El mito del jabón azul de la abuela en el cuidado de la zona íntima| Por: Karina Oval

Memoria familiar, disciplinamiento del cuerpo y la conquista de la salud vulvar

Karina Oval

“Dedicado con profunda gratitud y afecto sororo a las directivas, coordinadoras, docentes y voluntarias de la A.C. Mujer y Ciudadanía. Que esta crónica sea una invitación a mirarnos sin culpas, a honrar con ternura la historia de las mujeres que nos precedieron y a transformar los mandatos del pasado en un autocuidado consciente, libre y digno para nuestra salud sexual e integral”.

(Caracas, 13 de octubre 2026) El baño de mi infancia no olía a vainilla, ni a esencias importadas. Olía a una mezcla densa de humedad, vapor caliente y soda cáustica, así se gestaron nuestros primeros errores de concepto.

En la jabonera que estaba en una esquina de la regadera, reinaba la mitad de una barra rectangular de color azul, con vetas blanquecinas y esquinas desgastadas por el uso diario. No había ningún otro producto a la vista; bueno, sí, un enjuague Valmy. Esa barra azul lavaba los uniformes escolares, retiraba la grasa de los platos incluso de las ollas de la cocina y, en el más estricto silencio doméstico, limpiaba también cada centímetro de nuestra piel en la ducha.

Mi abuela materna, nacida bajo el sol de las Islas Canarias, llevó esa lealtad grabada en el cuerpo hasta su último aliento. Falleció a los ochenta y seis años y jamás permitió que otro producto tocara su cabello blanco ni su piel. Aquel jabón en panela fue su único champú, su jabón corporal, su ayudante de limpieza íntimo, incluso, el aliado antiséptico a la hora de lavar cualquier herida.

Cuando la veía enjabonarse la cabeza con aquella espuma espesa, me costaba entender por qué rechazaba los frascos modernos que aparecían en los programas de televisión. Para ella, cambiar esa barra por cualquier novedad significaba casi una traición a la supervivencia que marcó su juventud.

“La higiene personal quedó reducida a lo indispensable y el jabón en panela se convirtió en el elemento de cuidado e higiene de la casa, lavando desde las sábanas de cama marca Cannon, hasta el cuerpo entero.”

La herencia de la cartilla y la travesía migrante

Aquella costumbre tenía raíces profundas, forjadas en el hambre y la escasez de la España de la posguerra y del régimen franquista. Durante años la vida en las islas y en la península estuvo regida por la cartilla de racionamiento familiar. Conseguir pan, aceite o una pastilla de aseo dependía de sellos oficiales y largas esperas. Aún tengo conmigo una de estas cartillas de racionamiento de mi abuela.

La higiene personal quedó reducida a lo indispensable. El jabón en panela, tosco y multiuso, se convirtió en el símbolo de higiene de la casa. Con él incluso llegué a ver cómo se fregaban las baldosas del baño, solo había que derretirlo previamente en la cocina, para convertirlo en pasta, se refregaban las sábanas de la cama en la batea y se bañaba la familia entera, sin distinguir zonas delicadas ni pensar que la vulva requería un trato diferente al resto de la piel, o de la ropa o del piso de las baldosas del baño.

Esa disciplina higienista viajó en la maleta familiar cuando mis abuelos cruzaron el océano Atlántico buscando un mejor porvenir. Al instalarse en Venezuela, mi mamá y mi abuela replicaron con naturalidad lo que habían aprendido para cuidar a los suyos.

Así crecí yo. En mi niñez, el baño diario implicaba frotar aquel pedacito de barra azul por todo el cuerpo; con ese pequeño rectángulo, lavaba también mi zona íntima. El olor me resultaba desagradable, nada delicado para mi coquetería natural, pero a esa edad no existía margen para opinar ni para elegir.

El lujo inalcanzable de las estrellas de cine

En los abastos y en las cuñas de televisión, incluso de radio, sonaban nombres que pertenecían a otro universo social. En 1927, la compañía estadounidense Procter and Gamble había lanzado al mercado mundial el jabón Camay. Se presentaba como un producto fino de tocador, blanco y suave, famoso por su lema histórico de ser el jabón de las mujeres hermosas.

