Enseñar o no enseñar los dedos de los pies: breve historia política, cultural y estética de la sandalia femenina
Las mujeres llevan unos cien años calzando sandalias en su vida cotidiana e, incluso, en ocasiones más formales, pero siguen existiendo reglas sociales que dicen cuándo, cómo y cuánto pueden mostrar

(El País/ 28 agosto 2026) “Extremidad de cada uno de los dos miembros inferiores del cuerpo humano”. Así define la RAE el pie. Y, sin embargo, el pie de las mujeres lleva siglos cargado de significado. Enseñar (o esconder) los dedos, elegir un zapato abierto o uno cerrado, o subir o bajar unos centímetros el tacón nunca han sido solo una cuestión de moda. También han respondido a normas de decoro, de clase y de control que regulaban cómo debía presentarse el cuerpo femenino en público. Hoy, que las sandalias de tiras se han convertido en un básico del verano, incluso en ocasiones formales (tanto que, como ironizaba The New York Times el verano pasado, “es un gran momento para ser un dedo del pie”), esa naturalidad es mucho más reciente de lo que parece: tiene menos de 100 años.
La idea de que “enseñar los dedos de los pies era incorrecto viene de mucho antes”, explica a SModa la escritora, estilista y comunicadora de moda Erea Louro: “De una idea de decoro asociada a la mujer bien vestida, al zapato cerrado, a la media y al cuerpo contenido. Durante siglos, el pie femenino estuvo muy codificado; no era solo una parte del cuerpo, era casi un territorio de intimidad”.
El gran cambio comenzó en los años treinta. Hasta entonces, las sandalias seguían relegándose al verano y al hogar. Pero la alta costura y Hollywood empezaron a convertirlas en un objeto de deseo. El Bata Shoe Museum, una de las instituciones de referencia en historia del calzado, sitúa precisamente en esa década “el aumento de la exposición del pie femenino”, gracias a la popularización de las sandalias de tiras y los peep toes, esos zapatos con una pequeña abertura en la punta, tanto para el día como para la noche. El Metropolitan Museum of Art conserva varios modelos de finales de los años treinta que ilustran ese momento en el que el zapato abierto dejó de ser informal para convertirse en sinónimo de glamour.
Antes de que eso ocurriera, el diseñador francés André Perugia ya había empezado a desafiar las convenciones. En los años veinte experimentó con zapatos de empeines muy rebajados, tiras finísimas y grandes zonas del pie al descubierto para casas de moda como Schiaparelli, aunque aquellas creaciones seguían siendo piezas de vanguardia reservadas a una minoría.
El gran responsable de convertir esa idea en un fenómeno internacional fue Salvatore Ferragamo. El diseñador italiano no inventó la sandalia (que existe desde la Antigüedad), sino que desafió la convención pudorosa diseñando modelos en los que los dedos formaban parte de la composición estética del zapato. Aquello cambió la percepción social de mostrar el pie femenino y popularizó realmente la sandalia abierta como un zapato elegante. Sus creaciones para Greta Garbo, Joan Crawford o Rita Hayworth ya no eran una concesión al calor ni al descaro. Eran una nueva elegancia.
En España, sin embargo, esa revolución llegó más despacio. “Hay dos velocidades. En la alta sociedad, muy conectada con París, las sandalias de noche ya aparecen en los años treinta. Pero la Guerra Civil y la posguerra imponen una estética mucho más sobria y conservadora. La normalización no llega realmente hasta los años sesenta y setenta, cuando el turismo, la cultura juvenil y una nueva relación con el cuerpo cambian también la manera de vestir”, explica Louro.
Curiosamente, cuanto más se enseñaban los pies, más aumentaban las exigencias sobre ellos. El mismo Bata Shoe Museum recuerda que la popularización de las sandalias vino acompañada del auge de la pedicura, el esmalte de uñas y nuevos rituales de belleza: si los pies iban a verse, debían ser impecables.
Ese vínculo entre pies visibles y pies perfectos sigue vigente. La guía de etiqueta de Debrett’s, referencia histórica del protocolo británico, no prohíbe las sandalias en los eventos formales, pero sí recomienda que, si se llevan, los pies estén perfectamente cuidados. La norma ya no se centra tanto en ocultarlos, sino en presentarlos sin un solo descuido.
“El problema nunca ha sido el dedo del pie”, resume Louro. “Sino lo que representa para la etiqueta clásica: la informalidad, el verano, el cuerpo y una cierta idea de liberta
Hoy ese código se ha relajado. “La directriz real es leer el contexto”, concluye Louro. “Una sandalia de satén o metalizada puede ser mucho más elegante que un zapato cerrado mal elegido”. En otras palabras, el protocolo ya no se juega en los dedos del pie, sino en la coherencia entre el atuendo y la ocasión.
La pregunta ahora es si sigue habiendo situaciones en las que no es adecuado enseñar los dedos de los pies. La respuesta parece afirmativa. La estilista Natalia Cebrián apunta a que, si tenemos que generalizar, un zapato cerrado siempre resultará más elegante: “El salón de punta fina (o también conocido como stiletto) con tacón de altura media-alta (entre 7 y 9 centímetros)”, describe, un “clásico atemporal en el que merece la pena invertir”, particularmente en color beige o negro. “Cuando pienso en mujeres que son el ejemplo perfecto de cómo ir impecablemente calzada a un evento formal, mi mente se va directo a perfiles que dominan el protocolo”, explica esta estilista, que encuentra en la Reina Letizia un equilibrio entre formalidad, comodidad y tendencia desde que fuera diagnosticada de neuroma de Morton (una inflamación conocida como la “ciática del pie”): “Puedes cumplir con el protocolo, ser elegante y sofisticada sin sufrir con taconazos imposibles”. En su caso, apunta, se ve que “unos zapatos bajos o unas sandalias planas joya defienden un vestido formal de la forma más elegante, cómoda y natural posible”. La reina misma fue muy criticada hace algunos años por introducir en ocasiones formales zapatos que dejaban ver los dedos de sus pies: “letizios”, se apodó allá por 2008, a sus salones de punta abierta.
En 2025 este tipo de zapato abierto tuvo un momento de atención en las colecciones de Miuccia Prada para Miu Miu, Alessandro Michele en Valentino o Demna en Balenciaga, con titulares que hablaban del “zapato más divisivo” o “el regreso del zapato que amas u odias”. No ya tanto porque enseñar los dedos siguiera siendo escandaloso, sino porque el peep toe había pasado a simbolizar una estética que muchos daban por superada.
Lo que sigue estando vigente es que enseñar los dedos del pie no ha dejado de ser objeto de análisis.
Por: Amaia Odriozola
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