Verónica Jaffé: “La poesía sigue siendo una forma de resistencia en tiempos duros, o menos duros también”
La escritora venezolana recibió el XXV Premio Casa de América de Poesía Americana por Lo animal si poema, libro en el que explora el lenguaje, la existencia, la belleza, la memoria y otros temas partiendo de imágenes de animales, así como por medio de un entramado de citas de autores universales que, consideró el jurado, funcionan como un juego de espejos que establecen una “intensa conversación”

(27 febrero 2026) Verónica Jaffé es una de las voces más lúcidas y singulares de la literatura contemporánea en español, con una obra que combina profundidad intelectual, rigor lingüístico, observación aguda y sensibilidad plástica.
Poeta, ensayista, traductora y artista visual, Jaffé fue reconocida en noviembre del año pasado con el XXV Premio Casa de América de Poesía Americana por Lo animal si poema, libro en el que explora el lenguaje, la existencia, la belleza, la memoria y otros temas partiendo de imágenes de animales, así como por medio de un entramado de citas de autores universales que, consideró el jurado, funcionan como un juego de espejos que establecen una “intensa conversación”.
Así, el lector que se acerque a Lo animal si poema se encontrará textos como “Como hoy es diferente y mi yo más incierto”, que habla del pasado y los recuerdos en diálogo con una cita de Friedrich Nietzsche: “No recordaba esos comienzos, / ¿no quería recordar? Como decía Nietzsche / (justo él): no es bueno volver”.
Jaffé es la segunda venezolana, después de Yolanda Pantin en 2017, en recibir el Premio Casa de América de Poesía Americana. El reconocimiento está dotado con 5.000 euros e incluye la publicación de la obra por la Editorial Visor. Otros títulos en poesía de la escritora son El arte de la pérdida (1991), El largo viaje a casa (1994), La versión de Ismena (2000), o los recientes De la metáfora, fluída. Poemas 2009-2014 (2019) y Fugaz lagartija. Poemas 2014-2018 (2024).
En el género del ensayo ha publicado libros como El relato imposible. Análisis recepcional de la cuentística venezolana entre 1970-1980 (1991), Metáforas y traducción o traducción como metáfora (2004) y Poesía, traducción, libertad (2024).
Entre los autores que ha traducido se cuentan Gottfried Benn, Paul Celan e Ingeborg Bachmann.
—Acaba de recibir el Premio Casa de América de Poesía Americana, un galardón que el jurado otorgó por la “unidad de estilo” y el “potencial intelectual” de su obra. ¿Qué significa este reconocimiento para una voz que ha trabajado la poesía con tanta sobriedad y fuera de los reflectores?
—Pues una maravilla. Participé porque dos amigas poetas, Noni Benegas y Berta Piñán, me animaron a hacerlo. Pero no tenía mayores expectativas. Y sucedió lo que siempre es un poquito milagroso: el libro encuentra sus lectores.
—El jurado mencionó que su libro entabla un “juego de espejos” con otros autores. ¿Se siente usted más como una “autora solitaria” o como parte de una conversación milenaria donde las voces de otros (los epígrafes de su libro) son tan suyas como sus propios versos?
—Jorge Luis Borges decía que todo autor es sobre todo lector. Y una frase que me parece muy justa la tomo de un autor alemán, Andreas Kilb: “Lo original en poesía no existe, solo una larga cadena de formas y tonos donde los poetas anteriores le hablan a los posteriores”. Vengo de la lectura y de la traducción. Eso me hace justamente parte de eso que llamas “conversación” en la que trato de entender, y entenderme, en los textos, los poemas y versos de otros.
—El título sugiere una condición: lo animal “si” (en lugar de “es”) poema. ¿Es la animalidad un estado de gracia al que el lenguaje humano intenta aspirar sin éxito o es el poema el único lugar donde podemos ser verdaderamente animales?
—Es muy interesante tu pregunta e invierte de forma muy aguda la perspectiva. Diría que el poema donde aparece ese verso acentúa sobre todo lo condicional, lo aproximativo del tema. No hay seguridades ahí, ni definiciones, ni identidades fijas. Tampoco estado alguno, sea de gracia o desgracia. Solo de un vago sentimiento de cercanía, de fraternidad que aparece a veces cuando tomamos conciencia de lo vital sin más, en instantes de súbita belleza, quizás, de sosiego, de silencio.
