Rebecca Solnit: «El feminismo ha cambiado a muchos hombres»

5 junio 2025
La escritora e historiadora estadounidense Rebecca Solnit, una de las feministas faro y referente, está estos días en España y ha visitado la Feria del Libro de Madrid, donde también ha hablado de su último título El camino inesperado, un conjunto de ensayos en los que trata la teoría aislacionista.
«Hablar de izquierda y derecha es hablar de aislacionistas frente a conectores (o conexionistas). Vivimos en un mundo donde la derecha insiste en que los hombres están completamente separados de las mujeres, los blancos de los no blancos, los humanos de la naturaleza. Que no tenemos responsabilidades hacia los demás: un aislamiento social total», dice en una entrevista con Efeminista.
Pero la Solnit (Connecticut, 1961), quien creó una década el término ‘mansplaining’ acuñado en su libro Los hombres me explican cosas también reflexiona sobre la esperanza, la lentitud, los cuidos y el feminismo. «Internet se ha convertido en un sirviente de la extrema derecha. Silicon Valley siempre fue misógino y machista», explica la escritora, quien también subraya que el feminismo ha cambiado a muchos hombres.
‘El camino inesperado’, de Rebecca Solnit
Pregunta.- Cuando se termina de leer su libro, El camino inesperado, una llamada a la lentitud, a ejercer los cuidados y una reflexión sobre el maltrato al medio ambiente, la necesidad del feminismo o la interconexión, apetece seguir leyendo sus reflexiones sobre lo que sucede cada día a día, porque los acontecimientos políticos y sociales van muy rápidos. ¿Cómo percibe estos últimos meses desde la llegada del presidente Donald Trump?
Respuesta.- A veces tenemos que actuar rápidamente, pero eso solo tendrá éxito si antes nos hemos tomado el tiempo de entender la situación. Algo que veo constantemente entre personas que se consideran activistas —especialmente jóvenes— es que se rinden si no tienen éxito de inmediato, pensando que si no logras algo enseguida, ya perdiste y te puedes ir a casa. Pero en realidad, el cambio muchas veces lleva tiempo. Cambiar una ley, un régimen o la conciencia pública sobre lo que se considera normal, aceptable y necesario… todo eso toma mucho tiempo.
He visto al mundo cambiar de formas profundas a lo largo de mi vida, y muchas veces ha tardado en suceder. Algunas cosas ocurren de repente, como la caída del Muro de Berlín y la liberación de los países del bloque del Este en 1989, que ocurrieron muy rápido ese otoño. Pero puedes ver los meses, años y décadas de preparación que lo hicieron posible.
Lo mismo con el feminismo: no es algo que haya pasado esta semana, este mes o en esta década, sino que lleva ocurriendo más de 60 años.
A menudo me dicen que el feminismo ha fracasado, o que la revocación del derecho al aborto a nivel nacional en EE.UU. significa que el feminismo está retrocediendo. Pero si conoces la situación de las mujeres en 1960, sabes que no tenían derechos reproductivos ni muchos otros derechos básicos, y que todo eso ha cambiado profundamente desde entonces.
Entonces, no se trata tanto de lentitud en la acción como de lo que yo llamo una visión a largo plazo: comprensión a largo plazo, compromiso a largo plazo.
«Nunca será suficiente resistencia hasta que cambiemos todo»
P.- Dice que vivimos en un péndulo de evolución y retroceso, pero llama la atención, al menos desde aquí, que no haya mucha respuesta en su país por parte de la población, parece que todo el mundo está en shock, algunos escritores no han venido a la Feria del Libro por miedo a salir de Estados Unidos y no poder volver por el visado, como es el caso de la escritora Rita Indiana, coordinadora del programa de Nueva York, en la Feria del Libro.
R.- En mi próximo boletín estoy escribiendo sobre algunas de las formas de resistencia que estamos viendo, porque en realidad hay muchas. En Europa me han dicho muchas veces: «¿Por qué no hay resistencia?», cuando sí la hay. Algo que me dio confianza cuando Trump ganó la elección fue que muchas organizaciones ya tenían un plan preparado por si eso pasaba.
Tuvieron, digamos, la lentitud inversa: se habían preparado de antemano, así que no se sorprendieron ni quedaron paralizadas, simplemente empezaron a ejecutar sus planes. Se han presentado cientos de demandas, muchas se han ganado. Organizaciones como Indivisible o 5051 han hecho un trabajo de organización impresionante. Ha habido manifestaciones enormes. El 14 de junio se viene la protesta «No Kings», que parece será la más grande hasta ahora.
