“Vai Alfonsina!”,el grito que acompañó hace 100 años a la primera y única mujer que corrió el Giro con los hombres

Mussolini, en el poder desde 1922, quiso distinguirla, pero ella nunca acudió a recibir el honor, recorrió toda Italia y media Europa actuando en circos, en teatros, aceptando desafíos y compitiendo en serio, batiendo, incluso, el récord de la hora

Fuente: @el_pais
9 de mayo 2024

Vai Alfonsina!”, le grita Costante Girardengo, y la voz de ánimo del primer campionissimo de la historia del ciclismo acalla todas las dudas en su cabeza y todos los insultos, todos los ¡vacaburra!, ¡marimacho!, ¡virago!, que la ensordecen, voceados desde las cunetas aquella mañana de niebla que el sol derrota, 4 de noviembre de 1917 en Milán. Comienza así el Giro de Lombardía, una de las grandes clásicas del calendario, y una mujer, Alfonsina Strada, de 26 años, compite de igual a igual con los mejores ciclistas del momento. Pelo cortado a mordiscos, tantos trasquilones con las tijeras, como a los niños pobres, jersey negro, culotte negro. Es la primera vez que ocurre, que una mujer compita con hombres. Y sus rivales en la carrera, ganadores de Tours como Thijs y Pélissier, ganadores de Giros, como Girardengo y Belloni, otros grandes, como Everardo Pavesi, que le lanza un sprint en un repecho, y todos, que conocen su historia, su lucha, la acogen como hermanos. Son 200 kilómetros. Más de siete horas. Parten 54. Terminan 29. Alfonsina llega la última, pero llega.⁠

Pedaleando bajo la luna llena, a escondidas, a los 13 años, en la bicicleta de su padre, pobre jornalero del campo, Alfonsina había descubierto el valor liberador de la desobediencia en la Italia pobrísima de principios del siglo XX, una infancia en Fossamarcia, a las afueras de Bolonia, en una chabola junto a una laguna de mosquitos y una huerta de coles que cuando las cocían inundaban de su olor todo el paraje, dos camastros para ocho hermanos, y más niños aún, enfermos de tisis y malnutridos, que su madre, Virginia, recibía del asilo para amamantarlos, nodriza, y la mayoría morían. “Voy a misa”, decía los domingos por la mañana, antes de coger la bici y volar aun a costa de recibir palizas cuando se descubría la mentira.⁠

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