Las arepas de Margaret resisten entre los restos de La Guaira
La reapertura del popular negocio de Playa Verde devuelve ingresos a sus trabajadores y atrae visitantes al litoral central. Sin embargo, a cuatro meses del terremoto, el comercio del sector sigue lejos de recuperarse: persisten escombros, negocios cerrados y familias que esperan ayuda y viviendas dignas

(El Nacional/ 30 octubre 2026) —¿Podemos hablar de otra cosa?
Mary Mallora lloró. La voz, ya seca, se le entrecortaba después de contar que el padre de sus hijos murió en la segunda sede de Las arepas de Margaret, la de la avenida El Ejército. Compartió dieciséis años con él. Aunque dejaron de ser pareja, su muerte le dolió.
Es joven. Tiene 36 años y un hijo de 14 que ya le explicó cómo quiere pasar la Navidad: comiendo, nada más. Celebrar sin su papá no tiene sentido.
La pregunta interrumpió su relato sobre el terremoto. Mary volvió al trabajo. El hombre no. Tampoco otros tres compañeros del establecimiento que se desplomó por completo aquel 24 de junio.
Es sábado 24 de octubre, exactamente cuatro meses después del doble sismo. La principal sede de la arepera, en Playa Verde, recibe clientes entre los restos de un sector que no consigue recuperarse a la misma velocidad.
La reapertura ocurrió el 1 de septiembre. Desde entonces, según la despachadora, llega incluso más gente que antes del doble sismo. «Más exitoso que nunca», dice Mallora del negocio.
Pasar por encima de junio
El camino hacia Las arepas de Margaret bordea Playa Grande. Cruza un paisaje que nadie habría llamado recuperación. Esqueletos de aluminio donde antes hubo casas. Edificios partidos, repletos de cicatrices, que siguen en pie. Parecen árboles de acero carcomidos por la sal y por un calor sin tregua. Reinaban polvo y tierra en los terrenos de antiguos restaurantes y comercios.
Llegar a desayunar a La Guaira todavía exige recorrer un lugar donde ganarse la vida dejó de ser posible para muchos.
En algunos tramos, las cuadrillas retiraron los restos y despejaron la vía. Faltaban las construcciones que antes la interrumpían. Sin tantos escombros, la vista se ha vuelto más plana, con menos ruido de destrucción. Pero bastaba apartarse de ese corredor para encontrar lo mismo de siempre: abandono.
La limpieza hizo transitable el desastre, pero no devolvió los negocios. Los vecinos se ya acostumbraron a convivir con estructuras dañadas y con muertos que nadie ha encontrado todavía.
Así es el acceso a una de las areperas más populares de la costa. ¿Una carretera despejada hacia el disfrute? No. Una sucesión de propiedades dañadas que hubo que dejar atrás para encontrar un local abierto.
Y, al llegar, gente. Mucha gente.
Atienden en la calle José María Vargas de Playa Verde, a unos 500 metros del Club Marina Grande y cerca del Aeropuerto Internacional Simón Bolívar de Maiquetía. Alrededor solo están abiertas una licorería y una pequeña tienda de ropa de playa.
En aquella sede repararon daños de mampostería y ampliaron el espacio de las cajeras y las áreas comunes. El otro local, el de la avenida El Ejército, ya no existe. Mary Mallora contó que allí murieron cuatro compañeros, entre ellos el padre de sus hijos.
Desde la madrugada, los visitantes se acumulaban junto a los puestos con vistas al mar, una playa sin bañistas.
La reapertura merecía celebrarse. Sostiene empleos, permite comprar a proveedores y devuelve ingresos a familias golpeadas. Pero bastó mirar alrededor para encontrar el límite de aquella realidad. El éxito del local no alcanza a sus vecinos, ni siquiera los precios asequibles de sus arepas, entre 2 y 4 dólares.
Parada estratégica, lugar de pérdidas
Llegaban camionetas, algunas blindadas. Relucientes. Se bajaban parejas y grupos con lentes de diseñador, relojes brillantes y gorras de béisbol con sellos de equipos estadounidenses. Algunas mujeres llevaban tacones, grandes carteras y sombreros que escondían sus rostros. Pero también había familias entre coches de niños, muñecos y bronceadores, que buscaban algo de la normalidad de sus viejas visitas a la costa.
Los preparativos de un día de descanso conviven con los escombros de un sector que todavía no logra recuperarse.
Algunos carros estacionaban con los vidrios abajo y música alta, en un ánimo festivo que desentonaba con la desolación de los alrededores. Otros, en caravanas, hacían paradas antes de continuar hacia los clubes de la zona. También hay pilotos, tripulantes de vuelo y miembros de cuerpos de seguridad. Distintas procedencias, un mismo propósito: comer en Las arepas de Margaret.
Mary Mallora agradeció la visita de los primeros. Su sustento depende también de ellos.
—Son más los que nos visitan de Caracas y otros lados del país; los locales son muy pocos.
La actividad de la arepera no resume la del estado. A cuatro meses de los terremotos, los balances disponibles discrepan tanto en sus porcentajes como en aquello que midieron.
¿Creció el comercio en La Guaira? Depende de quién lo cuente.
En información publicada por El Nacional el 25 de octubre, Eduardo Quintana, presidente de la Cámara de Comercio de La Guaira y de Fedecámaras en la entidad, situó la recuperación en 40%. Describió graves afectaciones en Catia La Mar, Playa Grande, Caraballeda y Los Corales, y contrastó su estimación con el 75% de comercios activos reportado por el Gobierno regional. Vinculó la recuperación pendiente con el turismo y la reapertura de las playas.
