La salud femenina en La Guaira se convierte en otra emergencia después de los terremotos

Mientras la atención continúa concentrada en la búsqueda de desaparecidos y la reconstrucción de las zonas devastadas por los terremotos del 24 de junio en el litoral central, miles de mujeres embarazadas, adolescentes, sobrevivientes de violencia sexual y mujeres en general enfrentan riesgos relacionados con su salud femenina. Las jornadas impulsadas por la Fundación Más que un Aporte buscan llenar ese vacío con atención ginecológica, planificación familiar y acompañamiento médico en una población profundamente vulnerable

Las mujeres en La Guaira enfrentan ahora otra crisis menos visible: la de acceder a servicios básicos de salud sexual y reproductiva en medio de una emergencia humanitaria | Foto Tairy González

(El Nacional/11 agosto 2026) Tras haber nacido con apenas 33 semanas de gestación, la bebé de Claris Marcos permanecía conectada a oxígeno en el área de neonatología del Hospital del Seguro Social de La Guaira cuando los terremotos del 24 de junio transformaron el centro médico en un escenario de caos. Los equipos caían al suelo, el personal corría y, en medio de la desesperación, las madres que recién habían dado a luz se quedaron prácticamente solas. Horas después, gracias al esfuerzo titánico de familiares y voluntarios, lograron salir del lugar. Sin embargo, la emergencia no terminó aquella noche. Para Marcos, las semanas posteriores estuvieron marcadas por la interrupción de controles médicos y una profunda carga emocional que todavía intenta procesar. Por eso acudió el martes 4 de agosto a la jornada médica organizada por la Fundación Más que un Aporte en Caraballeda. Necesitaba una revisión ginecológica que no había podido realizar desde el nacimiento de su hija.

La historia de Claris se repite entre decenas de mujeres que, además de haber sobrevivido al desastre, ahora enfrentan una crisis para acceder a servicios básicos de salud sexual y reproductiva en medio de una emergencia humanitaria. La situación es especialmente preocupante entre embarazadas y adolescentes que desde hace más de un mes se encuentran viviendo en refugios improvisados o campamentos levantados junto a edificios parcialmente colapsados.

«Logramos identificar la vulnerabilidad de las mujeres en sus diferentes etapas y desarrollamos el programa de salud femenina en situación de desastre», explicó el ginecobstetra Alejandro Pazos, director médico de la Fundación Más que un Aporte.

La iniciativa nació de una realidad que comenzó a hacerse evidente apenas iniciaron los recorridos por las comunidades afectadas en La Guaira. Miles de mujeres habían perdido sus historias médicas, sus exámenes prenatales, el contacto con sus médicos tratantes o incluso los centros donde recibían atención.

Estimaciones de organismos internacionales citados por Pazos indicaban que antes del desastre existían alrededor de 30.000 mujeres embarazadas en La Guaira, de las cuales unas 4.000 se encontraban próximas al parto.

Ante ese escenario, la fundación convirtió en prioridad la continuidad de los controles prenatales y de la atención ginecológica, tomando como base protocolos que ya existen a nivel internacional para la atención de mujeres bajo estas condiciones.

Una consulta médica en medio del desastre

El hospital de campaña levantado en los espacios del restaurante McDonald’s de Caraballeda, en La Guaira, se convirtió desde el inicio de la emergencia en una especie de consultorio colectivo. Desde temprano comienzan a llegar mujeres embarazadas, madres recientes, adolescentes acompañadas por familiares y sobrevivientes que buscan resolver problemas de salud que quedaron relegados por la emergencia.

Dentro del grupo que esperaba por atenderse se encontraba Claris, en compañía de su madre, Claudia, que sostenía en sus brazos a la pequeña bebé de la joven. Es la primera vez desde los terremotos que la joven recorre La Guaira y observa el nivel de destrucción en el que quedó la ciudad donde ha hecho su vida. Tiene los sentimientos a flor de piel. Aunque no perdió a ningún familiar cercano, sí fallecieron muchos amigos, vecinos y compañeros de trabajo, entre ellos, una joven embarazada de pocos meses.

«Está asustada por lo que está viendo. Nosotros nos fuimos a Higuerote luego de que dieron de alta a la bebé para que estuvieran más tranquilas. Hoy es que venimos bajando para acá y ella está muy afectada. Una cosa es ver los videos y otra verlo en persona», comentó su madre, que también esperaba ser atendida durante la jornada para retirarse un punto de una cirugía que se realizó poco antes del doblete sísmico.

Claris casi perdió a su hija. Debido a su delicado estado de salud por haber nacido prematura, la pequeña se encontraba en incubadora cuando la tierra comenzó a moverse. «Fue una locura porque no teníamos los medios para para sacar a la los niños de allí y as personas no nos querían ayudar porque no se atrevían a subir al piso donde se encontraban. Casi a las 9:00 pm fue que pudimos sacar a siete niños prematuros, únicamente con ayuda de mi esposo, mis dos hermanos, el papá de otra bebé hospitalizada, algunas mamás, la doctora de neonatología, una enfermara y una mucama. Mi hija estuvo casi 30 minutos sin oxígeno, al igual que los otros prematuros. Prácticamente entre los padres obligamos a una ambulancia a trasladarnos a Caracas», recordó.