—En sus poemas aparecen anacondas, perros bravos, erizos y garzas. ¿Qué le permite decir la “máscara” de lo animal que no pueda decirse desde la pura subjetividad humana?
—Quizás me permite decir un poco de lo que la poeta Esperanza López Parada llama “la verdad silente y silenciada que somos” en la maravillosa contraportada del libro. Más que máscaras, que sirven muchas veces solo para ocultar rostros e identidades, esos perros o gatos o garzas o serpientes forman “parte del animal que nos habita”, como dice ella. Y creo que esa parte es sustancial para la subjetividad humana, que se ha querido “pura” en la tradición racionalista, utilitarista y mecanicista de la modernidad occidental. Negando, ocultando, escamoteando todo lo que compartimos, de lo que dependemos los humanos al pensar que solo los humanos tenemos alma, tenemos espíritu. Cito una frase muy sabia del filósofo español George Santayana: “El espíritu en sí no es humano, puede surgir en cualquier vida”.
—Usted cita a Elizabeth Bishop sobre la necesidad de que la poesía sea “real” y “genuina”. En un mundo hiperconectado y lleno de ruidos digitales, ¿cómo se protege esa autenticidad en la escritura?
—Puede parecer muy difícil a veces, pero también puede ser fácil en otras. Para mí leer, escribir, hacer collages, pintar de blanco figuritas de animales me da ese cable a tierra. Me abre silencios, que pueden ser compartidos, pero nunca dejan de ser genuinamente míos. Y me enfrentan a mí misma.
—Usted es una de las traductoras más respetadas de la poesía alemana en nuestro país. ¿Cómo ha moldeado el rigor del alemán su forma de tratar el español? ¿Siente que sus versos tienen una estructura “traducida” o filtrada por esa otra lengua?
—Sí. Me lo han dicho. No lo sé. Traducir a Hölderlin por tantos años quizás me marcó más de lo que pude notar entonces y pueda apreciar ahora. Pero siempre leí poesía en español junto con poesía en alemán. No sé. ¿Quizás me suenan juntos Celan y Cernuda? Más allá de juegos de palabras, intento seguir lo mejor posible el precepto de Elizabeth Bishop que citaste en la pregunta anterior.
—Se dice que su poesía es “precisa”. ¿Cuánto tiempo dedica a la poda de un poema? ¿Es usted una escritora que busca el exceso para luego recortar, o una que construye desde el silencio absoluto?
—Soy lenta, muy lenta. Me viene una palabra, una imagen, a veces un verso. Escribo, lo dejo, lo escribo a mano en un cartón, lo corrijo en la PC, lo pongo junto a figuras o formas diferentes. O lo descarto y lo boto. Pasan años hasta que los dejo en paz.
—En el libro hay una tensión entre lo que es “ético y decente” y el acto de escribir. ¿Siente que la poesía sigue siendo una forma de resistencia moral en tiempos de crisis, o es un acto puramente estético?
—Es que no creo que se pueda hacer un acto puramente estético. Somos animales políticos, como decía Aristóteles, y como dices tú, la poesía sigue siendo una forma de resistencia en tiempos duros, o menos duros también.
—Usted también es artista visual. ¿Cómo sabe cuándo una idea debe convertirse en un dibujo y cuándo en un poema? ¿Ocurren ambos procesos de manera simultánea?
—Hago lo que llamo “poemas visuales” o mejor aún, “traducciones”, de poemas a imágenes o de imágenes a poemas, por lo que me veo más bien como poeta y no como artista. Hace tiempo, en un libro que se llama Sobre traducciones, traté de explicar este asunto de poema e imagen: “Aprendí a relacionar, y eso fue sobre todo con Hölderlin, lo poético con lo metafórico”. Y la metáfora, que significa en griego traslado y transporte de imágenes, sí se toma en forma literal, se traduce en imágenes. Y tomada metafóricamente da poemas. Es un movimiento continuo, un ir y venir, abre más preguntas que respuestas, que no tengo. Pero me permite ver las cosas de formas diferentes, me deja traducir, y traducirme, muchas facetas, muchas figuras del mundo y de mí misma de diversas maneras.
