Pedro Mario Burelli: el que piensa y no calla| Por: Soledad Morillo Belloso

(26 enero 2026) Las declaraciones de Pedro Mario Burelli a Analítica.com no son un comentario más perdido en el zumbido cansón de la política venezolana. Son, más bien, una pedrada al estanque. Un recordatorio de que pensar —pensar de verdad— exige romper espejismos, mirar de frente lo que duele y aceptar que la transición no será un acto de prestidigitación ni un salto olímpico hacia la normalidad. Uno puede disentir de él, pero no puede darse el lujo de ignorarlo. Hay que escucharlo. Escucharlo como quien afina el oído para distinguir la nota verdadera entre el ruido.
Burelli Briceño habla sin anestesia ni paños tibios: “La salida de Maduro no es el final: es apenas el comienzo de un proceso largo y delicado.” Esa frase, que a muchos les cae como un baldazo de agua helada, es un bofetón contra la fantasía infantil de creer que basta con cambiar al inquilino de Miraflores para que el país se enderece. Para él, insistir en elecciones inmediatas es “desconocer la realidad del país”, una manera elegante de advertir que sería repetir —con entusiasmo suicida— los tropiezos de transiciones que naufragaron antes de zarpar.
Su diagnóstico es quirúrgico. Venezuela no enfrentaba —dice— una dictadura convencional, sino “una compleja estructura criminal que mantenía a la nación en estado de secuestro.” Y cuando un país es tomado por una red criminal, la transición no es un trámite: es una cirugía a corazón abierto. Por eso habla de “extirpar los remanentes del tumor”, una metáfora que no deja espacio para la candidez. No basta con remover al rostro visible; hay que desmontar las tuberías subterráneas del poder real, esas que no se evaporan con discursos ni con pactos improvisados.
En ese marco, Burelli es categórico: “La elección es el punto de llegada, no el punto de partida.” Un CNE nuevo, un registro electoral limpio, garantías para la diáspora, reglas claras de financiamiento: sin eso, cualquier elección sería —en sus palabras— “una ficción democrática.” Y tiene razón en algo que pocos se atreven a admitir: las ficciones democráticas son más peligrosas que las dictaduras desnudas, porque adormecen la conciencia y fabrican una normalidad de utilería.
Su lectura geopolítica también corta como vidrio. Interpreta la acción reciente de Estados Unidos como un mensaje directo: “Estados Unidos está enviando un mensaje inequívoco: aquí hay control, hay capacidad y hay decisión.” No se trata de ocupación ni de aventuras militares, sino de evitar un vacío de poder que otros —Rusia, China, Irán— llenarían con gusto. Y recuerda la lección de Irak: “no se pueden desmontar instituciones de forma abrupta sin pagar un precio altísimo.” En otras palabras: improvisar es un lujo que Venezuela no puede permitirse sin caer en otro abismo.
Pero quizá lo más interesante de Burelli no es su capacidad para describir el desastre, sino su apuesta por la reconstrucción. Desmonta la nostalgia petrolera con la frialdad con la que un cirujano descarta un órgano necrosado. La verdadera riqueza del país, insiste, no está en el subsuelo, sino en la gente. En particular, en la diáspora: “Los venezolanos que se formaron en el exterior y han tenido éxito en sociedades competitivas son quienes pueden modernizar el país rápidamente.” Es una visión que incomoda a quienes siguen aferrados al mito del “país petrolero”, pero que reconoce la única reserva estratégica que no ha sido saqueada: el talento disperso.
Y aquí entra lo personal. Sí, conozco —mucho y desde hace muchos años— a Pedro Mario Burelli. Justamente por eso sé que cuando él se sienta a pensar, lo hace con rigor, con método y con una honestidad intelectual que escasea. Y si él se toma el trabajo de poner sobre la mesa ideas que incomodan, advertencias que otros prefieren barrer bajo la alfombra y diagnósticos que no caben en consignas, entonces lo mínimo que nos toca es leerlo y escucharlo.
Leerlo sin prejuicios. Escucharlo sin la torpe ansiedad de querer tener razón para alimentar egos hambrientos. Dejar que sus argumentos respiren, que sus advertencias decanten, que sus hipótesis se midan con otras. Y sólo después —sólo entonces— llegar a conclusiones propias. Coincidir o disentir, pero desde la reflexión, no desde el reflejo.
Porque pensar no es aplaudir ni repetir. Pensar es confrontar. Y Burelli, para bien o para incomodidad, obliga a eso.
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