Judith Castillo: «El corte de Niña Bonita lo había impuesto yo, no Ruddy Rodríguez»
Miss Venezuela por rebote, luego a un paso del Miss Universo, la exanimadora de TV y abogada acaba de publicar su primer libro: Judith Castillo Uribe. 50 años después. Habla de su corona, obviamente. Luce casi igual, pero admite la presión social de la belleza: «Es innecesaria y además injusta»

(1 junio 2026) Judith se llama uno de los libros de La Biblia y, palabras más, palabras menos, cuenta la historia de una chica judía que sacrificó su belleza —e incluso cortó una cabeza— para seducir a un conquistador y salvar a Jerusalén y su gente, un pueblo elegido. Presuntamente, Judith jamás llegó a acostarse con su enemigo: se durmió borracho, justo antes. O así preferimos recordar a las heroínas: vírgenes.
Si el venezolano es de verdad un pueblo elegido, Judith Castillo sigue haciendo un tipo de sacrificio. Es una señora que cumplirá 68 años en junio de 2026, con una trayectoria impecable como profesional en el Derecho y la gestión de marcas, y una abuela de tres nietas. Pero hay que hablar de ella, antes que nada, porque se ve casi igualita que cuando agarró una corona del Miss Venezuela como papa caliente hace justo medio siglo.
Una corona casi tan antigua como la nacionalización del petróleo. Pudo ser luego la primera Miss Universo venezolana, antes que Irene Sáez, pero perdió en un cabeza a cabeza —paradojas— con una israelí.
Acaba de publicar su primer libro y su corazón es, precisamente, aquella experiencia como reina de belleza: Judith Castillo Uribe. 50 años después. De algún modo, es la condena bíblica de Eva. Pero la también ex animadora de RCTV la lleva tan feliz.
Ahora que está tan de moda eso que llaman «marca personal», hable con Judith. Prácticamente nunca sale de un personaje público que ha esculpido de manera impecable, sin nacer como la estatua de más estatura en lo que Leonardo Padrón llamó El país de las mujeres (bellas).
La reina
—Primero, el lado más claro de la belleza. ¿Tu secreto para ser una «chama»?
—¡Dios mío! No soy una chama, en menos de un mes (16 de junio) estoy cumpliendo 68 años. Pero creo que es la actitud de vida. Me alimento bien en el sentido de que no hago locuras. Como de todo, pero no exagero. Me gusta mucho el chocolate, los dulces, los helados y no me presiono porque «ay, voy a engordar». ¿Sabes qué sí hago? Mucho ejercicio. Voy al gimnasio cuatro veces a la semana, hago yoga dos días a la semana, trato de de tener buena actitud ante la vida, nunca en la vida he fumado y alcohol muy poco, en reuniones sociales. No tengo grandes secretos. Tal vez mi mayor secreto es genético, porque típico que nosotros los negritos tenemos una piel maravillosa y no se arruga tan fácil, pero claro, hay que cuidarse.
«La familia de mi papá (los Castillo) todos eran de Maracaibo, pero la familia de mi mamá (los Uribe) es de aquí de Caracas. Sin embargo, mi abuelita materna era colombiana y, cuando fue la segunda elección de Carlos Andrés Pérez, decidió nacionalizarse solo para votar por él».
—Pero la belleza también tiene un lado oscuro, como la Luna: la presión social para no envejecer, la invisibilización de las adultas mayores.
—Las mujeres, sí, pareciera que sufrimos un poco más porque todo el mundo nos quiere seguir viendo, como decías tú, como una chamita, aunque no somos unas chamitas. Yo podría perfectamente haber engordado. Yo tengo canas, lo que pasa es que me las pinto. Pero no me las pinto porque alguien quiera que yo tenga el cabello negro. Me las pinto porque todavía no me siento preparada para vivir con el cabello blanco, pero no por un tema de ‘ay, qué van a decir’. Todavía no me identifico con el cabello blanco, pero lo tengo. Podría estar llena de arrugas, tengo mis arruguitas, pero no tengo muchas. No soy la mujer que va a ir a hacerse cirugías plásticas solo porque quiera mantenerse como una chamita. No porque yo critique el que alguien se haga una operación, sino porque a mí me da pánico perder mi expresión natural.
