Un regalo de Navidad para una Venezuela rota| Por: Zulima Quiñones

(26 diciembre 2025) En Venezuela, la Navidad siempre fue una pausa luminosa. Una tregua entre villancicos, hallacas y risas compartidas. Pero hoy el paisaje es otro: la Navidad ya no oculta la herida, apenas la bordea. En una Venezuela rota, la palabra “regalo” dejó de estar asociada al consumo y se convirtió en una súplica callada: reunión, dignidad, estabilidad, futuro.
La primera fractura es la de la mesa incompleta. Cada diciembre nos recuerda a quién ya no está. Las familias se cuentan por ausencias: el hijo que migró, la madre que quedó sola, el amigo que partió sin fecha de retorno. En los aeropuertos, el abrazo final parece no terminar nunca y aun así seguimos celebrando como podemos: por videollamadas, entre husos horarios, con una nostalgia que se acomoda en el pecho como un huésped permanente.
La segunda fractura es la de la vida cotidiana convertida en una carrera de resistencia. Preparar una hallaca es casi un lujo. Encender el arbolito implica vencer apagones y presupuestos. Comprar un juguete se siente heroico. La abundancia de otros tiempos se convirtió en memoria, y la sobrevivencia en rutina. Lo extraordinario ya no es celebrar, sino simplemente sostenerse.
Y, sin embargo, en medio del dolor, algo se mantiene firme: la solidaridad silenciosa que evita el derrumbe. La vecina que presta una hoja de plátano. El que comparte aunque no alcance. El que organiza una colecta para el niño del barrio. La generosidad —esa terquedad hermosa— es el tejido que impide que el país se quiebre por completo.
Por eso, el verdadero regalo que esta Venezuela rota necesita no es material ni lo otorga un gobierno o una institución. Es íntimo, ciudadano, humano: no acostumbrarnos a la injusticia. No convertir la precariedad en normalidad. No aceptar que el destino de un país sea sobrevivir y agradecerlo.
También es un compromiso con la memoria y la verdad. Con exigir respeto a la dignidad humana. Con cuidar a quienes se fueron y a quienes se quedaron. Con construir futuro sin negar el dolor, pero sin permitir que el dolor defina quiénes somos.
Porque Venezuela no se reconstruye solo con cifras y acuerdos —cuando existen— sino con una ética sencilla: que nadie tenga que elegir entre comer o curarse, entre quedarse o huir, entre callar o sufrir.
Quizá el milagro de esta Navidad no sea la abundancia, sino la lucidez con esperanza. Reconocer que estamos heridos, pero no vencidos. Que el duelo es real, pero también lo es nuestra capacidad de levantarnos. Que el amor por este país no es nostalgia vacía, sino trabajo diario —desde donde estemos— para que la vida vuelva a ser vida y no resistencia.
El mayor regalo sería recuperar la posibilidad de imaginar futuro. Volver a pensarnos como comunidad, como proyecto, como país. Mientras llega ese día —y llegará— encendamos pequeñas luces: una arepa compartida, una llamada inesperada, una mano tendida. La esperanza no es ingenuidad. Es resistencia organizada, ética y consciente.
En esta Venezuela rota, la Navidad no sirve para olvidar. Sirve para recordarnos quiénes somos cuando el miedo no manda y la dignidad no se negocia. Ese es el regalo. Lo demás lo reconstruiremos juntos.
Fuente: El Nacional
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