El manual de la felicidad de las “muchachitas” del San José de Tarbes 73| Por: Soledad Morillo Belloso

(12 diciembre 2025) No es un recetario cualquiera. Es un espejo con olor a guiso, un archivo vivo que guarda carcajadas en frascos de vidrio, un mosaico coral donde cada receta canta como si fuera un bolero de la memoria. Aquí la cocina se convierte en escenario: pupitres que se transforman en mesas, canciones de moda que se vuelven condimento, confidencias de recreo que se sirven como entradas. Yo, que soy contemporánea con ellas, las conozco “de trato, conversa y compartir”. ¡Tenemos tanto en común! La música que sonaba en los transistores, las historias que corrían como rumores sabrosos, los amigos con quienes bailábamos en los picoteos, las anécdotas que todavía hoy se cuentan con ataques de risa que saben a juventud frita en paila.
Las tarbesianas de la promoción 1973 —graduadas en el siglo pasado, dicho con orgullo y picardía— decidieron hacer algo que no se marchita: escribieron, diseñaron, diagramaron, ilustraron y editaron un libro que es joya y festín. No se conformaron con juntar recetas; se dieron a la tarea de cocinar la memoria, de ponerle sazón a la nostalgia, de servir en bandeja la complicidad de sus muchos años juntas.
Cada página es un festival de afectos. Allí se mezclan la sopa que cura el mal de amores con el chisme del recreo, el guiso espeso con la risotada de las amigas, el postre con la picardía de los picoteos en los que se bailaba en un ladrillito. Es un libro que huele a arepa rellena con mantequilla que se derrite, a café colao que despierta la madrugada, a chocolate espeso que se remueve con paciencia mientras se conversa de la vida, de los amores, de los tropiezos, de los despechos, de las reconciliaciones, de las vueltas a ponerse en pie, de las bienvenidas y las despedidas. En este manual para la felicidad, entre receta y receta, se cuela la voz de la muchachita que recuerda la canción de moda, la otra que evoca al novio de entonces, la que ríe de las travesuras en clase, la que se emociona con la visita inesperada del noviecito de turno que se asoma con pinta de galán en la esquina del colegio.
Abrir este recetario es entrar en una verbena íntima: los aromas de los guisos se confunden con las risas de los años setenta, los dulces con las anécdotas de cuando jóvenes, las ilustraciones con la complicidad de quienes saben que la memoria también se cocina a fuego lento. Es un libro que alimenta el cuerpo, que nutre la nostalgia y la alegría de saberse parte de una generación que decidió dejar huella con sabor, sonrisas y alguna lágrima bien puesta.
Y yo, que no estudié en el San José de Tarbes, me siento profundamente halagada por haber sido escogida para prologar el libro con unas líneas sobre “querer a la venezolana”. Porque este libro es eso: nuestro modo de querer. Un amor que se cuece en ollas y se sirve con ternura, que se sazona con humor y se comparte con generosidad. Es la prueba de que la cocina es como la literatura: un lenguaje con gramática de besos y pasiones, un modo de decir “te quiero” con un plato servido, con unos tequeños que huelen a casa, con un postre que endulza los recuerdos.
Este recetario es, en definitiva, un acto de rebeldía contra el olvido. Es la demostración de que la amistad se puede condimentar, que la nostalgia se puede hornear, que la memoria se puede servir en platos lindos. Es un libro que se lee con el paladar y se saborea con el corazón. Y es un guiño travieso a la vida, porque detrás de cada receta hay un refrán criollo, una frase popular, una caricia que hace que el lector sonría mientras siente que se le hace agua la boca.
No sé cuándo estará disponible. Pero a usted, querido lector, le recomiendo estar pendiente. Este libro querrá tenerlo, tocarlo, curucutearlo, saborearlo y compartirlo. Porque este libro, créame, es amor en su punto, servido en una mesa grande en la que pueden sentarse muchas generaciones.
A mis queridas amigas del San José de Tarbes 73, les digo sin rodeos: me quito el sombrero, me arremango la falda y hasta me saco el pañuelo, porque ustedes son la risa que nunca envejece.
Soledadmorillobelloso@gmail.com
@solmorillob
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