Lo interesante sería que el entorno comprendiera que todos somos seres humanos y tenemos fecha de vencimiento y nos vamos deteriorando, como las flores. Nadie critica que una rosa se marchita. O que un clavel ya se puso feo y se le empezaron a caer los pétalos. Ah, pero nosotros los seres humanos sí tenemos que ser eternos. Nuestros perritos se ponen viejos y se ponen canosos y casi no pueden caminar. Ay, qué lindos son. Pero cuando nosotros envejecemos, no podemos envejecer. Es una presión innecesaria y además injusta. Todos, tanto el que critica como el criticado, van a envejecer.
—Queda primera finalista en el Miss Universo 1976 en Hong Kong (ganadora la israelí Rina Messinger). ¿Qué recuerda de ese viaje?
—Lo recuerdo absolutamente todo. La gente, el colorido en las calles, la vertiginosidad del ritmo de vida de la ciudad, los contrastes sociales… Porque había mucha opulencia por un lado y mucha pobreza por el otro. Todo el mundo te hablaba con cariño, con respeto, con distancia. Pero una distancia educada, no de ‘no me quiero acercar a ti’, sino de hablar con las personas manteniendo siempre la distancia correspondiente. Al principio odiaba la comida, pero nunca lo dije (en Hong Kong). No eran los mismos sabores que nosotros apreciábamos de la comida china aquí en Venezuela, con respecto a la comida realmente china. Terminé acostumbrándome y era feliz comiendo la comida cantonesa.
—Han pasado 50 años y la sociedad también ha cambiado. Venezuela ya no se detiene para ver un Miss Universo. ¿Un reinado de belleza aún es importante?
—Más bien diría que son oportunidades. Depende de para quién, depende de quién lo vea y depende de quién desee participar. Se participa por muchas razones: porque deseas progresar, porque quieres entrar a los medios de comunicación o porque quieres ser muy conocida, porque te quieres viralizar. Ojo, hablo de hombres y mujeres, porque también los hombres ahora participan en certámenes de belleza. De pronto esa persona que participa en un concurso tiene un propósito de vida y encuentra en esa oportunidad las herramientas para hacer realidad su propósito: por ejemplo, mejorar la calidad de vida de una zona o ayudar en la prevención del cáncer. No es que sea importante participar en un concurso, pero puede ser algo muy beneficioso para los que participan.
«Ahora, en cuanto al público general, depende. Hay contenidos para todos y hay personas a las que les encanta un concurso de belleza para ver a las muchachas o los muchachos, criticarlas, ver cómo se visten, si hacen tendencia con el vestuario o el maquillaje. Eso está muy muy enraizado en la identidad venezolana. ¿Si ha perdido interés o no? Ha perdido interés en algunos aspectos, pero ha ganado en otros. Cuando yo concursé, de hecho, el certamen de Miss Venezuela venía en declive y fue justamente nuestra elección la que lo volvió a levantar, porque si algo no fue (ese Miss Venezuela 1976), fue un certamen o un año gris. Con los años ha cambiado, pero la gente sí está interesada en los certámenes de belleza».
—Fue una Miss Venezuela putativa.
—Para los que son nuevos, por los que están muy jovencitos y no lo vivieron, resulta que un 21 de mayo de 1976 yo estaba participando en el Miss Venezuela, me gana Elluz Peraza y yo quedo primera finalista. A las 36 horas, Elluz decide, de la noche a la mañana, que ella se casa. Y se casó. Esto fue un viernes y el lunes inmediato siguiente fui coronada. Tú me preguntas: ¿cómo me sentía en ese momento? Una mezcla de emociones. Por un lado yo estaba contenta de recibir la corona, por las vivencias que se me habían dado durante todo mi proceso de concurso. Pero al mismo tiempo estaba muy triste por Elluz. Yo la veía vulnerable. Salía en todos los periódicos por lo hermosa, por lo simpática, por lo agradable que era, y de pronto la veo siendo criticada por haber tomado una decisión que además solo le correspondía a ella. El tema de ser Miss Venezuela, o de casarse, tomar una decisión diferente y seguir un camino distinto era solo suyo. Fue una muchacha digna que decidió qué quería hacer con su vida y lo hizo. Verla a ella vulnerable me hizo sentir realmente empática. Éramos casi de la misma edad. Yo tenía 17 y ella apenas 18. Era verme en sus zapatos y lo que ella estaba viviendo en ese momento.
