Santa Teresa de Jesús, defensora de la mujer / María Rosaura González Casas* /El Diario de Yucatán

Teresa de Jesús, que es compañera de camino, maestra y madre, también fue profeta en los “tiempos recios” que le tocó vivir, no sólo por las grandes dificultades y problemas que pasó en las fundaciones, o la persecución por parte de la Inquisición, sino también porque vivió en un tiempo en que la mujer no tenía voz ni espacio en la sociedad ni en la Iglesia.

Fray Luis de León en “La perfecta casada”, lo expresa así: “.. .es justo que las mujeres se precien de callar todas, así aquéllas a quienes les conviene encubrir su poco saber, como aquéllas que pueden descubrir lo que saben; porque en todas es no sólo condición agradable, sino virtud debida el silencio y el hablar poco; porque así como la naturaleza hizo a las mujeres para que encerradas guardasen la casa, así las obligó a que cerrasen la boca; porque el hablar nace del entender y las palabras no son sino como imágenes o señales de lo que el ánimo concibe en sí mismo; por donde, así como a la mujer buena y honesta la naturaleza no la hizo para el estudio de las ciencias ni para los negocios de dificultad, sino para un solo oficio simple y doméstico, así les limitó el entender y por consiguiente les tasó las palabras y las razones”. La santidad de la mujer consistía en someterse al marido, ocuparse de hilar y permanecer en casa, por otra parte, sin la posibilidad de estudiar y sin acceso a la lectura bíblica ni de libros de espiritualidad; la mujer quedaba siempre a merced del criterio del varón, y condenada eternamente a ser menor de edad.

Teresa de Jesús siente una interior rebeldía ante estas condenas y “querría dar voces y disputar” (CE 37, 2). Su protesta nace sobre todo ante la ceguera y prepotencia de quienes niegan que la mujer tenga capacidad de llegar a la contemplación, cuando ella pone la oración como cimiento de la nueva familia que había fundado. En el libro del “Castillo interior” usa una imagen que representa plásticamente lo que experimentaba como mujer capaz de vivir, predicar y anunciar el Evangelio: “Se querría meter en mitad del mundo, por ver si pudiese ser parte para que un alma alabase más a Dios, y si es mujer, se aflige del atamiento que le hace su natural porque no puede hacer esto, y ha gran envidia a los que tienen libertad para dar voces, publicando quien es este gran Dios de las caballerías. ¡Oh pobre mariposilla atada con tantas cadenas, que no te dejan volar lo que querrías!” (M. 4.6.3).

Este símbolo habla por sí solo, “mariposilla atada con cadenas”, y es elocuente de su situación como mujer en la Iglesia. Teresa suspiraba por una libertad que “le había sido quitada” (Cf. V. 27, 13). La correlación entre la necesidad de gritar la plenitud de Dios y las “cadenas de la mujer acorralada” (C.E. 3, 6) es una constante dramática, una tensión que salta a cada instante en sus escritos: “No aborrecisteis Señor de mi alma, cuando andabais por el mundo, las mujeres, antes las favorecisteis siempre con mucha piedad y hallasteis en ellas tanto amor y más fe que en los hombres, pues estaba vuestra sacratísima Madre en cuyos méritos merecemos —y por tener su hábito— lo que desmerecimos por nuestras culpas. ¿No basta, Señor, que nos tiene el mundo acorraladas… que no hagamos cosa que valga nada por Vos en público, ni osemos hablar algunas verdades que lloramos en secreto, sino que no nos habíais de oír petición tan justa? No lo creo yo, Señor, por vuestra bondad y justicia, que sois juez justo y no como los jueces del mundo, que —como son hijos de Adán y en fin todos varones— no hay virtud de mujer que no tengan por sospechosa. Sí, que algún día ha de haber, Rey mío, que se conozcan todos. No hablo por mí, que ya tiene conocida el mundo mi ruindad y yo holgado que sea pública, sino porque veo los tiempos de manera que no es razón desechar ánimos virtuosos y fuertes, aunque sean de mujeres” (C.E. 3, 6).

Contemplando la realidad de la Iglesia y del mundo no puede comprender que “se desechen los ánimos virtuosos y fuertes de las mujeres”, sobre todo si partimos de una antropología teológica común de la mujer y del varón, ambos imagen de Dios, llamados a la transformación en Cristo por medio de la relación con Él, ambos con debilidades y tendencia al pecado. En estos tiempos parece que en la sociedad la mujer va encontrando su lugar, aunque falta mucho todavía por hacer, sin embargo en la Iglesia el lugar de la mujer sigue siendo una tarea ineludible y pendiente. En ocasiones hay resistencias y confusiones, como por ejemplo se equipara la “teoría de género” con la defensa de los derechos de las mujeres y con que tengan voz y poder de decisión, y son cosas bien distintas. La teoría de género se refiere sustancialmente a que cada quien puede elegir su orientación sexual independientemente del dato biológico que nos reporta el propio cuerpo. La Iglesia nos invita a respetar la naturaleza humana y el dato biológico corporal: hombre y mujer somos distintos corporalmente y fisiológicamente, cada una de nuestras células tiene la información genética XX o XY, sin embargo existen otros niveles, como el relacional o el espiritual y ontológico.

El que seamos distintos no quiere decir que uno deba estar por encima del otro, sino que creados a imagen de Cristo, como dice el Concilio Vaticano II en GS 22, nos encontremos a su luz, incluyendo lo femenino y lo masculino: “En realidad, el misterio del hombre sólo se esclarece en el misterio del Verbo encarnado […] En él, la naturaleza humana asumida, no absorbida, ha sido elevada también en nosotros a dignidad sin igual. El Hijo de Dios con su encarnación se ha unido, en cierto modo, con todo hombre” y leemos esta cita en la que se incluye obviamente a toda mujer.

Que en estos “tiempos recios” que vivimos, Teresa de Jesús en su quinto centenario, junto con tantas santas que han sufrido por su condición de mujeres en la Iglesia como Mary Ward, Edith Stein, Santa Laura de Colombia y otras más, nos ayude a encontrar caminos para construir juntos una comunidad eclesial que, como sacramento de Cristo, represente simbólicamente en la Historia el nuevo orden de la gracia instaurado por Él, en el que no hay distinción entre mujer y varón, en el que hay canales de participación y decisión para la mujer, así como relaciones de mutualidad y equidad. ¡Madre Teresa, que vivamos la mística y la profecía que nos conduce al anuncio alegre de que todas y todos somos hermanos en Cristo Jesús!

*Religiosa de la Compañía de Santa Teresa de Jesús 

 

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