Milagro de Amor y Fe| Por: Raquel García Prince

A Dios Todopoderoso, quien en su infinita bondad y misericordia, permitió este maravilloso Milagro, que me ha devuelto la vida y ha creado el compromiso de servirle con amor y humildad, hasta el resto de mis días.
“El alma que confié en mi Misericordia, no perecerá, ya que sus asuntos son míos. Quien se acerca a mí con confianza, recibe mi gracia con tal abundancia, que no la puede contener y la irradia sobre los otros”
“JESUS, CONFIO EN TI”
Con todo mi amor y agradecimiento a mi esposo Luis Ernesto, mis hijos Luis Miguel y Luis Ernesto, mi madre y hermanos, familiares, médicos, y amigos quienes, me apoyaron con su amor y oraciones, en los duros momentos que viví.
A todos que el Señor los bendiga por siempre
Raquel
Una soleada, pero fría mañana de inicios del mes de diciembre del año 2002, me apresuraba a repasar mi agenda de compromisos a cumplir, ya que el tiempo me apremiaba ante tantas actividades previas al viaje, que con motivo de las navidades, emprendería con mi familia.
Pensaba que debía dar prioridad a una visita al médico, ya que dos días antes, me sentía con malestar general, y no quería tomar el riesgo de viajar resfriada al norte, en razón de que mi itinerario de viaje comprendía las ciudades de Kingston (Canadá) y New York.
Realmente me seducía la idea de disfrutar de los placeres del invierno y su nieve junto a mi esposo, hijos y nieto, además de que me permitía la oportunidad de reunirnos en familia, ya que la distancia que nos separaba, no hacia posible realizar con frecuencia estos agradables encuentros familiares.
EL INICIO
Llegué muy temprano al Hospital, en donde me diagnosticaron el comienzo de un fuerte resfriado y señalaron los medicamentos adecuados, los que sin duda alguna me aliviarían el malestar en muy corto plazo.
Al día siguiente y habiendo comenzado el tratamiento me seguía sintiendo mal, por lo que regresé al médico, quien me indicó la realización de una serie de exámenes de laboratorio, para profundizar aún más en las causas del citado malestar.
Los resultados no expresaban nada más allá del primer diagnóstico, no obstante me seguía sintiendo muy débil y con un severo dolor en la parte inferior trasera de mi espalda, por lo que de nuevo regresé al Hospital y me detectaron un fuerte lumbago, lo que ameritó que me facilitaran calmantes y reposo absoluto en casa. Ya comenzaba a sentirme muy nerviosa y tensa, por lo que decidí cancelar el viaje, con el consecuente pesar que ello le produjo a mis hijos.
Se hizo necesario practicar nuevos exámenes de laboratorio, pero ahora con énfasis en un perfil general, con mayor profundidad. Así lo hice y esperé 24 horas para obtener los resultados, con la mala suerte de que ese mismo día se inició en el país un paro general que impidió el desarrollo de todo tipo de actividades a nivel nacional, lo que retardó en 72 horas la entrega de tales exámenes, tiempo que permitió la rápida evolución de la enfermedad.
Opté por acudir a una clínica privada, ya que mi malestar siguió empeorando y ahora acompañado de estados febriles permanentes, hiperventilación, dolores generales y dificultad para movilizarme.
LA PESADILLA
Llegué en muy malas condiciones de acuerdo a las muestras tomadas en el servicio de emergencias, siendo el diagnóstico inicial, el de una severa Septicemia generalizada, cuyo punto de partida era renal, a lo que se suma una Endocarditis además de una serie de complicaciones que comprometían el funcionamiento de los pulmones, el hígado, corazón y el sistema circulatorio y motor en general.
Había comenzado la peor pesadilla de mi vida, ya que me percataba del precario estado de salud en el que me encontraba y sentía la angustia de mi esposo, mis hijos y familiares, quienes no podían disimular el miedo y horror de verme ante semejante situación.
Al principio, debo confesar, me negaba a aceptar esa situación, ya que siempre he sido una mujer fuerte y sana, y me parecía absurdo verme en aquella Unidad de Cuidados Intensivos, inmóvil, aislada, sin ninguna fuerza y dependiendo absolutamente en mis funciones, de máquinas a las que estuve conectada desde que ingresé al centro médico.
LA RESIGNACION Y EL DOLOR
Llegó la navidad y mi estado era cada día más precario, los médicos hacían esfuerzos sobrehumanos para controlar todas las complicaciones que día a día surgían en mi deteriorado organismo, aunado a todo esto a las dificultades que se presentaban ante la huelga nacional, que no permitía suministro de gasolina, alimentos, servicios (excepto los médicos), transporte y todo aquello que representaba la prestación de bienes y servicios en general.
