María del Mar Ramón: “La belleza ya no es sinónimo de juventud o genética, es un modelo capitalista”

Fuente: EFE
Por: Sarah Sidki
21 de junio 2024

En Follar y comer sin culpa. El placer es feminista, la escritora colombiana María del Mar Ramón (Bogotá, 1992) se sumerge en la complejidad de la relación con el cuerpo, la comida, la sexualidad y la violencia. Con sinceridad y mucho humor, la autora reivindica la normalización de la masturbación y del placer femenino, y aboga por una educación sexual que capacite a los y las más jóvenes a entender las complejidades del consentimiento.

“A las mujeres se nos ha castigado muchísimo la gordura y se nos ha educado de una manera en la que ser gorda es lo peor que te puede pasar”, explica Ramón en una entrevista con Efeminista durante su paso por la Feria del Libro de Madrid, dónde ha firmado su libro publicado en España por la editorial U-Tópicas.

Estas imposiciones culturales y patriarcales “arruinan para siempre la relación de las mujeres con su cuerpo y con la comida”, dice la autora, al considerar que los discursos feministas hacen de contrapeso a la terrible homogenización de la belleza.

Ramón reivindica el derecho a enfadarse ante las violencias que sufren las mujeres y las conversaciones colectivas para afrontar la culpabilidad ante todo lo que nos rodea. “Es impresionante el efecto sanador que tiene el diálogo y reconocerse en las experiencias de otras”, afirma.

Comer sin culpa

Pregunta (P): En Follar y comer sin culpa habla sobre el cuerpo. la relación con la comida, la sexualidad, el placer femenino y la violencia digital y física que sufren las mujeres, ¿Qué le llevó a sumar todas estas preocupaciones en un solo libro?

Respuesta (R): El libro, en realidad, fue escrito y publicado por primera vez en 2018 a partir de una serie de momentos de mucha efervescencia feminista en Argentina y en América Latina. A partir de ciertas reflexiones que veníamos teniendo y de discusiones colectivas, yo sentía que me hacía falta tanto leer como escribir algo en un tono un poco más desenfadado que no temiera de la comedia ni de los momentos graciosos y patéticos para narrarnos a nosotras mismas. No quería ceder ante ese tono trágico y triste que se nos ha impuesto a las personas que hemos sufrido alguna forma de violencia machista.

P: Muchos de los temas que trata no han evolucionado, como el amor propio y la relación con el cuerpo. ¿Qué opina de esta presión estética a la que están sometidas las mujeres?

R: El universo de la belleza se ha vuelto muy homogéneo. La gente se ve toda igual. Antes la belleza era algo con lo que se nacía, era un don o no, y ahora se puede comprar. Es algo a lo que se puede acceder con mucha plata. Por ejemplo, si eres una persona gorda no te tienes que operar, puedes inyectarte por 1.000 euros al mes Ozempic, una droga cuyos efectos no conocemos y que es para personas que tienen diabetes y la necesitan.

Las redes sociales intensifican todos esos rasgos de la sociedad y lo vuelven más perturbador. Me preocupa la homogenización de lo que consideramos bello y cómo eso empieza a regir de una manera distinta sobre nuestras corporalidades. Me preocupa lo que estamos dispuestas a someter al cuerpo con tal de encajar en esos modelos. La belleza ya ni siquiera es sinónimo de juventud o genética, es una modificación artificial que puedes conseguir y llega a ser hasta un modelo capitalista.

Al mismo tiempo sí hay más conversación sobre las distintas formas de corporalidad. Cada vez hay más referentes gordas, más modelos gordas y las empresas se tienen que preguntar dos veces antes de poner solo modelos flacas porque se ve raro. Los cuerpos gordos empiezan a habitar los espacios públicos de una manera distinta y las conversaciones sobre la gordofobia empiezan a ser más profundas. Esos diálogos, no sé si por las redes sociales o por la forma en la que los discursos feministas han abierto más espacios en los últimos tiempos, hacen un poco de contrapeso a la terrible homogenización de la belleza.

P: En el capítulo sobre el cuerpo dice: “Comer con placer es un derecho irrevocable y en eso también nos merecemos igualdad”, ¿De qué manera influyen el patriarcado y las desigualdades en la relación con la comida y con nuestros cuerpos?

R: A las mujeres se nos ha castigado muchísimo la gordura y se nos ha educado de una manera en la que ser gorda es lo peor que te puede pasar. Tanto que una está dispuesta a vomitar para no ser gorda. Todas esas imposiciones no nacieron con nuestra condición de mujeres, son imposiciones culturales y, por ende, patriarcales, que arruinan para siempre la relación de las mujeres con su cuerpo y con la comida. Hoy en día creo que todo lo demás se puede arreglar, que todo se puede tratar en terapia, pero por algún motivo con la comida es imposible.