—¿A qué desfile le tenía miedo?
—Tú sientes que estás con la representación de toda una nación y más en el caso mío. No necesariamente me consideraron una reina legítima: no había ganado, sino que había sido coronada porque la otra había renunciado. Entonces, sí, había presión y yo necesitaba demostrar que me lo merecía, que era capaz de representar a mi país con una buena imagen. Decían que yo iba a hacer pasar penas a mi país, que yo lo iba a avergonzar. Y claro, era un reto muy grande. Lo que me puso más nerviosa en el Miss Universo era clasificar. No los desfiles, ni las preguntas. Mi preocupación era que yo no hiciera nada y pasar sin pena ni gloria, porque así decían que iba a ser. Imagínate que yo no hubiera quedado ni siquiera entre las semifinalistas. Entonces, ¿qué me ponía nerviosa? Éramos 12 finalistas y fui llamada penúltima. Estaba atacada.
—En su época, ¿cada miss tenía un equipo completo de profesionales como ahora?
—Sí lo había, por ejemplo, detrás de Elluz. Como a ella la tenía Osmel (Sousa), obviamente le tenía el maquillador, la gente que la vestía, los accesorios se le conseguían. En el caso del resto de las candidatas, nosotras cada una resolvía como podía. A mí me vistieron las fábricas de ropa de El Silencio. Muchos amigos y amigas de mi mamá que abrían los closets y gavetas y sacaban sus atuendos. O me daban dinero para que comprara una blusa o un vestido para una presentación. Sí tenía un maquillador, y me quería muchísimo. Siempre hay gente alrededor que te ayuda, pero no todo el mundo de manera profesional y formal.
La animadora
—Al terminar de ser reina, ¿cómo era su dilema vocacional?
—El dilema de seguir en el mundo artístico, o no, realmente no me lo planteé. Tenía ya una carrera profesional como modelo, desde los 15 años yo transitaba las pasarelas en distintas ciudades, formaba parte de gran cantidad de folletos de marcas reconocidas y marcas que venían apenas apareciendo en el mercado. El concurso de belleza no me puso en la disyuntiva de seguir o no, yo ya estaba dentro. Tampoco tenía en mis planes actuar. Yo llegué ahí (a la actuación) por cumplimiento del contrato que tenía con Venevisión. Una se quedaba un cierto tiempo casada con el canal que transmitía el concurso (Miss Venezuela) y por eso comencé a actuar. Pero un poco más adelante se me presenta la oportunidad de animar. Y cuando me dieron ese momento en el que podía desarrollar mi propia personalidad, sin tener que crear un personaje, que yo podía hablar con mis propias palabras del tema que se estuviese tratando en un espacio de TV pues mira, eso me encantó. Yo dije: Esto es lo que quiero hacer. Además, por supuesto, de hacer luego mis estudios universitarios. Fue una carrera continua de 17 años como animadora en RCTV.
—De 17 años, diga un momento como animadora que se le venga a la mente.
—Quizás sería cuando vino Juan Gabriel y lo presentamos en el Teatro La Campiña. Era un ambiente maravilloso y poderoso. Y cuando me tocó presentarlo a él, yo no me podía mover. No lo lograba, tenía el micrófono en la mano y necesitaba entrar a escena porque el programa comenzó con él cantando. Yo iba a entrar después para la segunda canción y para entrevistarlo. Y me quedé pasmada, no podía, me sentía que yo era minúscula al lado de aquella figura potente de Juan Gabriel. Bueno, entre una cosa y otra, el equipo de producción logró despertarme y salí airosa. El hombre me abrazó, me besó, me agarró de las manos, nos hicimos fotos y todo, pero fue un momento para mí difícil porque sentí que yo no estaba a la altura de presentarlo a él.