Podía ver en los rostros de quienes tenían la posibilidad de verme en la Unidad de Cuidados Intensivos, la tristeza y el temor de la pérdida inminente de un ser querido, y aun así, me daban ánimo y aliento, tratando de disminuir tan dramática situación.
Hacia grandes esfuerzos para no demostrar mi angustia, ya que sabía que una sonrisa mía, podía obrar milagros en ellos, y me correspondía a mí también, darles un poco de esperanzas, ya que sabía que se encontraban desesperados.
Ya había pasado la Nochebuena y solamente quedaba yo, en la Unidad de Terapia Intensiva. Llegó el 31 de diciembre, y podía oír, los fuegos artificiales y la algarabía de la gente en la calle, que despedían un año y daban la bienvenida a otro, acompañado de nuevas intenciones y proyectos plenos de ilusiones.
No sabía si mi vida alcanzaría a hacer proyectos ya que creía que el año se iba conmigo Que duro era todo aquello.
Allí estaban mi esposo e hijos, abrazándome y entre lágrimas me deseaban un!!Feliz año!! En la incertidumbre de no saber si sería el último. Los médicos y enfermeras de guardia rodearon mi cama y trataban de buscar su mejor y más cálida sonrisa para desearme ese feliz nuevo año que yo añoraba con todo mi corazón.
Tratando de adivinar en esos rostros la verdadera situación en la que me encontraba, hacia más dolorosa mi circunstancia, porque quería encontrar un halo de apoyo y esperanza en todas aquellas personas, que piadosamente me daban sus mensajes de amor y fortaleza en esa última noche del año.
Cada noche pensaba que aquello era una pesadilla, de la que despertaría al amanecer, sin embargo mi sueño cesaba, con el suave llamado de una enfermera, para tomarme las muestras de laboratorio, de ese día, con lo que iniciaba nuevamente una jornada de exámenes de laboratorio, largas y dolorosas sesiones de Fisioterapia Respiratoria y de Rehabilitación, sesiones de diálisis, además de prolongadas juntas médicas, en las que en el intercambio de ideas y experiencias trataban de dar con la solución adecuada a mi grave estado de salud. Allí perdí totalmente la noción del tiempo, no sabía si amanecía o anochecía, los días que habían transcurrido, en fin me desconecté totalmente del mundo exterior. De lo que sí estoy segura es de que el mes y medio que estuve en terapia intensiva, parecía ser el reflejo de una noche muy triste y larga, en la que vi pasar frente en mi memoria, los episodios de mi vida y la permanente añoranza de regresar a ellos, sobretodo sabiendo que al traspasar esa puerta que me separaba de una historia de vida feliz, estaban mis grandes amores, mis ilusiones y el producto y la razón de ser de mi existencia, allí estaba mi familia, los amigos y todas aquellas personas que de una u otra forma, constituían la dimensión y los espacios de una feliz e intensa existencia. En esos momentos sentía que los amaba más que nunca y lamentaba no poder expresarlo, porque la rigidez de mi cuerpo y sentidos, impedían cualquier tipo de comunicación. Los recuerdos me asaltaban como fantasmas que me decían que no podía irme, que algo muy grande me ataba a esta vida y que la única frontera que me separaba de ella, era aquella puerta por donde veía ir y venir a los médicos, las enfermeras, y aquellas piadosas y eficientes personas que luchaban junto a mí por darme ese aliento de vida que tanto necesitaba. Esto me angustiaba pero a la vez me estimulaba a luchar y salir adelante, para alcanzar el instante en que mi corazón, mis brazos y mi boca, permitieran expresar ese caudal de amor que estaba represado en mi ser, que aun con el deterioro que sufría, mantenía la energía y la fuerza del amor.
Pasó la Nochebuena y le pedí al Niño Jesús que me ayudara a salir de esta situación, pero a la vez estaba resignada a los designios del Señor, ya que solo Él podía decidir sobre mi destino y darme la alegría de un Milagro.
Los médicos, enfermeras y todo el personal a cuyos cuidados me encontraba, también se sumaron a esta demostración de generosa piedad, exhortándome a luchar y tener fe en esa situación, que cada día se hacía más difícil para todos.
En cada visita, Luis mi querido esposo me susurraba al oído, amorosas frases de aliento, que acompañadas de discretas lágrimas, mojaban la almohada, testigo permanente de mi dolor y llanto, en aquellos interminables días, en los que había perdido la noción del tiempo y la capacidad de sonreír. Su sola presencia, me causaba un gran alivio y pensaba que si Dios disponía de mi vida, yo quería antes de eso poder hablar para decirle a él, que lo amaba y le estaba agradecida por la felicidad que siempre me brindo a través de todos estos maravillosos años de matrimonio. También quería decirle que cuidara de mis hijos, como cuando eran niños, de mi madre y que siempre se mantuviera unido con mucho amor con mi familia, quienes junto a mi padecían paso a paso de esta pesadilla.
