La paradoja de estar conectadas pero solas| Por: Diannaly Muñoz Blanco

(16 junio 2026) Pasamos el día pegadas al teléfono, enviando notas de voz y revisando redes sociales casi por inercia en una dinámica que nos hace parecer más acompañadas que nunca; porque la tecnología nos pone a cualquier persona a un toque de pantalla, sin embargo, la realidad detrás de este parpadeo constante, de los «me gusta» y de las notificaciones es mucho más compleja de lo que asumimos.
Es verdad que estar conectadas es necesario para trabajar, reportarnos o saber que la familia está bien. Sin embargo, más allá de esa utilidad diaria, muchas veces usamos las pantallas solo para ocupar el tiempo libre y esquivar un silencio que nos incomoda. En la camionetica o en el metro, por ejemplo, nos refugiamos en el teléfono para aligerar el viaje, y quizás esa necesidad de mantener la mente ocupada sea solo una defensa, una manera de lidiar con el miedo a la soledad que muchas llevamos por dentro y pocas veces comentamos.
Ahora bien, resulta paradójico que esta época, tan llena de herramientas para hablar con cualquiera, sea precisamente la que ponga en evidencia nuestro aislamiento y desconexión humana. Con frecuencia, el teléfono nos acerca a quienes están a miles de kilómetros mientras nos resta atención para la persona que tenemos al lado. Lo complejo es que esa acumulación de mensajes diarios puede terminar camuflando la distancia, como un recordatorio silencioso de que estar en línea rara vez sustituye el estar acompañadas.
Y es que para entender lo que nos pasa, hace falta separar dos experiencias que solemos confundir: una cosa es estar sola y otra muy diferente es sentirse sola. Estar sola es un estado físico, una circunstancia que, elegida a conciencia, puede ser un espacio sabroso de paz y reencuentro con una misma. El verdadero sufrimiento por otra parte, ese capaz de desgastarnos por dentro, viene cuando nos sentimos solas. Es un dolor emocional que nace de la sensación profunda de pasar desapercibidas, de sentirnos incomprendidas o de no importarle a nadie, aunque tengamos el teléfono lleno de interacciones.
Ante ese malestar, el impulso automático es refugiarse en lo digital. Sin embargo, superarlo exige romper el aislamiento e incorporarnos en los espacios comunitarios, procurando participar en actividades educativas, deportivas o culturales donde nuestra presencia sea importante. Pasa, por ejemplo, en los talleres del Centro de Asesoría Legal Padre Olaso, donde aunque la meta es formativa, terminamos construyendo redes de apoyo para que la gente —sobre todo mujeres y adultos mayores— vaya a distraerse y sentirse en familia. Ahí lo técnico queda a un lado. Entre dinámicas y conversaciones, especialmente cuando comenzamos hace unos tres años, era común escuchar entre las participantes la misma confesión sobre el miedo a la casa vacía y a quedarse solas. Un temor que, como venezolanas, nos toca desde una raíz histórica muy particular.
Crecimos en una cultura de puertas abiertas y bochinche. Nos acostumbramos a las dinámicas de las familias grandes, donde los abuelos eran el centro de todo, con ruido constante, almuerzos largos de domingo y vecinos que pasaban sin avisar, solo por un café. En Venezuela no sabíamos lo que era ver a un adulto mayor envejecer en soledad, o al menos no era lo común, porque la vida se sostenía en la cercanía. Pero la realidad cambió. La migración vació nuestras comunidades y dejó muchas casas en silencio, obligando a miles de madres y abuelos a vivir una vejez que nunca imaginaron porque sus hijos y nietos tuvieron que hacer maletas e irse. Por eso la tecnología termina siendo apenas un pañito de agua tibia. Aunque se agradece la videollamada para ver cómo crecen los muchachos en otras latitudes, el golpe de realidad llega después. Cuando la pantalla se apaga, el vacío en la sala pega con fuerza y nos devuelve a la soledad.
De cualquier modo, reconocer este miedo es el primer paso para transformarlo. No podemos frenar los procesos migratorios ni apagar los avances tecnológicos, pero sí podemos ganarle terreno a la soledad desde nuestros propios entornos. La experiencia nos demuestra que encontrarse con otros y seguir aprendiendo es lo que verdaderamente nos sostiene. Cuando una persona asiste a un espacio formativo o comunitario, no va solamente a buscar un certificado o una herramienta, sino a recordar quién es, a coincidir con gente que está pasando por lo mismo y a darse cuenta de que no está sola.
Al final, estar presente no depende de los megas ni de la conexión a internet. Con tantos hogares donde ahora queda menos gente, nos toca asumir la tarea de apoyarnos para no dejar que el aislamiento gane terreno en ninguna comunidad. Por eso, la próxima vez que te acuerdes de esa vecina mayor a la que se le fue la familia, deja el teléfono a un lado y no le mandes un mensaje. Tócale la puerta, pregúntale cómo está y tómense ese café que tanta falta hace, recuperando esa cercanía real que nos desconecta de las pantallas y nos devuelve, con su calor de hogar, a la Venezuela de la que venimos.
Díannaly Muñoz Blanco: diannalymunoz@gmail.com
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