—¿Qué hacer cuando uno se queda en blanco en un escenario?
—No hay nada mejor que estar preparado. Yo jamás me confié del guion. El guion para mí era una guía y yo siempre he sido muy estudiosa. Uno está allí como imagen, pero el artista es el protagonista. No hay nada peor que tú llegues a un escenario a presentar a una persona y ni siquiera sepas quién es. O no conozcas su trayectoria, solo su nombre o lo que dice en el guion. Eso a mí me parece irresponsable. Lo que yo hacía era estudiarme al personaje que iba a presentar al día siguiente. ¿Cuál era su carrera? ¿Cuáles fueron sus momentos icónicos? ¿Cuáles fueron sus grandes éxitos? Todo lo que yo pudiese saber. Una vez me tocó con Gledys Ibarra en un programa llamado Cita con. Gledys se quedó impactada cuando me escuchó. ‘Tú te acuerdas de todos mis personajes y de todas mis telenovelas. Ni yo me acuerdo’, me dijo. Eso muestra tu responsabilidad como conductor del programa y si se te olvida algo, si te equivocas, puedes arreglarlo sobre la marcha con más información.
—¿Impuso un estilo de belleza como una mujer muy representativa de la mayoría de las venezolanas?
—Yo estoy segura de que sí. Yo me cortaba de algún modo el cabello y la gente se cortaba el cabello así. Yo me vestía de cierto modo y la gente se vestía así. Pero hubo algo que todavía recuerdo mucho: casi siempre usé este mismo tipo de corte, bien con la raya en el medio, a lo mejor con una pollinita, un poquito más corto atrás y más largo delante o me lo ponía asimétrico, más corto aquí, más largo acá. Bueno, pero el corte mío todo el mundo lo identificaba. Y después, años después, llegó la telenovela Niña Bonita (1988) con Ruddy Rodríguez. Y el corte de Niña Bonita era exactamente el corte que yo utilizaba todo el tiempo, y empezaron a llamarlo el corte Niña Bonita por Ruddy y en realidad lo había impuesto yo. Pero bueno.
La profesional
—¿Por qué abogada?
—También fue algo que me cayó de repente, fue un tema de destino. Lo que quería ser era médico y estaba estudiando Medicina, pero por temas de salud terminé saliéndome del semestre, no pude reincorporarme a tiempo y perdí el cupo. Mientras esperaba que me volviese a salir el cupo, yo dije: ‘Bueno, necesito estudiar algo’. Le decía a mi mamá que yo sentía que las dendritas se me llenaban de telarañas. Mientras tanto, así fuese por cultura general iba a hacer otra carrera y fue justamente Derecho. Nunca me volvió a salir mi cupo de Medicina, terminé mi carrera de abogada y me especialicé en propiedad intelectual. Eso sí lo hice a conciencia porque ya tenía tiempo trabajando en el grupo de Empresas 1BC (el consorcio al que pertenecía RCTV) como abogado de marca.
—Como estudiante de Medicina, ¿le tocó la famosa clase de los cadáveres?
—Efectivamente, tuve la oportunidad de ver cuerpos, pero cuerpos abiertos. No cuerpos de los ya fallecidos, pero presencié muchas operaciones. Una sustitución de fémur, un cáncer de mama, una operación de un tumor en el cerebro. Me quedé sorprendida de lo que es el cuerpo humano por dentro. Es hermoso. Imagínate a los que les gusta la informática, cuando ustedes arman y desarman los equipos, y empiezan a ver todas esas piecitas y que todo tiene justificación en el sitio donde está: así es el cuerpo humano, igualito. Y la gente piensa: ‘Es que voy a ver un sangrero’. No, está todo ubicado donde tiene que estar y al abrirlo era perfecto. Yo decía: ‘No puedo creer que el cuerpo sea así’. Pero lo que más me impactó ni siquiera fue una cirugía, sino el nacimiento natural de un bebé. A mí la mandíbula se me cayó.
—¿Cuál es su mayor satisfacción fuera del Miss Venezuela o la animación?