Así que están ocurriendo muchas cosas. En Estados Unidos hay escritores apolíticos o tímidos que creen que no es su papel involucrarse, pero muchas otras personas sí lo ven como su deber. Están ocurriendo cosas emocionantes, como defender físicamente a migrantes de la policía migratoria de Trump, algo que muchos comparan con la Gestapo. Y claro, nunca será suficiente resistencia hasta que cambiemos todo, hasta que derrotemos ese sistema por completo. Pero hay mucho terreno entre el «todo» y la «nada», y entre la nada y lo suficiente.
El feminismo y las mujeres trans
P.- ¿Qué opinión le merece que desde una parte del feminismo se excluya a las mujeres trans?
R.- Según mi opinión, si te codeas con la extrema derecha, no eres feminista. Y si estás en contra de los derechos de las mujeres trans, tampoco eres feminista, porque el feminismo es un subconjunto de los derechos humanos, centrado en los derechos de todas las mujeres.
Y claro, como sanfranciscana, he vivido toda mi vida en una ciudad llena de personas queer, trans y no binarias, y todos esos fantasmas de que si los respetamos, si los reconocemos como personas con derechos, ocurrirá algo terrible… Pues llevo 45 años en San Francisco y eso no ha pasado.
Específicamente San Francisco, la ciudad famosa por la liberación gay, que antes de volverse tan cara y de ser devorada por Silicon Valley, era un refugio para personas queer, trans, rebeldes y disidentes.
Solo quiero añadir algo más: muchas personas que se dicen feministas y se enfocan en atacar a mujeres trans no representan una parte importante del feminismo en EE.UU., aunque sí lo hacen en ciertas partes de Europa.
P.- ¿Cómo ve que el feminismo sea ahora uno de los objetivos a atacar por el Gobierno de EE.UU, pero también por muchos otros en el mundo?
R.- En cuanto a la reacción masculina, como alguien que vive atrapada ahora en el Silicon Valley que se tragó mi ciudad, creo que gran parte de esa reacción fue creada por internet: por ideas difundidas a través de la pornografía más odiosa, por «influencers» como Andrew Tate, y apoyadas por gente como Elon Musk. Ese es un ejemplo de cómo internet se ha convertido en un sirviente de la extrema derecha.
Y sí, feministas, activistas de derechos humanos y otras personas pueden usar internet, pero fue creada por un tipo específico de hombre blanco. Y, en cierto modo irónico, ellos son los más vulnerables a ella, porque fue diseñada para servirlos.
Así que existe una reacción muy visible contra el feminismo que merece atención. Pero al mismo tiempo, creo que muchos hombres en su vida cotidiana han cambiado. Ven la igualdad de género de una manera completamente distinta a como la veían hace 20 o 50 años. Creo que el feminismo ha cambiado a muchos hombres: ahora están acostumbrados a trabajar con mujeres como iguales, crian a sus propios hijos, comparten las tareas del hogar. No pretenden mandar a sus esposas, novias o colegas mujeres. Entienden qué es el consentimiento, en el sexo y en otras situaciones.
Sí, hay una reacción en contra del feminismo, pero muchas veces esa reacción es una señal de que algo ha sido poderoso y ha tenido impacto.
«Siempre hubo acoso sexual y exclusión de mujeres en Silicon Valley»
P.- ¿Internet es una herramienta muy buena pero también podría explicar, en parte, que muchos jóvenes se hayan convertidos en reaccionarios y estén en contra de la igualdad y el feminismo?
R.- Estoy de acuerdo en que Internet es una herramienta que puede usarse de muchas maneras. Pero está en manos de hombres poderosos —los más ricos del mundo— que han decidido usarla, o permitir que se use, de formas muy concretas. Basta con ver a Elon Musk, Mark Zuckerberg y Jeff Bezos, para nombrar a tres de los más ricos y poderosos. Están inmersos en ideas de masculinidad tóxica.
No sé cuál sea la solución exacta, pero vale la pena decir que estas ideas de masculinidad parecen estar haciendo a los hombres más enfadados, más infelices, más miserables, y los alejan de las mujeres. Incluso mientras insisten en que las mujeres deben estar subordinadas, proveerles sexo porque «es su derecho». Estas ideas les impiden relacionarse con mujeres, entenderlas.