Me era imposible hablar, escuchaba con grandes dificultades, la respiración era muy comprometida y ni siquiera podía expresar gestual o corporalmente, mis sensaciones, ya que la rigidez absoluta de mi debilitado cuerpo me lo impedía.
Sentía que había llegado el momento de entregarme al Señor, por lo que mi familia decidió llevar a un sacerdote para que me auxiliara espiritualmente en aquellos que consideraba mis últimos momentos. Así se hizo y recibí la visita del padre Carlos Porras, Capellán de la Academia Militar, quien me administró los Santos Oleos, con la esperanza de que Dios se apiadase de mi alma al momento de ese supremo encuentro.
Fue un momento muy solemne y sentí una maravillosa sensación de paz y resignación, ya que me pude percatar de lo que estaba sucediendo. No tuve miedo. En ese momento le di gracias al Señor por haberme permitido vivir rodeada de amor, en un hogar feliz y de darme el privilegio de ver a mis hijos crecer y realizarse como buenos cristianos y ciudadanos y sobretodo tener la dicha de haber conocido a mi adorado nieto Nicolás.
Pensaba que dejaba atrás ese bello hogar que tenía constituido con mi esposo y mis dos hijos, mi madre de 98 años , un bello nietecito, mis adorados hermanos, y un gran número de amigos que llenaban importantes espacios en el mundo de mis afectos.
Además de Dios, sé que me ayudó el amor y la solidaridad de mi familia, de los amigos y aun más, de aquellas personas que en los peores momentos se hicieron solidarias en la oración, sin ni siquiera conocerme.
EL MILAGRO
Recuerdo que en los momentos más críticos de mi enfermedad, los médicos optaron por operarme como última instancia para salvarme la vida, asumiendo el riesgo que implicaba hacerlo en tales condiciones.
Se trataba de realizar una intervención “heroica” en la que mis posibilidades de sobrevivir eran solo del 10%. Era la única alternativa y esperanza que teníamos en ese momento, y confiados en el poder de la oración, se aceptó la realización de la misma.
Se necesitaban muchísimos donantes de sangre, por lo que se realizó un llamado por diferentes medios de comunicación radial y televisiva, y fue maravillosa la respuesta del público, que acudió masivamente en un acto de extraordinaria solidaridad humana, a donar su sangre, ya que allí se congregaron personas que jamás en mi vida había conocido y solo respondían a un llamado dramático emitido por los medios de comunicación radial y televisiva, no obstante a que estaba en pleno desarrollo un paro nacional, lo que dificultaba muchísimo el traslado de las personas al recinto hospitalario. También estaban muchos amigos, quienes junto a sus hijos donaron su sangre y amor para mí. Esa respuesta masiva de solidaridad contribuyó a que se me pudieran administrar 155 transfusiones
Nunca sentí miedo ante la idea de la muerte, porque era tanto el amor, la solidaridad y las oraciones de la gente, que yo sentía que había valido la pena vivir esta experiencia de vida, para darme cuenta de que con amor todo lo podemos vencer.
La intervención se realizó exitosamente, y a partir de ese momento comencé a experimentar una lenta mejoría, que era recibida como un verdadero milagro. Tenía pocos momentos de conciencia, pero la fe que siempre tuve, el amor a raudales que recibí, la ética y la entrega de esos maravillosos médicos y personal paramédico, la esperanza, las oraciones y esa fuerza que te da el amor de Dios, operó el milagro de estar nuevamente, entre quienes tuvieron fe y amor para darme. Al tercer de día de esta intervención, volví a agravarme, de nuevo la angustia y la incertidumbre, la muerte me cercaba y fue preciso administrarme nuevamente los Santos Oleos, esta vez de manos del padre Porcino, un sacerdote amigo de la familia. Fue una noche terrible, interminable y plena de angustias para mis familiares y amigos, porque yo estaba en estado de coma. Nuevamente la presencia de Dios fue más fuerte que la circunstancia y sorpresivamente, comencé a experimentar una leve mejoría, que fue incrementándose con el paso de los días.
Cuando fui trasladada a la Unidad de Terapia Intermedia, continuó la atención estricta de mi situación de leve mejoría, por lo que los médicos decidieron retirar el respirador, y los instrumentos que me impedían articular palabra, esto constituía un gran riesgo en virtud de que no conocían de antemano cual sería mi reacción, pero a la vez un paso adelante en el proceso de curación.