—Mi mayor satisfacción como abogada es saber que hago las cosas bien, que las hago con responsabilidad, que puedo ser útil a una persona, a un cliente, a una empresa que tenga algún inconveniente que hay que resolver. O prevenir que se le presente un problema serio. Al principio yo siempre decía que parecía un bombero, porque cuando me llegaban los clientes era porque ya tenían un problema avanzado. Ahora no, he logrado crear conciencia de la importancia de las marcas, de las patentes, del derecho de autor, de todos los elementos que hacen de la vida de la propiedad intelectual algo vital para las empresas y para las personas naturales.
—¿Y qué piensa de todo lo que ha pasado en Venezuela estas tres últimas décadas?
—Ha sido en modo supervivencia. Lo bueno es que el venezolano siempre ha sabido cómo salir adelante en la circunstancia que le toque. Con lo que tenemos, nosotros siempre salimos adelante. Con lo que hay, siempre nos ponemos creativos, siempre generamos alguna idea mejor. Lo que hemos estado viviendo, lo que ha hecho es potenciar esa capacidad del ciudadano venezolano de salir adelante, pase lo que pase, esté quien esté. Y siempre hemos podido mostrar esa habilidad emprendedora que nos identifica. Hubo gente que logró sobrevivir y ganar dinero en la pandemia sin salir de su casa. ¿Por qué? Porque somos ingeniosos, porque tenemos clarísimo que nadie va a hacer nada por nosotros si nosotros no lo hacemos. Así que es que eso es lo que somos los venezolanos.
—¿Es abuela?
—Tengo dos hijas y tres nietas. Todas mujeres. Puras mujeres. Mis nietas se llaman Lucía (7 años), Paula la del medio (va para los 4 años) y Alba, la más chiquita. Acaba de cumplir un año.
—¿Le afectó la migración?
—Sí, afectó a mi familia. La mayoría de los jóvenes de mi familia están fuera de Venezuela. De hecho, mis dos hijas viven en España. Una de ellas se fue casada con un venezolano, la otra conoció un español y se casó, mis tres nietas son mitad venezolanas y mitad españolas. Además por el tema de la familia grande. Yo no veo a mi familia solamente como mi mamá y mis hermanos. Que nosotros somos un montón de hermanos. Ni siquiera como las personas que tienen mi mismo apellido. Como todo venezolano, la familia es todo aquel que está alrededor y que de algún modo nos acompaña, nos abraza, nos cobija, nos ayuda, nos apoya y se deja apoyar. Hemos sufrido mucho, hemos visto cómo personas mayores se quedaron muy solas, pero era la necesidad. Había que permitir que los muchachos salieran del país por circunstancias específicas. No están desaparecidos, no están presos en ningún lado, no están pasando trabajo, gracias a Dios. Están trabajando, están legales y están multiplicándose.
—¿Por qué un libro?
—Es una forma de dejar un legado a mi familia, porque comienzo por mi familia, pero también para las muchachas e incluso para los muchachos que quieren competir en concursos de belleza. Porque ahí hay mucha historia, mucha experiencia, por supuesto, desde mi punto de vista, cómo viví yo el concurso, cómo lo sufrí. Porque sí lo sufrí. Cómo lo disfruté, porque sí lo disfruté. Uno entra a un concurso creyendo en pajaritos preñados, como siempre dice mi mamá. Uno llega lleno de ilusiones, con expectativas y puede que sí, como puede que no, se cumplan. Entonces, hay que llegar con los pies sobre la tierra, mantener siempre un cable a tierra y saber que el hecho de que ganes o no ganes no va a determinar tu mundo futuro, no va a determinar quién seas tú, no va a ser un cambio a menos que tú lo quieras. Si tú quieres prosperar, ganes o no ganes, vas a prosperar. Entonces quiero dejarle por escrito, al común denominador de aquellas personas que quieren participar, cómo fue mi experiencia y que se pongan en mis zapatos. Les va a dejar mucho aprendizaje aunque uno no aprende en cabeza ajena.
Fuente: El Nacional
Por: Alexis Correia
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