 A su lado competía Lux, creado originalmente por los hermanos Lever, hoy conocidos como Unilever. Esa marca nació en 1916 para el lavado de prendas finas y en 1925 se relanzó con un éxito enorme como jabón de tocador accesible, conquistando a las consumidoras al vincular su espuma con los rostros célebres de Hollywood.

En mi casa aquellas pastillas existían, pero eran un lujo intocable. Debido a su costo frente al presupuesto apretado de una familia migrante, reposaban en una pequeña jabonera junto al lavamanos. Su uso se limitaba a lavarse las manos antes de sentarse a la mesa o a causar buena impresión ante alguna visita. Gastar una pastilla de Camay o de Lux bajo la regadera para bañarse de pies a cabeza era impensable. Para el cuerpo entero, la única respuesta seguía siendo la barra azul.

Ese aprendizaje no fue un caso aislado, y así ha quedado registrado en diversas investigaciones sobre los hábitos de higiene íntima en mujeres latinoamericanas. En los barrios de Caracas, en las zonas rurales del interior y en diversas regiones de América Latina, generaciones enteras crecieron bajo la misma doctrina. La antropología y la sociología que han estudiado el cuerpo y el contexto, nos recuerdan que estas prácticas no respondían a ideas de higiene voluntarias, sino a construcciones culturales complejas donde coincidía la escasez económica y el disciplinamiento moral, lo que en la Escuela Bianconiana analizaríamos conductualmente dentro del enfoque criterio de normalidad, en el modelo sociocultural.

“La sociedad enseñó a las niñas a desconfiar de su propia humedad natural, buscando borrar con dolor cualquier señal de vida biológica, entre ellas, el olor y las secreciones vulvovaginales…”

La creencia en lo fuerte y el dolor como cura

Dentro del conocimiento popular sabemos que el jabón azul representaba la limpieza profunda y efectiva. Frente a los jabones perfumados, a los que las mujeres mayores acusaban de maquillar los olores sin limpiar de verdad, la panela azul transmitía una promesa de desinfección total. Si lograba quitar el lodo de la ropa de trabajo, debía tener la fuerza suficiente para limpiar los fluidos menstruales y las secreciones del cuerpo femenino.

Ese mandato se volvía indiscutible durante el puerperio o posparto. Al volver a casa tras un parto o con los puntos de una episiotomía, la instrucción de madres y abuelas era lavarse la herida bien con agua tibia y jabón azul. ¿Lo llegaste a escuchar?

Existía el convencimiento ciego de que esa espuma secaba las suturas con rapidez, desinfectaba la piel lastimada y alejaba cualquier infección, sobre todo esto último. El ardor lacerante al contacto con la soda cáustica no se entendía como una agresión química, sino como la confirmación de que el remedio estaba cumpliendo su propósito: ¡Limpiar bien!

Mirar esta historia de manera científica y con perspectiva de género permite retirar la culpa de las espaldas de nuestras antecesoras. Históricamente el cuerpo femenino ha cargado con prejuicios sobre su pureza y sus aromas naturales. La sociedad enseñó a las niñas a desconfiar de su propia humedad, empujándolas a buscar una limpieza rigurosa que intentaba borrar con dolor cualquier señal de vida biológica. Simplemente, era un condicionamiento que trató de borrar la respuesta fisiológica de un cuerpo vivo y sintiente.

El impacto real sobre la biología íntima

Sin embargo, lo que en ese recuerdo familiar significó un acto de amor y protección, la medicina contemporánea lo cataloga hoy como una agresión severa contra el organismo.

La ginecología y la microbiología han demostrado que la zona genital femenina funciona como un sistema equilibrado y sensible. La mucosa vaginal y los tejidos de la vulva están protegidos por una barrera hidrolipídica ácida, resguardada por colonias de bacterias beneficiosas pertenecientes al género Lactobacillus. Estos microorganismos generan ácido láctico y mantienen un ambiente protector con un pH ácido que oscila entre 3.8 y 4.5. Ese escudo natural impide el desarrollo descontrolado de bacterias patógenas y hongos oportunistas.

El jabón azul industrial se elabora mediante la mezcla de grasas con álcalis fuertes como el hidróxido de sodio. Su fórmula busca disolver grasas pesadas en tejidos textiles, alcanzando un pH marcadamente alcalino que supera con frecuencia los 9.0 o 10.0 grados.

