Premio Mujer Analítica 2025: Dr. Guillermo Fariñas, Rector de la Universidad Monteávila
Palabras en ocasión de la entrega del Premio y Reconocimientos Mujer Analítica 2025

(25 noviembre 2025) Buenos días a todos los presentes. Especial saludo al Dr. Gerardo Fernández, Vicerector Académico y Presidente del CDCHT, a la prof. Virginia Domínguez, decana de Educación, a la Arquitecta Aixa Armas, presidenta de Mujer y Ciudadanía, a la Sra Zonia Bezara de Atencio, Presidenta del Grupo Zoom y Premio Mujer Analítica 2025, demás mujeres distinguidas con el premio Mujer Analítica de este año y las que lo han recibido en años anteriores y hoy nos acompañan…, señoras y señores, sean bienvenidos a este evento en el que la Monteávila es anfitrión de un premio que ya es una tradición para reconocer y distinguir a un grupo de mujeres valiosas.
Cuando pensaba en estas palabras vino a mi mente nuestra querida Santa Madre Carmen Rendiles, cuyos restos reposan muy cerca de esta sede: en el colegio Belén en Sebucán, en la avenida que ya merecidamente tiene su nombre. Y con ella también tengo presentes a otras mujeres que la Iglesia ha declarado como santas.
La canonización de la Madre Carmen, junto al Dr. José Gregorio Hernández, ha llenado de alegría, no solo a los católicos venezolanos, sino a todas las mujeres y hombres de buena voluntad de nuestra patria.
Quiero resaltar la campaña mediática que ha surgido de este proceso: Santos para todos. Vimos este lema en las vallas que anunciaban la canonización y en las estampas y demás piezas que se elaboraron por los nuevos santos. Y el sentido del lema ha comenzado a revelarse en algunas piezas comunicacionales
Por cierto, me enorgullece decir que en esa campaña han participado los profesores de la Universidad Monteávila: Tulia Monsalve, Grisel Guerra y Rodrigo Núñez, y la comunicadora Ana Karina Cárdenas, egresada de esta casa de estudios.
Una valla muestra a una mujer sonriente que desempeña un oficio de mantenimiento y limpieza y se dice Hacer bien tu trabajo, aunque pocos lo noten también es de santos. Es decir, resaltar que pequeñas acciones de buen comportamiento nos acercan al camino hacia la santidad.
Es decir, se resalta que la santidad está al alcance de muchos. Este es precisamente el mensaje que desde 1928 San Josemaría Escrivá predicó y le llevó a fundar el Opus Dei, institución de la Iglesia Católica que enseña que el trabajo, el estudio, las responsabilidades familiares y sociales son ocasión de encuentro con Dios. Decía: “Sabedlo bien: hay un algo santo, divino, escondido en las situaciones más comunes, que toca a cada uno de vosotros descubrir” (punto 114 del libro ‘Conversaciones’).
Volviendo a la Madre Carmen, hay que resaltar en ella muchas cosas. Bien sabemos que le faltaba un brazo, pero su fe y voluntad suplió esa discapacidad para sacar adelante una institución religiosa y hacer el bien a muchos. Su vida es un mensaje poderoso para todas las mujeres: la verdadera fuerza no reside en la perfección física, sino en la entereza del espíritu. Ella nos enseña que el camino de la santidad y el servicio no se detiene ante las dificultades. La Madre Carmen abrazó su condición, la ofreció a Dios y la convirtió en un símbolo de que el amor y el trabajo del Señor se realizan con el corazón completo, y no necesariamente con dos manos. Su vocación no fue limitada por su cuerpo.
Su principal apostolado fue la educación. Fundó colegios y escuelas, dedicándose a la formación humana, moral y espiritual de la niñez y la juventud, especialmente en las zonas más humildes de Venezuela. Ella creía firmemente que educar era el camino más directo para transformar la sociedad. En ese sentido, la Madre Carmen y la Monteávila tienen la misma visión.
Hay otra mujer, universitaria, esposa y madre, que puede ser un ejemplo más cercano a todas aquí. Se trata de Ruth Pakaluk, quien de atea pasó a ser defensora de la vida
Ruth Pakaluk (1957-1998) fue una mujer de extraordinario talento y calidez, cuya vida se transformó radicalmente para convertirse en una destacada defensora de la vida en Estados Unidos.
Su juventud estuvo marcada por la brillantez académica y artística: ingresó a la Universidad de Harvard como atea y con una postura a favor del aborto (pro- choice). Sin embargo, tras su matrimonio y una profunda conversión intelectual y espiritual al catolicismo, abrazó con convicción el movimiento pro-vida.
Su militancia no fue puramente teórica, sino que nació de su experiencia como madre de siete hijos. Se dedicó a educar a su numerosa familia y, al mismo tiempo, se involucró en el activismo público, participando en debates,
programas de televisión y organizando la oposición contra programas que consideraba contrarios a la vida y la moral familiar. El filósofo Peter Kreeft llegó a calificar sus intervenciones públicas como «las charlas más persuasivas e irresistibles que jamás había escuchado», destacando su claridad y convicción.
A pesar de su formación de élite, Ruth defendió sin complejos su principal vocación: ser madre y ama de casa, combinando la vida familiar con una intensa vida espiritual como miembro del Opus Dei.
Entendía el efecto humanizador del trabajo doméstico para todos, porque es donde se cultiva la virtud. No nos hacemos solos; observamos a otros, aprendemos hábitos buenos desde jóvenes. Es la base para la confianza, la amistad y el trabajo fuera del hogar.
A los 33 años, Ruth fue diagnosticada con cáncer de mama. Durante los siete años siguientes, la enfermedad la consumió, pero su fe y serenidad no flaquearon. Su manera de sufrir impactó a quienes la rodeaban, pues se negaba a centrarse en sí misma y continuó su apostolado hasta el final, incluso pidiendo a su esposo que se volviera a casar para que sus hijos no se quedaran sin madre.
Falleció a los 41 años, dejando un legado de fe, alegría y una defensa activa de la vida. Poco antes de morir, escribió una frase que resume su entrega: «He amado la vida que Dios me dio. No hay otra vida que hubiera preferido vivir.» Su causa de canonización está actualmente abierta en el Vaticano.
Pienso que ambas mujeres nos proponen un camino en el que hombres y mujeres se encuentran y manifiestan su complementariedad: la senda de la virtud, es decir: sustituir el dominio sobre el otro por el dominio sobre uno mismo. Ellas se esforzaron por la educación de las mujeres para que puedan asumir obligaciones privadas y públicas, porque creían que esos deberes realmente nos centraban y estructuraban la vida diaria, algo que la modernidad no ve: las obligaciones no son restricciones, sino que ayudan a dar sentido y conexión a nuestras vidas.
Estoy seguro de que las personas hoy premiadas y reconocidas -iba a decir mujeres pero hay un hombre y una institución en el elenco de nominaciones- representan la amplia variedad de opciones de quienes asumen las responsabilidades de los múltiples roles que poseen con generosidad y excelencia, sin pensar en luchas y contraposiciones. Una vez más, mis felicitaciones.
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