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Mujeres venezolanas cruzan el Darién huyendo de la crisis del país

también conocido como el tapón del Darién o Selva del Darién, es una región selvática y pantanosa ubicada al límite de Panamá y Colombia. Es utilizada por muchas personas migrantes y refugiadas como zona de paso para cruzar hacia Centroamérica, y finalmente llegar a los Estados Unidos.

Las personas refugiadas venezolanas también utilizan esta frontera para huir de la crisis humanitaria compleja que atraviesa el país. Desesperadas y buscando un futuro mejor, atraviesan países enteros, por vías irregulares y peligrosas.

Aunque en el año 2021 solo el 2% de las personas que cruzaron el Darién fueron venezolanas, esta cifra creció alarmantemente en el año 2022. De enero a abril de este año, de las 19.000 personas que se estiman cruzaron esta selva, al menos 6.951 provenían de Venezuela, es decir un poco más de un 36%[1].

Su historia es la de cientos de venezolanas

«Se me quedó el corazón. Un pedacito en cada país. La mitad de mi corazón está en Venezuela, otra parte está en Panamá, otra parte en Nicaragua, otra en Guatemala, otra en México»

Walmery, una mujer de 39 años de edad, de la ciudad de San Francisco, estado Zulia (Venezuela) decidió en enero de 2022 cruzar el Darién con su esposo y sus dos hijas, de 4 y 9 años de edad. Con muy poca información sobre esta travesía, sin conocer realmente los peligros y confiando en algunos videos y fotos de personas que afirmaban la posibilidad de llegar a Estados Unidos por estas vías, vendieron algunas pertenencias y comenzaron este duro camino. Esta familia, como muchas otras, no tenían otra alternativa, debían salir de Venezuela. No solo las golpeaba la emergencia humanitaria compleja que atraviesa el país, sino que además eran perseguidos políticos del gobierno de Nicolás Maduro.

Ella compartió su experiencia con Cepaz, y nos comentó: “no pensé que era tan grave la cosa, luego que estuve ahí supe que era grave”. Advirtió haber visto y vivido situaciones muy dramáticas. “En la montaña de la muerte vi allí una persona que tenía días fallecida. Era una mujer, parecía que estaba embarazada”.

En el trayecto Walmery perdió de vista a su hija de 9 años. Nos contó la angustia y desesperación que sintió en ese momento: “fue una de las cosas más fuertes”. Además se quedaron sin comida. Otras personas que cruzaban la selva pudieron auxiliarla con alimentos para su familia. Sin embargo, esta ayuda no fue suficiente para el cansancio que tenía sobre su cuerpo, lo que ocasionó que en varias oportunidades se quedara atrás, incluso muy lejos del guía. La situación de cansancio de Walmery la llevó a decirle a su esposo que siguiera el recorrido sin ella. “Yo prefiero que mis hijas estén bien y a salvo. Yo veo cómo llego”.

Sola en la selva 

Su esposo y sus dos hijas debieron continuar el trayecto sin ella. Walmery quedó sola en la selva y un tiempo después estuvo acompañada de otro grupo de hombres desconocidos. En ese momento se sintió muy vulnerable. Tenía mucho miedo y pedía ayuda a gritos: “mis gritos eran de terror. Pero ahí puede uno gritar y entre esas montañas y esos árboles nadie te va a escuchar”.

Walmery aprovechó la oportunidad para advertir sobre los riesgos diferenciados que sufren las mujeres en esta selva. En su recorrido escuchó historias de mujeres y niñas que habían sido abusadas sexualmente. Durante su travesía por los distintos países de Centroamérica, supo que fuera del Darién las mujeres también corren peligros. Ella nos contó que fue víctima, frente a sus hijas, de acoso por parte de los transportistas en México. “No pude hacer nada, ni decir nada, ni decirle a mi esposo, ellos iban armados”.

El Darién es apenas el inicio del duro recorrido que hacen muchos venezolanos y venezolanas para llegar a los Estados Unidos. Cuando salen del Darién deben continuar cruzando fronteras. Pernoctando en playas, campamentos, en la selva, en medio de la calle y con suerte en alguna iglesia o casas de abrigo para migrantes. Siempre bajo condiciones muy precarias. En todo este tránsito las mujeres no dejan de encontrarse en mayor grado de vulnerabilidad, riesgos y desprotección.

Garantizar la protección a personas en movilidad

Todas estas situaciones de riesgo que enfrentan las personas en condiciones de movilidad, las afrontan en la mayoría de los casos sin ningún tipo de ayuda y protección por parte de los países de tránsito y acogida. En el caso de Walmery, aunque finalmente pudo llegar a los Estados Unidos e iniciar el trámite regulatorio, tuvo que pasar esta dura travesía con su familia sin apoyo directo de ningún Estado.

De hecho, nos comentó que los mismos funcionarios de seguridad y de migración le pedían dinero y los violentaban al llegar a las fronteras. Teniendo que, para evitar la deportación, continuar cruzando las fronteras por vías irregulares. Haciendo incluso pagos a los grupos armados que controlan la zona. En su relato advirtió que en varias oportunidades contó solo con el apoyo de los mismos migrantes, de alguna iglesia, o de los nacionales en los países de tránsito, que al ver su situación de vulnerabilidad le brindaban su ayuda.

La historia de Walmery y las de todas las mujeres que diariamente cruzan esta peligrosa selva, y otras rutas irregulares y peligrosas, debe interpelarnos. Es por ello, que desde Cepaz hemos hecho énfasis en la discriminación, las violencias, y la desprotección bajo las cuales las mujeres están saliendo del país, están transitando otros países y cómo esto no acaba con la llegada al país de acogida.

Criminalizar la migración no es más que contribuir a la situación de vulnerabilidad, peligro y desprotección de las personas que huyen de la crisis y la persecución que existe en Venezuela. El llamado es a las organizaciones internacionales, a los Estados, a los países de tránsito y acogida, a garantizar el paso seguro de las personas en movilidad, y a que se diseñen políticas migratorias, de atención, protección y regularización que se lleven a cabo con una perspectiva de género y con un enfoque en derechos humanos.

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