Llevar esa fórmula a la intimidad genera un daño inmediato de acuerdo a los nuevos estudios científicos. Este jabón de barra o panela azul como se conoce mundialmente, según las investigaciones consultadas, disuelve los lípidos que protegen la piel vulvar, provocando resequedad extrema y grietas microscópicas. Al mismo tiempo, neutraliza la acidez indispensable para la vida de los lactobacilos. En un entorno sin defensas ácidas proliferan con facilidad la bacteria Gardnerella vaginalis, causante de la vaginosis bacteriana, y el hongo Candida albicans.

Diversas investigaciones en la Revista de Obstetricia y Ginecología de Venezuela y los consensos de la Federación Latinoamericana de Sociedades de Obstetricia y Ginecología han advertido sobre este problema durante años. En las salas de atención ginecológica del país, el aseo íntimo con jabón de lavar ropa aparece con frecuencia como el detonante de flujos rebeldes, ardor crónico y lesiones causadas por la picazón incesante.

“Hoy sabemos que la vagina cuenta con sus propios mecanismos de autolimpieza y que la vulva requiere fórmulas que respeten su pH natural.”

La conquista de la ciencia y el respeto a la piel

El desarrollo científico de las últimas décadas no llegó para crear necesidades superficiales, sino para saldar una deuda histórica con la anatomía de las mujeres. La medicina moderna abandonó la obsesión por desinfectar a la fuerza y adoptó el principio de conservar el balance natural.

Hoy sabemos que la vagina cuenta con sus propios mecanismos de autolimpieza y que jamás debe lavarse por dentro. La vulva, en cambio, requiere fórmulas externas que respeten su pH natural.

La aparición de limpiadores y geles íntimos representa un avance real en la higiene íntima y salud cotidiana de la mujer. Estas formulaciones limpian con suavidad, alivian la sensación de tirantez y acompañan las defensas que la propia biología diseñó.

Al abrir la regadera hoy y utilizar un producto formulado para cuidar mi cuerpo, vuelvo la mirada hacia mi madre y hacia mi abuela canaria. No hay juicio contra su memoria. Siento una ternura profunda al recordar sus manos trabajadoras, intentando cuidar a sus hijas y nietas, con el único recurso que la pobreza y la época les permitieron tener.

Ellas nos protegieron con el cariño más sincero y con las pocas certezas que lograron arrancar a la necesidad. A nosotras nos corresponde continuar el camino desde el conocimiento científico, despojando al cuerpo de tabúes y productos abrasivos. Conocer nuestra biología, cuidar el equilibrio de nuestra piel y exigir una higiene respetuosa no es vanidad, sino una afirmación serena de autonomía, bienestar y dignidad sobre nuestra propia vida, y sobre la responsabilidad que hemos asumido, de transmitir un conocimiento científico, y ayudar a las nuevas generaciones, a corregir estos errores de concepto transgeneracionales.

Fuentes médicas y lecturas recomendadas

Douglas, Mary. Pureza y peligro, un análisis de los conceptos de contaminación y tabú. Editorial Siglo XXI, Madrid, 1973.

Carrasco, M., y colaboradores. Resultados de una encuesta epidemiológica de hábitos de higiene íntima en mujeres latinoamericanas. Revista de Obstetricia y Ginecología de Venezuela, volumen 71, número 1, páginas 21 a 27, año 2011.

Federación Latinoamericana de Sociedades de Obstetricia y Ginecología. Consenso Latinoamericano de Hábitos y Prácticas de Higiene Femenina y Cuidado Vulvar. Guía clínica para especialistas de la región.

Méndez, C., y Santos, R. Hábitos y prácticas de higiene genital de las mujeres en consulta ginecológica y su impacto en la microbiota vaginal. Revista Ciencia y Sociedad, Instituto Tecnológico de Santo Domingo, República Dominicana, año 2010.

Karina Oval es politóloga, especialista en Sexología y Salud Sexual, e investigadora social. Promotora activa de los derechos sexuales e integrales de la mujer, se desempeña como consultora estratégica, y directora ejecutiva de la plataforma digital PulsoHumano.net.

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