Se necesitan mujeres mayores de 60 años con ganas de más
Un grupo de señoras se reúne cada martes en el barrio de Embajadores de Madrid para practicar el autocuidado en compañía y el empoderamiento digital. En el distrito de Usera va a abrirse otro proyecto similar

Fuente: EL PAÍS
PATRICIA SEGURA
Clara Domínguez, de 86 años, es la más veterana. Ella vive sola en un piso en el barrio de Embajadores desde que falleció su marido enfermo, al que cuidó durante 18 años. “Fue como si hubiera estado secuestrada, pero yo quería hacerlo”, recuerda. Después, encontró una segunda familia en las 18 mujeres mayores de 60 años que cada martes por la mañana se reúnen en la Casa Encendida: “Me encontraba muy sola, pero ahora me siento arropada por todas mis compañeras”. Se conocieron en 2019, en un proyecto social del Grupo Tangente para mitigar la soledad no deseada en la capital, donde hay 167.689 personas mayores de 65 años que no comparten vivienda y 129.292 de ellas son mujeres. Rosario Sancho, de 66 años, salía de una sesión de gimnasia en el centro cultural de la Casa del Reloj cuando se topó con un cartel en el que se leía: “Necesitamos mujeres mayores de 60 años con ganas de más”. Y no dudó ni un segundo en apuntarse. Acabado el taller, las ya amigas decidieron continuar por su cuenta.
Talleres de lectura y escritura, meditación, ejercicios de movilidad y visitas didácticas son algunas de las actividades que llevan a cabo para fomentar el empoderamiento digital y el autocuidado en compañía. En una libreta donde tienen apuntados sus propósitos, resaltan el de “seguir apoyándose durante la pandemia” y “el aprendizaje de herramientas digitales”.
El pasado martes empezaron con un ejercicio de estiramientos. En un círculo, con la mascarilla puesta y las ventanas abiertas, el grupo retomó el pasado 25 de enero sus reuniones, después de varios meses sin salir de casa por el miedo al coronavirus. No es ninguna sorpresa que la pandemia ha aumentado las probabilidades de vivir en soledad. Durante el confinamiento, la soledad no deseada llegó casi a duplicarse, pasando de un 10% de la población a un 16,6%, según la encuesta realizada por Madrid Salud en abril del 2020. Domínguez rememora con hastío los meses de encierro. Día tras día, su única actividad era trasladarse de la cama al sillón y del sillón a la cama: “Me acostumbré a no salir de casa. Al ver que no hacía nada, me hundí en la miseria. Entré en bucle y estuve peor que nunca”.
La leonesa llegó a Madrid con 23 años. “A mis padres no les hacía mucha gracia, pero yo quería volar”, relata. Ni corta ni perezosa se marchó con lo puesto, y 3.000 de las antiguas pesetas (18 euros), a trabajar como decoradora, hasta que se casó a los 32 años. Sus dos hijos viven en El Escorial, pero ella prefiere su barrio de Embajadores para seguir con su ajetreada agenda. “Ahora hago todo lo que no he podido hacer antes en mi vida, porque he tenido que cuidar de mis hijos y trabajar”, asegura.

Clara Domínguez llega a la cita tras una visita médica en el ambulatorio. “Las compañeras se han convertido en mis mejores amigas. Nos llamamos todos los días para contarnos las penas”, cuenta. El uso del teléfono móvil y el ordenador ha sido uno de los mayores retos. Durante el confinamiento, las mujeres mantuvieron el contacto a través de cadenas de llamadas, grupos de WhatsApp y videoconferencias por Zoom. Clara Domínguez agradeció haber asistido a clases con un informático al que pagaba 10 euros por hora, después de apuntarse a varios cursos gratuitos organizados por el Ayuntamiento de Madrid, que, según ella, no le sirvieron de nada.
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