Clara Campoamor: de política a defender a la mujer

A finales del Siglo XIX las mujeres no tenían muchos derechos en comparación a los hombres, más que todo en el ámbito científico y político, pero muchas mujeres se alzaron y pelearon para poder tener la voz que merecen.

CARACAS. El año 1888, en Madrid, España, nace una gran influencia para las personas que apoyan el feminismo, una mujer que siempre luchó por sus derechos y los de los demás, esta fue Clara Campoamor, que tuvo una dura infancia debido al fallecimiento de su padre y se vio obligada a trabajar desde temprana edad, con tan solo 10 años.

Para muchos pudo haber sido una desgracia, pero gracias a que tuvo que valerse por si misma ayudando a la casa desde temprana edad, pudo ver como era el mundo real desde pequeña, y dándole la posibilidad de trabajar a los 26 años como profesora de mecanografía.

Fue precisamente en esta época cuando Clara empezó a frecuentar los ambientes intelectuales madrileños y entró en contacto con activistas feministas como la sufragista Carmen de Burgos. También empezó a escribir para el diario conservador La Tribuna, donde conocería a su futura compañera en las Cortes Españolas, Eva Nelken. Todo ello despertó en ella el interés por la política y en particular por la situación de la mujer. Empezó a colaborar en diversas asociaciones feministas, dando conferencias y escribiendo para la prensa.

Existían agrupaciones que apoyaban a la mujer, pero era mayoritariamente en las grandes ciudades de España y eran más que todo agrupaciones de carácter profesional y académico. Campoamor que era licenciada en derecho fue la segunda mujer en entrar a la escuela de abogados de Madrid y participó en las dos agrupaciones con las que contaba la universidad, la Federación Internacional de Mujeres de Carreras Jurídicas y el Instituto Internacional de Uniones Intelectuales.

Sin embargo, en el panorama legislativo, el gobierno impedía la implantación real de medidas prácticas. Fue por ello que Clara Campoamor tomó la decisión de dar el salto a la política con el Partido Radical de Alejandro Lerroux.

En las elecciones de 1931, que siguieron a la proclamación de la Segunda República, las mujeres pudieron presentarse, aunque no votar. Campoamor resultó elegida junto con Victoria Kent, que se presentó por el Partido Radical Socialista. Parecía su mejor oportunidad para llevar los derechos de la mujer al ámbito legislativo.

Ya siendo miembro de la comunidad legislativa, busco como su primer objetivo el cambiar la constitución a favor de las mujeres. Las expectativas de Clara eran ambiciosas y contemplaban no solo el voto de las mujeres sino el divorcio y la igualdad de los hijos e hijas nacidos fuera del matrimonio, además de la abolición de la prostitución.

A pesar de que muchas personas pensaban igual que ella, la sociedad estaba fuertemente influenciada por el machismo, pero a pesar de ello, logró que se incorporara a la Constitución una gran parte de sus demandas, salvo lo relativo a la prostitución y al sufragio femenino.

La mayor decepción para Clara luego de que pudiera lograr el sufragio de la mujer a pesar que su propio partido no la apoyó, fue la oposición de su antigua compañera Victoria Kent. Aunque ambas compartían ideales, estaban en desacuerdo sobre el camino para aplicarlos: Kent opinaba que antes que legislar había que trabajar mucho en el cambio de mentalidad de la sociedad española, o sus propuestas fracasarían.

Ninguna de las dos renovó su escaño en las elecciones de 1933, aunque Alejandro Lerroux le ofreció a Clara un cargo como directora general de Beneficencia y Asistencia Social. Sin embargo, dos decepciones más la llevaron a abandonar definitivamente la actividad política: la alianza del Partido Radical con la Confederación Española de Derechas Autónomas (CEDA), ganadora de las elecciones de 1933; y finalmente, la dura represión de la insurrección obrera en Asturias en octubre de 1934.

Al estallar la Guerra Civil Campoamor se exilió en París, donde permaneció hasta 1955 trabajando como traductora. Sobre ella pesaba el peligro evidente, tras la victoria franquista, de ser republicana, feminista y lo peor a ojos del régimen, masona: por este último motivo se abrió un proceso contra ella, en el que habría sido condenada a 12 años de cárcel de haber regresado a España. Posteriormente se trasladó a Lausana, Suiza, para continuar con su actividad como abogada y allí murió en 1972.

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