—¿Cómo es su escritorio de trabajo? ¿Necesita el silencio absoluto de la academia o puede escribir en medio del caos cotidiano?
—Prefiero escribir sola, en silencio, en mi “cuarto propio” como pedía Virginia Woolf, algo que por suerte tengo. Muy pocas veces me viene una palabra o un verso en medio del correcorre cotidiano.
—Pensando en su trayectoria: ¿qué queda en la Verónica que ganó el Premio Casa de América de aquella poeta que publicó sus primeros textos? ¿Ha cambiado su definición de lo que es un “buen poema”?
—Claro que una cambia, ya solo porque las circunstancias son muy, muy diferentes. Hace 30 años estaba en Caracas y la vida y el país eran otra cosa. Hace como 20 años estoy afuera, y el país es radicalmente, trágicamente, diferente. Pero no creo haber perdido del todo ciertos tonos, ciertas formas, ciertos intereses. Como tampoco el país ha perdido todo, todo. Como decía Emily Dickinson: la esperanza es esa cosita con plumas que canta hasta en las tormentas más frías, y nunca pide nada a cambio.
No creo que haya cambiado mi opinión sobre qué es un buen poema. Quizás con la acumulación de tantas lecturas la mirada se desplace un poco. Pero una sabe, sin poder definir mucho, cuándo un poema es bueno, cuándo le dice algo cierto al lector, cuándo le habla de frente y de verdad. Y eso cambia no solo con los años sino también de lectura en lectura. En un momento nos puede gustar uno, después otro, o dejar de gustarnos uno, que más tarde nos gusta muchísimo.
—Su obra toca también el tema del paisaje y la memoria. En el contexto actual de la diáspora y la fragmentación del país, ¿puede la poesía seguir reconstruyendo un “hogar” para el que escribe y para el que lee?
—Más que reconstrucción, me parece que en estas circunstancias tan diferentes podríamos “construir” un país otro, muy herido sí, muy golpeado, pero también menos superficial, menos ingenuo, menos bobo. Un país más consciente, más serio, y más diverso, más disperso, y por eso quizás más rico, en voces, en imágenes, en ideas. País adentro y afuera se nos abren ventanas. Ojalá a paisajes e historias más amables. En un libro anterior —De la metáfora, fluida— publiqué un breve poema que quizás responda mejor a tu pregunta por el hogar: Después de la tragedia / de la épica primera // la musa cantó ya no / de cóleras ciudades // convertidas en cenizas / sino sobre los migrantes. // Porque / poesía // solo la mudanza persiste / y es hogar tu viaje.
—¿Qué consejo le daría a los escritores jóvenes sobre la paciencia y el oficio literario?
—Cada experiencia es muy personal, y cada quien lee y escribe como se lo dictan diversos y múltiples factores vitales. Quizás le recomendaría eso justamente, paciencia y mucha lectura. Y seguir en lo posible los consejos de Elizabeth Bishop sobre lo real y genuino de la poesía.
—Si tuviera que elegir un solo animal de su libro para que la representara en este momento de su vida, ¿cuál sería y por qué?—Es que eso cambia mucho; en un momento puede ser un gato, en otro una manta raya, una serpiente, un pingüino. Ayer estaba pensando mucho en un hipopótamo. Es bastante fortuito el asunto, accidental, y no lo manejo conscientemente. No puedo identificarme con un animal como alma gemela. Mis tótems son un montón, una masa cambiante. Quizás deberíamos abrir el abanico hoy en día y olvidarnos un rato de águilas imperiales o leones rampantes. O de briosos caballos blancos, no importa si cabalgan hacia la izquierda o la derecha. En un poema del libro Fugaz lagartija tengo un poemita que le debo a Hölderlin: “Mi maestro prefería / ser cometa y no profeta. // Yo, tanto más / precaria y fugaz, // prefiero hablar de potros / cuando pienso en patrias. // Son más preciosos / y menos salvajes”. El poema va acompañado por un grabado con los perfiles de los caballos paleolíticos pintados en las paredes de la cueva de Chauvet o Pont d’Arc en el sur de Francia. No son nada heroicos, pero sí muy hermosos
Fuente: El Nacional
Por: Isaac González Mendoza
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