¿Muere el pasado?/Esther Peñas

Al contrario de lo que pueda parecer, este evoluciona con nosotros al mismo ritmo que el presente, condicionándolo y dándole una forma nueva.

The True American’ (1874), por Enoch Wood Perry.

Fuente: Ethic

29 de agosto 2023

«El pasado nunca se muere. Ni siquiera es pasado». La reflexión pertenece al norteamericano William Faulkner (1897-1962), Nobel de Literatura en 1949 y uno de los escritores determinantes del XX. La suya es una escritura cruel, locuaz y bellísima, pero ¿qué quiso decir con esa sentencia? Son muchos los filósofos e intelectuales que han elaborado profundas reflexiones sobre el vínculo entre el pasado y el presente, pero quizás nadie sintetizó buena parte de las disquisiciones como el autor de El ruido y la furia.

El pasado no es un región clausurada y estéril. Al contrario, este es dinámico, va modificándose con el tiempo, adquiriendo un sentido u obteniendo un significado diferente. Nos acompañará siempre y, por tanto, no muere, porque nos constituye. Somos lo que fuimos y también somos lo que fueron otros. El pasado común incide en nuestra construcción del mundo: a veces asomándose, a veces presidiendo. A lo irreversible de todo suceso le corresponde un lugar distinto. Por ejemplo, una ruptura amorosa reciente puede suponer un antes y un después en nuestra andadura vital, si bien con la distancia puede ser entendida como algo necesario e incluso deseable.

Que el pasado no lo sea recoge la idea de que nuestro presente está continuamente condicionado por el pasado, actualizándolo. Además, quizás no lo justifique pero lo explica. Walter Benjamin habla de la memoria no como una mera transición entre el pasado y el presente, sino como un «tiempo lleno de la presencia del ahora»: el pasado reubica el presente con vistas al futuro. El pasado, de nuevo, como algo vivo. Desde san Agustín a Bergson, con Husserl y Sartre de por medio, entre otros, este postulado ha sido refutado, apuntalado y matizado innumerables veces.

Nos acompañará siempre y, por tanto, no muere, porque nos constituye: somos lo que fuimos y también somos lo que fueron otros

Sin el pasado conectado con el presente, este sería incomprensible. Si contemplamos los antecedentes temporales de un proceso se descubren los fundamentos que lo explican. De hecho, podría hacerse hincapié también en el concepto del continuum, tan visitado por pensadores, que sugiere que no hay territorios temporales estancos, sino que pasado, presente y futuro se entremezclan de manera continua, poniendo en duda la idea de que el futuro sea mera –e indefinida– posibilidad.

Por tanto, el pasado resulta tan movedizo como el propio presente. A él no se viaja con la memoria como quien acude a una tumba, sino que los recuerdos, cambiantes, van articulando nuestra subjetividad casi a tiempo real. «Nada es como es, sino como se recuerda», aseguró Valle-Inclán.

Para el psicoanálisis, el hecho de que el pasado se actualice continuamente en el presente es capital. Por eso tendemos a cometer los mismos errores, escoger como pareja un determinado perfil –la pareja es el síntoma, dicen los psicoanalistas- y a combatir una y otra vez miedos que hunden su raíz en la infancia. Menos dueños del presente de lo que creemos, en terapia uno observa cómo el pasado entra como una fuerza viva para interactuar con él. 

Pero no solo el pasado individual, sino que también la memoria histórica y colectiva marca los tiempos compartidos del ahora. Las fiestas, las conmemoraciones o algo tan aparentemente inocente como los nombres de las calles, las plazas, los edificios públicos y los cánones conforman un espacio y una cultura que, a su vez, hace de nosotros lo que somos. El hecho de que hoy en día se consideren sátrapas a quienes, en su momento, fueron respetados como héroes, o viceversa, también viene a refrendar ese pasado como algo capaz de crecer, en un sentido (luminoso) y otro (tenebroso). De nuevo Benjamín recala en este pensamiento: la humanidad ha de ensanchar en el presente el espacio que le concede al pasado si apuesta por el progreso. Todo lo que vemos o tocamos es producto de avatares e intervenciones que alguna vez ocurrieron y que, de alguna manera, siguen ocurriendo: cabe pensar en las pirámides, el Coliseum o el paisaje de las Médulas, pero también en nuestro propio carácter, fruto de la cosecha y siembra de las experiencias y su asimilación. En cierto modo, somos como somos porque hemos heredado los valores de Alejandro Magno, de Cristo, de Colón, Goya o Velázquez. La historia de las generaciones pasadas se hace presente en nosotros.

El filósofo francés Michel Surya asegura que el pasado ocupa todo el espacio que se debería emplear en pensar el presente. Es decir, no solo que el presente es deudor del pasado sino su lacayo. Por el contrario, Todorov se pregunta si el pasado no está sobrevalorado, y asegura que la importancia ha de colocarse en el presente y el porvenir. Algo similar al postulado de Hawking, para quien pasado y futuro no existen. 

En cualquier caso, parece que el pasado inamovible sobre existe en los tiempos verbales. Fuera de ellos, ni el pretérito pluscuamperfecto, ni el perfecto simple o compuesto lo son tanto. 

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