La melodía indómita: Habitar el TDAH desde la madurez y la venezolanidad| Por: Norma Serrano
«Una fusión entre mi propia química —esa serotonina y dopamina que mueven mi cerebro— y mi esencia; la frecuencia de mi propia música y ese compás interno, vibrante y singular con el que aprendí a bailar por la vida sin necesidad de bajarle el volumen a nuestra intensidad».

(Caracas, 28 octubre 2026) «No venimos al mundo a bajarle el volumen a nuestra intensidad, sino a enseñarles a bailar a nuestro ritmo.» — Norma Serrano
Vivir con TDAH a los 58 años es como haber pasado la vida aprendiendo a bailar al ritmo de una música que solo yo escucho. Es una melodía vibrante, llena de matices, por momentos caótica, pero profundamente humana. Ser mujer en Venezuela y transitar esta etapa no es solo cuestión de resiliencia; es un ejercicio diario de redescubrimiento.
La mayoría de las mujeres de mi generación crecimos sin un diagnóstico. Durante décadas anduvimos por la vida con el sello de ser «las distraídas», «las dispersas» o las de esa «intensidad que nadie entiende». Hoy, en este octubre dedicado a visibilizar y concientizar sobre el TDAH, mirar hacia atrás con el lente de la neurodivergencia no tiene nada que ver con la nostalgia o la queja, sino con la tranquilidad de quien por fin entiende cómo funciona su propia mente.
Habitar el mundo no siempre ha sido sencillo. Durante mucho tiempo sentí que trataba de encajar a la fuerza en un molde ajeno, siguiendo un guion que no tomaba en cuenta ni mis velocidades ni mis pausas. Confieso que he conocido el miedo: la incertidumbre de no saber si mi manera de sentir y procesar la realidad era suficiente, el temor a la incomprensión y esa constante sombra de sentirme «fuera de lugar».
Sin embargo, ha sido en la fe donde encontré mi mayor ancla. En mi amor profundo por Dios hallé la certeza de que nada en mi diseño es un error. Él no me creó fragmentada; me dotó de un espíritu inquieto para cumplir un propósito mayor. De ese diálogo interior con Dios y con mis propios temores nació una fortaleza que no sabía que poseía. Entendí que mi TDAH nunca fue una traba, sino el motor que aceleró mi crecimiento.
Mientras muchos avanzan por la vida siguiendo una línea recta, mi cabeza funciona como una red donde todo se conecta con todo. Cuando me topo con un muro, mi mente me empuja a buscar atajos, salidas laterales y puentes invisibles. Esa intensidad a la que tanto me pidieron que le bajara el volumen es hoy mi mayor combustible para levantar proyectos, organizar eventos y coordinar iniciativas. No hay nada roto en mí. El caos no es un enemigo cuando se camina con fe; es un laboratorio creativo donde la estrategia y la intuición conviven bajo el amparo divino.
En todo este recorrido he tenido dos luces fundamentales. La primera, mi mamá: el amor más grande y el refugio definitivo. Ella entendió la esencia de quién era yo mucho antes de que el mundo le pusiera nombre a mi torbellino. En una época donde lo diferente solía ser castigado o corregido con dureza, mi mamá eligió abrazarme con una empatía y una paciencia infinitas. Jamás fui censurada, juzgada ni maltratada por ella; al contrario, cuando los demás veían exceso de energía o dispersión, ella veía a una niña con un mundo interior vibrante. Nunca permitió que nadie me señalara ni me etiquetara, protegiendo mi autoestima con una sabiduría silenciosa y guiándome siempre desde el respeto y la comprensión. Y cuando finalmente llegó la claridad del diagnóstico, ella tuvo la dicha de presenciarlo con la misma paz con la que me cuidó siempre: confirmando que la intuición de su corazón maternal jamás se había equivocado. Aunque partió de este plano en 2014, sigue siendo la raíz y el faro que sostiene todo lo que soy.
Junto a ella estuvo Freddy, mi esposo y compañero de vida, quien hoy también me acompaña desde la memoria y el recuerdo. Fue un hombre que supo abrazar mi realidad con una madurez y una ternura infinitas. En sus ojos nunca vi un juicio, sino el apoyo sereno que me dio la seguridad para florecer sin miedo. Su recuerdo y el amor de mi familia son luces que todavía me dan fuerza para ser exactamente quien soy.
Mi camino ha tenido sus propias vueltas y sus propios tiempos. Graduarme de Magíster en Desarrollo Humano a los 57 años me demostró que el tiempo se vuelve generoso cuando hay un propósito alimentado por el crecimiento personal. Mi formación en la Universidad Nacional Experimental Simón Rodríguez me selló con esa premisa que llevo como estandarte: «inventar o errar». Ahí entendí que la imposición frena a una mente como la mía, pero la pasión la vuelve imparable. Cuando el objetivo es claro y está guiado por la fe, la dispersión desaparece y da paso a una lucidez absoluta.
Pero si hay un momento que marcó un antes y un después, fue el año 2023, cuando egresé del diplomado «Mujeres como Agentes de Cambio». Fue allí donde todas las piezas de mi historia terminaron de calzar. Entendí que ser agente de cambio no es un título para colgar en la pared, sino una postura ante la vida; comprendí que mis propias vulnerabilidades y tropiezos podían ser el cimiento más firme para construir algo nuevo. Esa certeza me ha llevado a transitar la trinchera ciudadana desde la convicción más profunda, asumida con la firmeza de quien es una fiel defensora de los derechos de las mujeres.
Mi apuesta sigue siendo por la mujer venezolana: por su formación, su empoderamiento, su dignidad y la plena garantía de sus derechos. He aprendido que la verdadera madurez consiste en sostener los principios por encima de las coyunturas, honrando los espacios de lucha con una mirada amplia, independiente y fiel a uno mismo, donde el compromiso social y la causa de las mujeres trascienden cualquier circunstancia y se convierten en un acto de absoluta integridad.
Hoy, desde mi ventana, contemplando la majestuosidad de nuestro Ávila con el café de la mañana —ese ritual que me aterriza antes de que la mente empiece a girar a mil por hora—, asumo esta etapa con absoluta serenidad y gratitud a Dios. Entendí que la verdadera fortaleza no es la ausencia de miedo o de dificultades, sino la capacidad de evolucionar, adueñarnos de nuestra historia y darnos el permiso de inspirar a otras mujeres a hacer lo mismo.
Así, me reafirmo en mis raíces, en mi fe, en mi mente inquieta y en mi manera de pensar. La curiosidad, las ganas de aprender y el deseo de aportar a Venezuela no se vencen con los años. No venimos a esta vida a pedir disculpas por nuestra intensidad ni a encajar en moldes apretados; venimos a escuchar nuestra propia música, a confiar en el plan perfecto de Dios y a construir, cada día y en nuestra propia tierra, la historia que realmente nos pertenece.
Por: Norma Serrano. Magíster en Desarrollo Humano. Egresada del Diplomado «Mujeres como Agentes de Cambio», organizado por la asociación civil Mujer y Ciudadanía en conjunto con la Universidad Monteávila.
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