Yo no sé cómo vamos a poder sacarnos ese chip. Confío en que las próximas generaciones puedan tener una mejor relación con la comida, ni siquiera con el cuerpo porque ya no tiene nada que ver con el cuerpo. Yo no quiero temerle siempre a una papa. Siento que soy una mujer inteligente y eso me que genera mucha frustración. No lo vamos a poder resolver ahora, pero estamos todas en la misma situación. Al menos nos podemos reír de eso y saber que eso nos pasa a casi todas las mujeres y podemos habitarlo con más menos culpa.

“El consentimiento es una condición para el placer”

P: También habla de desigualdad en las relaciones heterosexuales y de la “cultura del silencio”. ¿Cómo interseccionan el consentimiento y el placer en las relaciones sexuales?

R: El consentimiento es una condición para el placer, sin duda alguna, pero el placer no es una condición del consentimiento. Esa es una diferencia importante, pero hay veces en las que no sucede incluso en relaciones consentidas. En el último tiempo nos enfrentamos a una conclusión un poco desoladora, pero también interesante, y es que el consentimiento es un concepto mucho más complejo de lo que quizás creíamos que era. Necesitábamos explicarlo rápido y entramos en el ‘No es No’ y ‘Solo Sí es Sí’, pero hay otras variables y situaciones de no poder verbalizar ni no ni sí.

Si hay algo que nos acerca el consentimiento es la comunicación y la posibilidad de negociación y de diálogo en el sexo. Eso para mí tiene mucho que ver con dejar de pensar que el sexo es una situación silenciosa. Estoy convencida de que, en la mayoría de las veces, si pudiéramos decirle a un varón “me quiero ir”, siento que el 80% de los varones diría “está bien”, pero nosotras no lo hacemos.

P: ¿Ha avanzado el discurso social sobre el placer femenino?

R: Sí, y cuanto más hablemos del placer de las mujeres hace que los hombres y la sociedad empiecen a tener otra imagen de cuáles son las situaciones placenteras para las mujeres. Las narrativas sobre el placer pueden ayudar a contrarrestar esos discursos y esas comprensiones culturales, tan aferradas y tan arraigadas de nuestra cultura.

Aumento de la violencia

P: El su libro describe de forma amplia el sentimiento de culpa respecto a todo lo que rodea a las mujeres, ¿Cómo dejarlo atrás? 

R: A mí lo único que me da tranquilidad, ante la sensación de culpa, es hablarlo con otras mujeres. Es impresionante el efecto sanador que tiene el diálogo colectivo y reconocerse en las experiencias de otras porque nunca hay solo una. Una se siente menos sola, menos ridícula y menos culpable cuando lo comparte y escucha lo que sienten las otras.

P: Describe una situación de violencia sexual que usted sufrió en Colombia, la violencia en Latinoamérica presenta cifras alarmantes, ¿Hay un retroceso en cuanto a derechos de las mujeres?

R: Sí. Yo vivo en Argentina y el gobierno de Javier Milei todavía no ha podido tocar las conquistas que se lograron en los últimos años, pero sí están consiguiendo un triunfo cultural al amenazarlas. Cada vez que no les funciona algo en la economía, avanzan con esta guerra y esta batalla cultural contra los derechos de las mujeres. En España también la ultraderecha tiene incrustado un discurso muy misógino. Tenemos que poder buscar una manera inteligente para contrarrestarlo. Yo no sé cómo se hace, porque son personas personas que nacieron de un entorno que para nosotros era la subestimación absoluta, que es Internet. Estas personas pusieron no uno, sino dos, presidentes muy importantes. Cuando nos reíamos de Trump en 2016 o de Bolsonaro pensamos que era algo de Reddit, pues llegó a gobernar un país como Estados Unidos.

Me preocupa mucho la radicalización de los varones más jóvenes hacia la ultraderecha y los espacios en los que sucede esa radicalización. Tenemos dificultad para acceder a estos espacios y poder intervenir en esos discursos porque no tenemos como hablarles, no sabemos dónde están.

P: ¿Cómo ha evolucionado su feminismo a lo largo de los años, desde que escribió el libro?

R: Un montón y me parece muy lindo ver la evolución. Decidí dejar el libro como estaba porque a pesar de que tengo casi las mismas reflexiones, hoy en día me preocupan otros temas. Me preocupa la radicalización de los varones, que era algo que en ese momento no me preocupaba, porque yo estaba segura de que nosotras no teníamos que explicarles nada y hoy en día me interesa muchísimo hablar con esos varones, escucharlos decir cosas horribles y tratar de entender de dónde viene ese odio. En parte porque me genera curiosidad y en parte porque están gobernando países. Me parece que es necesario, ahora que los incels están gobernando países.

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