La fuerza que nos une |Por: Norma Serrano

(30 junio 2026) Cuando todavía el cuerpo y el alma tiemblan, es difícil poner en palabras lo vivido. Vivir este terremoto fue algo indescriptible y aterrador; hubo un instante en el que pensé que no lo iba a contar… Pero Dios tiene el control, está con nosotros y nos ha regalado una nueva oportunidad. Hoy, con el corazón rebosante de gratitud, quiero empezar estas líneas agradeciendo profundamente a todos los que han estado pendientes de mí, de mi familia y de todos los que nos rodean. Sentir ese cobijo en medio de la angustia es el primer recordatorio de que no estamos solos.
La tarde del 24 de junio de 2026 nos cambió la perspectiva en un segundo. Ese doble sacudón que sufrimos no solo movió la tierra con una fuerza impresionante en nuestra amada Venezuela; nos movió el alma y nos confrontó, de la manera más cruda posible, con nuestra propia fragilidad. Hoy, entre réplicas y noticias difíciles, el impacto se respira en cada calle. Fueron segundos de una incertidumbre asfixiante donde todo se detiene y las certezas se caen. En ese instante experimentas un choque tremendo entre el alivio de estar a salvo y el miedo crudo en los ojos de la gente. Es una mezcla de sentimientos muy humana: está bien tener el alma conmovida y, al mismo tiempo, agradecer por cada respiro. No se contradicen. El corazón necesita su propio ritmo para procesar un impacto de esta magnitud, buscando no solo un sentido a por qué nos tocó vivirlo, sino, muy especialmente, al para qué. Mientras el «por qué» nos puede dejar atrapados en la pregunta, el «para qué» nos mueve hacia adelante, revelando que fuimos preservados para asumir un compromiso activo con el bienestar del otro.
Hace poco vi un mensaje en redes que resume con desgarradora exactitud lo que muchos llevamos por dentro estos días: «¿Que si mi familia está bien? ¡Sí! El problema es que igual estoy destrozada porque yo siento que toda Venezuela es mi familia y me duele toda». Esa frase cala hondo porque retrata nuestra realidad actual. La tragedia no termina cuando confirmamos que los nuestros están a salvo; el dolor sigue allí porque el vínculo que nos une como país va mucho más allá de la sangre. En medio de esa sacudida, cuando la realidad cambia en un pestañeo, la fe termina siendo el único cable a tierra. Desde mi propia vivencia, siento la necesidad profunda de elevar mis oraciones al cielo. En esos segundos donde el piso faltaba, saber que Dios nos tiene de la mano fue lo que me sostuvo. Tampoco puedo dejar de mencionar a mi Arcángel Miguel, cuya presencia protectora sentí como un escudo de paz en medio del estruendo. Fuimos cuidados, estamos de pie y tenemos la oportunidad de empezar de nuevo. Es justo en esta pausa donde la resiliencia deja de ser una palabra bonita y se convierte en acción: no para aguantar el golpe con resignación, sino para canalizar el agradecimiento en ayuda mutua.
Lo que ha pasado en las últimas horas es la prueba de la madera de la que estamos hechos. El comportamiento de nuestra gente es algo que conmueve hasta las lágrimas. Ante la emergencia, nadie se quedó replegado en su propio alivio. Cada venezolano, desde su posición, sus conocimientos o simplemente desde su inmenso corazón, se ha convertido en un rescatista de la esperanza ajena. Es profundamente inspirador ver a profesionales de la salud duplicando turnos sin descanso, a vecinos que lo arriesgan todo por salvar a un desconocido y a cada ciudadano transformando su espacio en un refugio de amor y consuelo para quien lo perdió todo. No hay acto pequeño; hay un país entero sosteniendo a su gente.
