cruz Roja, donde lleva 20 años combatiendo la soledad.

Ya con 81 años, acompaña a dos mujeres mayores que viven solas: “Ayudar es una energía para mi vida. Te sientes más llena, más recompensada. Te aporta la satisfacción de ver que ayudas a la gente y aún eres útil, que no eres una persona mayor que se queda en casa sin hacer nada, mirando la televisión o dando el coñazo a la familia”, explicita.

Subraya que la soledad es uno de los grandes problemas del mundo y que mediante el voluntariado se puede ayudar a la gente a vivir un poco más feliz: “Es una vida triste, estas personas no tienen motivaciones ni distracciones y necesitan acompañamiento, salir, ir al cine, al parque”.

“Vamos a pasear, a tomar el sol, tienen la oportunidad de hablar, de pasar la tarde sin sus problemas en la cabeza“, narra.

No cree esta octogenaria que haya más mujeres que hombres voluntarios por una cuestión de capacidad, sino de disposición: “Ellos son más comodones”, razona. Llenas, pasados los 80, promete que será voluntaria “mientras pueda“.

Lucila Romarate-Zabala, salir de la violencia

En el Espacio Mujer Madrid (EMMA), se tiende la mano a víctimas de violencia de género que continúan emparejadas con su agresor, se las ayuda a detectar que están atrapadas en una relación violenta.

En el equipo multidisciplinar que atiende a víctimas de todas las edades está la abogada Lucila Romarate-Zabala. A través del empoderamiento, cuenta a EFE, se intenta que ellas vayan ganando confianza y autoestima para salir del maltrato.

La atención grupal es esencial, pues “compartir sus experiencias las ayuda a no sentirse solas, a ver que muchas mujeres pasan por lo mismo y crean una red y una sororidad que les da fuerza para salir”.

El trauma y la violencia piscológica soportada durante años dificultan el camino, por eso deben sentir que son capaces de tomar sus decisiones y que estas son válidas: “Hay que entenderlas y no juzgarlas“, sostiene la experta.

“He aprendido de ellas la fuerza que tienen para seguir luchando en situaciones muy adversas, su perseverancia, y recibo mucho cariño y amor. Eso te llena mucho, saber que pones un granito de arena por un mundo más igualitario. Sientes que haces algo, entre tanta inmensidad, en este océano de luchas”, concluye.

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