La mujer en “EL MANIFIESTO COMUNISTA” de Karl Marx (1818-1883) / Karin van Groningen

“En el presente se condensa el pasado íntegro”, dijo el gran filósofo español Ortega y Gasset (1883-1955). Yo exploraría nuevamente las implicaciones de esa brillante frase. La muy galardonada película norteamericana Witness (1985) dirigida por Peter Weir y protagonizada por Harrison Ford, nos ayuda en esa exploración. Se desarrolla en parte, en una comunidad amish. En ella sus dulces miembros se esfuerzan por mantener la forma de vida sencilla que llevaban en el siglo XVI, rechazando la tecnología moderna. Expresión actual del cristianismo anabaptista germánico surgido durante la Reforma Protestante. Son vistas esas comunidades como una curiosidad histórica, tal como si se observase una vasija mesopotámica. Hermosa pieza partida en múltiples pedazos y magistralmente recompuesta. El legado cultural de esas comunidades, sin embargo, es muy grande. Tal vez igual al de la vasija mesopotámica… Y por increíble que parezca, está ampliamente esparcido en la cultura occidental actual desde siglos atrás. Ha provocado trágicos eventos. Y dramáticas transformaciones históricas. En el siglo XX, la caída de los zares en la Rusia Imperial y el surgimiento de la URSS nos sirve de buen ejemplo…O, en el siglo XVI, la teocracia comunista instaurada por Jan de Leiden (1509-1536), el profeta anabaptista que se apoderó de la ciudad de Münster (1534). La Nueva Jerusalén, la llamó. Una teocracia poligámica. Una sociedad en la que se compartían todos los bienes. Expresado de forma más precisa, una sociedad en la que los hombres compartían todos los bienes, incluso a sus mujeres. Jan de Leiden se proclamó rey de la Nueva Jerusalén y en su corta vida, decapitó -debido a su conducta rebelde- a algunas de sus dieciséis mujeres. Historia que fue cuestionada por Karl Kautsky (1854-1938), marxista ortodoxo, estudioso de las manifestaciones comunistas en la Europa central para el tiempo de la Reforma Protestante. Verídica o no la decapitación, lo cierto es que la comunalización de los bienes con la que soñaron los marxistas ortodoxos del siglo XX y con la que sueñan los del siglo XXI, es una manifestación histórica que nos llega desde al menos, el siglo XVI. Concepto que recoge Marx en el siglo XIX en su Manifiesto Comunista (1848), uno de los documentos políticos más influyentes de la historia de la humanidad. Marx se dirige a todos hombres, a los proletarios del mundo. Les informa que ha llegado la hora para la toma violenta del poder en manos de la burguesía. Que la gran riqueza que se deriva del elevado grado de desarrollo de las fuerzas productivas burguesas -de la incontenible mejora de la maquinaria producto de la Revolución Industrial- debe pasar a ser colectiva. Riqueza que es producto del trabajo común de los miembros de la sociedad. Que en la sociedad comunista ese capital y el trabajo acumulado ya no servirá para el bienestar privado de unos pocos, sino para enriquecer y fomentar la vida de todos los obreros y de los burgueses que se sumen a la lucha. Que el comunismo no priva a ningún hombre del poder de apropiarse de los productos sociales, sino del poder de hacer de esta apropiación un yugo privado, que permite a unos pocos -los burgueses- mantener oprimida a toda la clase proletaria. La mujer no cuenta en esta historia. Ella es en la sociedad capitalista, según Marx, una de las muchas propiedades de los burgueses. Y en la comunista, formará parte de una comunidad de mujeres más o menos parecida. Esa, a la que los hombres tienen pleno derecho a acceder en reclamo de privilegios. Esa, frente a la que todavía en el día de hoy, todas las mujeres se rebelan, pertenezcan o no a los movimientos de liberación femenina que con mayor fuerza hacen oír sus gritos de alarma. Y me dijeron que no le dedicase tiempo en mis ensayos a ese otro gran filósofo alemán -Schopenhauer- por ser misógino… En este punto le pregunto: ¿Deberíamos las mujeres dejar de hablar también de Karl Marx?
Caracas 27 junio 2020
kavege@gmail.com
@KarinvanGroning
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