Ese mismo día se conoció otro balance. Ítalo Atencio, presidente de la Asociación Nacional de Supermercados (ANSA), afirmó que el 95% de los comercios de servicios «con posibilidades de operar» se encontraban funcionando. Recordó que, inmediatamente después de los sismos, apenas el 35% había permanecido abierto.
Sin embargo, ese 95% se refiere a establecimientos con condiciones para operar, no necesariamente a todos los que existían antes del desastre. Tampoco permite comparar, como si fueran una misma serie estadística, los comercios abiertos con la actividad económica recuperada.
Los reportes apuntan a reaperturas, pero no ofrecen una medida homogénea para calcular cuánto aumentó el comercio en cuatro meses ni cuánto falta para recuperar ventas y empleos.
Incluso sobre Las arepas de Margaret hubo versiones encontradas. Antes de los terremotos, el negocio despachaba más de 500 arepas diarias. Posteriormente, sus ventas cayeron a la mitad. Casi un mes después, Mallora señala que han recibido muchos más visitantes que antes del 24 de junio.
Lo que sostiene una arepa
Margaret Delgado convirtió su negocio en una referencia gastronómica de la costa. Su trayectoria ronda los diecinueve años. Mallora recordó una etapa concentrada en almuerzos y sopas, seguida por la ampliación de la oferta de arepas. Las sopas permanecieron.
El menú reúne más de 32 variedades y combinaciones frías y calientes: carne mechada, pollo, queso, pepitona guisada, mejillón, guacuco con chipichipi, calamar y camarón. Entre las opciones que destacó la trabajadora se encuentran la ensalada de camarón con calamares y camarón guisado, y la reina pepiada con ensalada de camarón.
La abundancia de rellenos explica parte de su fama, pero Mallora sitúa la diferencia en tres elementos: calidad, atención y vista al mar.
—Aquí todo se hace al momento.
La preparación diaria exige sancochar, guisar y disponer los ingredientes desde la madrugada. Parte de los productos del mar llega de la pescadería del puerto de Playa Verde; la carne, de Caracas. Así, cada venta también alimenta una cadena de compras fuera del mostrador.
Mallora calculó unos sesenta trabajadores, sin presentar una nómina exacta. El negocio organiza dos turnos para atender de seis de la mañana a diez de la noche, de martes a domingo. La reapertura devolvió una fuente de ingresos a ese equipo. Según su testimonio, Margaret levantó el establecimiento con sus trabajadores, sin ayuda del Estado ni de empresas públicas o privadas.
El terremoto sorprendió a Mary mientras despachaba. Recordó que, al terminar aquel temblor, salió a pie entre polvo y lluvia, y sin comunicación con su familia. Pensó en sus hijos y en su madre. Recordó que todo cayó alrededor y que, ante la tragedia, llegó a preguntarse para qué sobrevivieron.
Luego supo de las muertes en la otra sede.
Al contarlo, lloró por el padre de sus hijos, por sus compañeros, por amistades y, sobre todo, por los niños y jóvenes de La Guaira. La conversación sobre el restaurante quedó atravesada por aquello que ninguna reparación del local consiguió resolver.
La necesidad de trabajar no anuló el duelo. Le impuso un horario. Mary explicó que algunos compañeros permanecen en refugios; conservar el empleo les ofreció, al menos, un ingreso, no una vivienda ni la restitución de lo perdido.
El equipo sostiene esa convivencia entre responsabilidades y dolor. Comparten tareas, pérdidas y la obligación de continuar.
—Cualquier ruido, alarma, temblorcito. Todo nos activa.
Mary Mallora no comparte el ánimo de quienes retomaron fiestas y planes de Navidad. Le cuesta entender a quienes salen de rumba. Reconoció que cada persona actúa como siente, pero no encuentra disposición para celebrar. Pensó en su hijo, en los niños sin sus escuelas y en las pérdidas que atravesaron a sus compañeros.
Tampoco volvió a bañarse en la playa. «No lo veo bien», dijo. En Chichiriviche y Las Salinas hay muchos turistas, recalcó. En Playa Verde, casi ninguno.
Al hablar del futuro del comercio, defendió la posibilidad de invertir y tomó a Margaret como ejemplo de trabajo. Reconoció espacios despejados en Catia La Mar y Caribe, además de negocios que comenzaron a activarse. Pero puso una condición concreta a su expectativa: inversión.
Concentrándose en los alrededores de la arepera, su respuesta perdió cualquier entusiasmo: «No. No lo hay. De verdad que no, aunque queramos creer que sí».
Se refirió a un avance suficiente para cambiar la experiencia de regresar a casa. El autobús la lleva por un paisaje desolador. Un recorrido que describió como una película posapocalíptica. No hay avance real alrededor del local, aunque quisieran creerlo. Cerca de su vivienda queda una casa derrumbada; en el camino también aparece la de su hermana, hecha polvo.
Durante los primeros días lloraba al pasar. Después recurría al teléfono para distraerse y no mirar.
Al preguntarle por una palabra para el negocio repotenciado, respondió sin dudar: «Más exitoso que nunca». Y agregó: «Donde hay calidad no hay competencia». En Playa Verde, por ahora, tampoco hay con quién competir.
Cuatro meses después de aquel 24 de junio, los visitantes siguen encontrando arepas, atención y vista al mar. Los trabajadores consiguen sostener otra jornada. Ambas cosas ocurren y tienen valor, pero ninguna borra lo que queda fuera del local.
Al terminar su turno, Mary Mallora sale del trabajo mientras la tragedia la acompaña.
Por: Karem González
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