Cuando se efectuó la desincorporación del respirador, debo confesar que tenía muchísimo miedo, pero quería hablar, respirar, sentir que podía expresar tantas emociones y sentimientos que en ese momento atropellaban mi corazón y mi mente. Al comprender que ya estaba respirando y podía hablar, recé en voz alta tanto como podía hacerlo en ese momento, el Padrenuestro, y tomados de la mano, los médicos, enfermeras terapistas y yo, hicimos esta oración, llenos de piedad, en medio de sollozos de felicidad y agradecimiento al Señor. A los pocos días, comencé a salir de mi habitación en silla de ruedas. Ciertamente que me impactó el sentirme atada a una silla de ruedas, sin ni siquiera poder levantar las manos, debido a mi inmovilidad total.
Sin embargo, nunca olvidaré el día en que me llevaron por primera vez hacia los jardines de la clínica, a tomar un poco de aire y luz después de 4 meses de tinieblas y dolor. Allí pude entre sollozos, contemplar el sol más cálido, hermoso y brillante que había visto en mi vida. Nunca como en ese momento me percaté de su grandeza, podía sentir que el aire que respiraba recorría placenteramente mis pulmones y una suave pero cálida brisa enjugaba y arrastraba las lágrimas de felicidad que recorrían mis demacradas mejillas, y que a la vez me recordaban ¡ Raquel, estas viva, has regresado ! En ese preciso instante comprendí la magnífica presencia del Señor en mi vida y la ansiedad por conocer la misión que me daría al rescatarme de un final, que casi era definitivo.
EL REGRESO
Ha transcurrido un año, desde que se inició esta situación y afortunadamente, hoy me encuentro en mi casa, en un proceso de rehabilitación física, espiritual e intelectual. He superado la silla de ruedas, las terapias de rehabilitación me han permitido aprender a caminar de nuevo, apoyándome ahora en una andadera, se ha superado la traumática experiencia de las angustiosas sesiones de diálisis, estoy tratando de retomar mi peso nuevamente y cada día voy independizándome un poco más de los cuidos de las dos diligentes y humanas enfermeras, que con tanto amor me acompañan. Ahora, puedo caminar de nuevo con la ayuda de un bastón como una manera de cumplir ese ardiente deseo y esperanzas de volver a vivir, y disfrutar de esa nueva oportunidad de vida que Dios me ha concedido.
Cada día lo disfruto intensamente pensando que ese instante mágico que viví, fue el preciso momento de abrir mi corazón a Dios y aceptar su voluntad Divina.
Estoy tratando de divulgar mi experiencia, como una manera de activar en las personas, ese maravilloso sentimiento hacia la oración, porque Dios está siempre esperando como un amoroso Padre, que le pidamos con fe.
Ya se acerca una nueva navidad y con su alegría e ilusiones, recordare los momentos vividos, orando por quienes se encuentran en situaciones similares, porque esta dolorosa experiencia de vida me ha demostrado el inmenso poder de la oración y la fe ante cualquier circunstancia que se nos presente.
Espero reunirme de nuevo con mi familia y amigos, quienes una vez más estarán a mi lado para seguirme ayudando a recorrer con valentía y esperanza el camino que Dios me tenga trazado. También rezaré mucho en medio de estas fiestas de alegría para la humanidad, por aquellos que como yo, no pudieron compartir la alegría navideña, por estar en condiciones precarias para su vida.
Ahora mi vida tiene un sentido maravilloso, ya que puedo ver a Dios en todas y cada una de las cosas que me rodean, comprendiendo mejor su grandeza y bondad.
Fue una prueba que jamás olvidaré, como una manera de entender que los caminos de Dios, son aquellos que podemos recorrer con fe y amor.
Ahora el universo de mis oraciones se extiende a todos aquellos que, sufrieron conmigo y que hoy les bendigo y quiero desde lo más profundo de mi corazón, porque aprendí que el Señor siempre está aguardando por nosotros, para darnos su protección en los momentos más difíciles.
He cambiado mucho por esta experiencia, porque he comprendido que somos frágiles y vulnerables, pero que siempre contamos con la Misericordia y el amor de nuestra Padre Celestial, y ahora sí que vivo intensamente cada minuto que me concedió su infinita bondad. Sé que tengo una misión de vida y quiero cumplirla con amor, entrega, lealtad y muy especialmente para dar testimonio vivo de que la Misericordia de Dios es infinita.
Alabar al Señor, es la mejor manera que tengo de agradecerle siempre, este Milagro de Vida y queda el compromiso permanente de encomendar al Señor, a todas aquellas personas que lograron a través de su fe y oraciones, que yo estar de nuevo disfrutando de ese privilegio tan maravilloso como es:
!!VIVIR DE NUEVO! LOS QUIERO MUCHO….
RAQUEL
Escrito en el 2023
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