Algo que me resulta tanto divertido como horroroso es ver cuántos discursos hay en internet sobre cómo lograr que las mujeres hagan lo que los hombres quieren, sin que los hombres les den lo que ellas quieren. Y claro, la respuesta real para conseguir algo de alguien es tal vez… entender y respetar lo que esa persona quiere.
Entonces, esa fantasía absurda de cómo lograr que las mujeres se queden en casa y tengan hijos, que renuncien a sus derechos, que salgan con hombres que las odian… Además de todo, es simplemente muy triste. Ojalá pudieran ver lo tristes, miserables y en realidad lo ridículos que son.
Como alguien que ha tenido asiento en primera fila en Silicon Valley desde el principio, puedo decir que siempre fue misógino. Siempre hubo acoso sexual, exclusión de mujeres de reuniones importantes, de participación plena, etc. No es que de repente se volvió machista. Solo se volvió su versión más fea, más visible.
La reacción contra el feminismo y los derechos humanos
P.- ¿Qué se puede hacer para cambiar esta situación? Para que la mentira no campe a sus anchas, para que el lenguaje no se tergiverse ni los poderosos se apoderen de términos como libertad…
R.-Algo que tal vez no se ve desde fuera es que Donald Trump nunca fue tan popular, y cada vez es más impopular a medida que se ve el impacto real de sus políticas autoritarias de extrema derecha, y sus intentos de destruir el estado de derecho, el gobierno y la economía. Así que no todo el mundo está engañado ni convencido. Y no sé qué va a pasar —nadie lo sabe—, pero hay mucha oposición, y quién sabe hacia dónde nos lleve la reacción contra la reacción.
Una cosa más. Todo lo que hace Trump, todo lo que hace la extrema derecha actual es una reacción. Están diciendo: los derechos humanos, el feminismo, los derechos de personas gays, lesbianas, trans, de personas no blancas, migrantes, los derechos de la naturaleza, la acción climática… Todo eso no les gusta. Quieren revertir los cambios de los últimos 50 o 60 años y volver a un mundo de desigualdad radical, sin regulación ni protección de la naturaleza.
Y, en cierto modo, eso es admitir: «Ustedes tuvieron éxito, fueron poderosos, cambiaron el mundo… y nosotros queremos deshacer eso». Es claramente una reacción. Y creo que en muchos lugares, ciertamente en muchas partes de Estados Unidos, lo que están haciendo es muy impopular.
P.- El libro termina con un encendido elogio a la necesidad de los cuidados, la esperanza y la necesidad de estar interconectados
R.- En algún momento del libro digo que tal vez más útil que hablar de izquierda y derecha es hablar de aislacionistas frente a conectores (o conexionistas). Vivimos en un mundo donde la derecha insiste en que los hombres están completamente separados de las mujeres, los blancos de los no blancos, los humanos de la naturaleza. Que no tenemos responsabilidades hacia los demás: un aislamiento social total.
Mientras que creo que hay una base ética, y muchas ideas —de visiones indígenas, del budismo, y también de la ciencia— que sostienen lo contrario: que estamos interconectados física, moral y socialmente. Que no estamos separados. Estamos en una batalla de visiones del mundo, y creo que, porque es una mejor forma de vivir —más alegre, más compasiva, más amorosa, y también más científicamente fundamentada—, la conexión tendrá que imponerse.
Y por supuesto, el clima es el gran maestro que nos muestra que todo está conectado: lo que quemamos en nuestras máquinas termina engrosando la manta aislante en el cielo, que calienta el planeta, genera caos climático y rompe los sistemas del mundo. Y es significativo que la derecha no solo niegue el cambio climático o su gravedad, sino que también niegue la ciencia detrás de él: que quemar combustibles fósiles es peligroso y destructivo.
Si llevas su lógica de desconexión al extremo, llegas al nihilismo: donde las palabras, los significados, la realidad misma se desconectan. Como con Trump, que insiste en tener el derecho de reinventar la realidad, la historia, la verdad una y otra vez.
Así que ese aislacionismo acaba convirtiéndose en una desconexión total incluso del sentido, de la historia, de la verdad y de la ciencia.
Fuente: EFE
Por: Carmen Sigüenza
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