En esta gran red de contención, el liderazgo y la templanza de las mujeres venezolanas han vuelto a ser el pilar fundamental. Con esa fuerza innata que nos caracteriza, son ellas quienes en cada comunidad están organizando la logística, abrazando el dolor ajeno, consolando a los niños y transformando la angustia colectiva en una movilización ordenada y amorosa. Junto a ellas, el trabajo incansable de las organizaciones no gubernamentales (ONG) y la sociedad civil organizada ha sido admirable. Su capacidad de respuesta inmediata, su transparencia y su experiencia en el terreno demuestran el poder de una ciudadanía estructurada que no espera instrucciones para salvar vidas, sino que actúa guiada por la pura vocación de servicio.
Mención aparte merece la juventud de nuestro país. El mensaje y el despliegue de los estudiantes ucevistas ha sido un faro de luz en estas horas tan oscuras. Ver a los jóvenes universitarios organizando centros de acopio y movilizando brigadas de apoyo nos llena el alma, especialmente al ver cómo las dinámicas de la política estudiantil quedaron completamente de lado; porque antes de cualquier postura, son estudiantes y hoy la única consigna que los une es Venezuela. A ustedes, muchachos, que han cambiado los libros por los centros de ayuda: nos demuestran con creces que el relevo de este país no es el futuro, es el presente, y que están listos para asumir los grandes retos con una madurez, una gallardía y un amor patrio que nos conmueve a todos. ¡Qué enorme orgullo verlos liderar con el ejemplo!
Esa misma solidaridad es la que hoy recibimos de afuera. La ayuda internacional que empieza a llegar es el eco de lo que el venezolano siempre ha sembrado, porque cuando otros países han pasado por momentos oscuros, nosotros siempre hemos estado dispuestos a tender la mano. Ahora ese bien regresa en forma de brazos amigos. Ante la crisis, nuestros verdaderos valores brillan: la hermandad que olvida cualquier diferencia, la hospitalidad de compartir lo que se tiene y ese coraje que nos impide rendirnos. La dificultad parece activar en nosotros una fuerza y una creatividad increíbles para levantarnos de las cenizas.
Por eso, el propósito a partir de hoy tiene que ser abrazar aún más esa prevención consciente y ese cuidado mutuo que nace del amor profundo por la vida. No podemos controlar la naturaleza, pero sí podemos canalizar toda esta fuerza ciudadana para protegernos mejor, educar con cariño a nuestras comunidades en protocolos de seguridad y hacer todavía más sólidas nuestras redes de apoyo vecinal. Cada esfuerzo que hagamos de ahora en adelante debe ser un reflejo de nuestra responsabilidad, de nuestra fe y del compromiso que tenemos los unos con los otros.
El pesar que hoy nos embarga es inmenso. Nos unimos al dolor de las familias que hoy lloran pérdidas irreparables, y mantenemos el corazón en un hilo, abrazando en oración y con una fe inquebrantable a quienes sufren. En estas horas tan oscuras, no podemos dejar de mirar de frente a quienes están en este instante exacto esperando un milagro frente a una montaña de concreto. Es por ellos, por la esperanza que se resiste a apagarse en medio del polvo, y por la memoria de quienes partieron, que nos unimos con más fuerza. El valor de cada vida y la voluntad de cuidarnos los unos a los otros es más grande que cualquier tragedia. Que esta experiencia nos deje el compromiso eterno de edificar una Venezuela donde el valor de la existencia, la fe y la prevención real sean el verdadero cimiento de nuestro mañana. Por los que ya no están, por los que aún buscamos con el alma en un hilo, y por los que hoy nos levantamos con un suspiro de profunda gratitud y con el orgullo de ser venezolanos: aquí estamos, sosteniéndonos los unos a los otros. Que este dolor nos encuentre unidos. Que las notas del arpa dejen de llorar pronto para empezar a reconstruir, abrazo a abrazo, nuestro hogar: Venezuela.
Norma Serrano: Magíster en Desarrollo Humano. Egresada del Diplomado «Mujeres como Agentes de Cambio», organizado por la asociación civil Mujer y Ciudadanía en conjunto con la Universidad Monteávila. Miembro del Equipo de Coordinación de Mujer y Ciudadanía.
![]()

Gracias por tan hermosas palabras de aliento en estos momentos en que la fé ,la esperanza y la solidaridad en cualquiera de sus manifestaciones nos sostienen gracias