Te pegan, te quiebran los brazos, a las mujeres las violan”: cómo vive una chilena dentro de Haití con la brutal crisis de violencia que azota al país

Por: bbc.com

Cuando casi todos los extranjeros se fueron de Haití, ella decidió quedarse con su hijo de 4 años.

Cerraron las embajadas, se fue Naciones Unidas y todas las organizaciones humanitarias que trabajaban en el país.

Los extranjeros que permanecen en Haití se pueden contar con los dedos de las manos y entre ellos está Consuelo Alzamora, una terapeuta ocupacional chilena de 36 años que fundó el centro de rehabilitación Fondation Tous Ensemble.

“Me siento como en mi casa, este es mi pueblo, esta es mi vida”, le dice a BBC Mundo por teléfono. Lleva una década trabajando en la nación caribeña y tiene planes para seguir rehabilitando pacientes a pesar de la ola de violencia que azota al país más pobre de América.

Ella ha experimentado el horror de estar en un país a la deriva, donde la corrupción y las bandas armadas, los asesinatos y los secuestros, no dan tregua.

Poderosas pandillas controlan las carreteras y los suministros básicos, mientras el descontento social con el gobierno se ha tornado en protestas que derivan en saqueos y enfrentamientos con la policía.

En julio de 2021 el país sufrió un duro golpe, cuando el presidente Jovenel Moïse fue asesinado. Un mes después, un terremoto dejó más de 2.200 muertos.

Desgarrado por la violencia y el cólera, con al menos cinco millones de personas desnutridas, el país enfrenta una catástrofe humanitaria. El gobierno ha pedido ayuda militar extranjera, pero la idea ha sido criticada por algunos haitianos que lo ven como una injerencia.

Sin luz, ni gasolina, y a veces sin gas para cocinar y usando el agua del pozo de un vecino, Consuelo cuenta en este relato cómo vive en su país tan querido, a pesar de la crisis que lo azota sin clemencia.

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Llegué a vivir aquí hace 10 años como voluntaria de la organización América Solidaria y un año después entré a trabajar a Medical Teams International en Les Cayes, en el sur del país, a unos 180 kilómetros de la capital (unas cuatro horas en auto).

Me quedé porque me enamoré del país y porque había mucho que hacer. Unos años después cerraron el centro de rehabilitación donde trabajaba y entonces con un colega decidimos fundar uno nuevo en junio de 2016.

Una de las cosas que me encanta del pueblo es la vida en comunidad. Y de alguna manera se parece a San Carlos, el pueblo donde yo nací, cerca de Chillán, en el sur de Chile, porque puedes ir a todas partes caminando.

Cuando las cosas estaban mejor, me gustaba levantarme como a las 6:30 am, hacer gimnasia, llevar a mi hijo al colegio y luego irme a trabajar. Algunas veces estaba todo el día en la clínica, pero otros, íbamos a terreno, hacíamos clínicas móviles por distintos pueblitos del sur rehabilitando pacientes.

Ahora tenemos un proyecto para las clínicas móviles y otro proyecto de rehabilitación con niños, pero con lo que está pasando, no hemos podido continuar.

Desde que llegué a Haití han cambiado muchas cosas. Tuvimos un huracán categoría 5, Mathew, que arrasó con todo, y el año pasado tuvimos un terremoto de magnitud 7,2. Fue el 14 de agosto, nunca me voy a olvidar.

A diferencia de lo que pasa en Chile, cuando salimos a la calle, había personas muertas en el piso, gente debajo de los escombros, heridos que llegaban a pedirme ayuda. Mi casa se damnificó y tuvimos que vivir como dos meses en un auto porque seguían las réplicas.

Había que sobrevivir, pero al mismo tiempo, como somos un centro de rehabilitación, teníamos que darle atención a todas las víctimas del terremoto.

Aparte del huracán y el terremoto, hemos tenido que enfrentar el problema de las bandas criminales que matan y secuestran gente.

Eso pasa principalmente en Puerto Príncipe, no en Les Cayes. Aquí hay violencia, pero todavía no llegan los secuestros. Si llegaran, probablemente tendríamos que irnos porque en el sur somos apenas cuatro extranjeras, lo que nos convertiría en el blanco perfecto para las bandas.

Estas bandas armadas empezaron a operar por ahí por el 2018, más o menos. Una de ellas se tomó la salida sur de Puerto Príncipe y desde entonces prácticamente no hay paso desde la capital al sur.

Nos aislan y el costo de la vida sube, no solo por la inflación que hay en todo el mundo, sino porque los camiones no pueden pasar, y entonces no nos llega bencina (combustible), no pasa ningún tipo de insumos médicos, ni los camiones con agua.

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El pueblo ahora es muy diferente a cuando llegué a vivir aquí, y en el último par de meses ha cambiado mucho. La vida tranquila, bonita, que tenía antes, solo duró hasta el 22 de agosto de este año.

Ese día empezaron las manifestaciones en Les Cayes contra el gobierno. A comienzos de septiembre tuvimos que cerrar el centro de rehabilitación porque todo el pueblo estaba lleno de barricadas y no se podía salir a la calle.

Ahora está muy peligroso. El colegio de mi hijo lo cerraron por las manifestaciones.

Está peligroso porque las manifestaciones aparecen en cualquier momento y cuando los manifestantes ven algo abierto, lo saquean. Si hay cualquier lugar abierto, le tiran piedras para que cierre y cuando llega la policía empiezan los disparos.

Entonces nosotros vamos a trabajar solo cuando se puede porque se ha puesto peligroso.

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