Una vez en Caracas, los bebés fueron ingresados al Hospital General Dr. Miguel Pérez Carreño IVSS. La hija de Claris estuvo algunos días en estado delicado por el tiempo que pasó sin oxígeno, sin embargo, logró recuperarse y fue dada de alta luego de dos semanas. «Ella fue la que más rápido salió del hospital, lamentablemente otra bebé que estaba junto a ella no lo logró y falleció».

Tras volver a La Guaira, Claris buscó la atención médica que no había podido recibir en semanas. Se enteró del trabajo de la Fundación Más que un Aporte y decidió acercarse en busca de alivio para algunas molestias que estaba presentando por no haber cumplido adecuadamente con el reposo postparto.

Otras jóvenes presentes en la jornada acudieron para retomar sus controles prenatales. Otras buscaban orientación sobre planificación familiar. También había quienes llegaban únicamente para escuchar, por primera vez desde el terremoto, el latido de sus bebés.

Ese fue el caso de María de Jesús Gutiérrez, embarazada de seis meses y medio. «Me enteré por medio de una amiga que habría una jornada acá. Me fue muy bien. Excelente el doctor, excelente el trato. Estaba preocupada, pero por fin pude escuchar el corazón de mi bebé», contó después de salir de consulta.

Aunque su vivienda no sufrió daños estructurales importantes, la tragedia dejó profundas heridas en su entorno familiar. «Perdí a mi prima. Éramos muy apegadas y siento que he caído como en depresión. Sin embargo, sé que tengo que estar bien porque todo lo que me pasa a mí también le afecta a mi bebé», comentó acariciando su vientre.

Su embarazo también sufrió otra consecuencia menos visible. Desde mayo no había podido asistir a controles médicos debido a que la maternidad donde recibía atención en La Guaira resultó afectada por los terremotos y todavía permanece fuera de servicio. «Es preocupante porque estoy en mi último trimestre de embarazo. Trato de estar tranquila, pero si es muy difícil todo lo que está pasando y todo la gente que perdimos», explicó.

Más allá de la pérdida de infraestructura hospitalaria, las condiciones de vida posteriores al terremoto representan un desafío adicional para quienes continúan sus embarazos. Dormir sobre colchonetas o en carpas improvisadas, no disponer de agua potable de forma permanente, carecer de baños adecuados o enfrentar dificultades para alimentarse bien incrementa los riesgos obstétricos.

«Los problemas son multifactoriales. La mujer embarazada necesita condiciones óptimas para descansar, una alimentación balanceada de alto valor proteico y condiciones sanitarias adecuadas. Si eso no existe, aumenta el riesgo de infecciones urinarias y ginecológicas», señaló el doctor Pazos.

Esas infecciones pueden desencadenar complicaciones severas, entre ellas, amenazas de parto prematuro, ruptura temprana de membranas e incluso infecciones en el recién nacido.

A esos riesgos se suma el impacto psicológico que dejó la tragedia. El estrés extremo, la pérdida de familiares, el desplazamiento y la incertidumbre sobre el futuro también afectan la evolución de un embarazo.

«Los estados de estrés pueden generar procesos inflamatorios, aumentar las contracciones, producir ansiedad, alterar el sueño y comprometer el estado nutricional del bebé», explicó el especialista.

Por eso, además de realizar ecografías y evaluaciones ginecológicas, las jornadas buscan identificar tempranamente a las pacientes con mayor nivel de riesgo para canalizarlas hacia centros donde puedan recibir seguimiento especializado.

No se trata únicamente de atender una consulta, dijo Pazos, se trata de impedir que una segunda emergencia —más silenciosa, menos visible y profundamente desigual— termine agravando las consecuencias de la primera.

Embarazos adolescentes, anticoncepción y violencia sexual

A las consultas que ofrece la Fundación Más que un Aporte en La Guaira también llegan muchas adolescentes. Algunas por primera vez. Otras acuden para recibir información sobre métodos anticonceptivos. También están quienes llegan tras haber iniciado su vida sexual sin acceso a orientación médica, mientras que algunas están embarazadas.

Para el ginecobstetra, todas forman parte de un grupo que los terremotos expusieron a riesgos todavía mayores. «Desafortunadamente, a raíz de toda esta situación son muchas las adolescentes que quedaron desprotegidas y sin supervisión familiar. Al estar en albergues o refugios, sin condiciones óptimas, se hacen mucho más vulnerables a embarazos no planificados y no deseados», advirtió Pazos.

Esta preocupación forma parte de un problema que Venezuela arrastra desde hace años y que, según el especialista, la emergencia sísmica amenaza con profundizar. La tasa de embarazo en adolescentes en Venezuela es una de las más altas de Latinoamérica, con un estimado de 101 casos por cada 1.000 jóvenes de entre 15 y 19 años, según reportes de organizaciones expertas en salud reproductiva y ONGs locales como Cedesex.

«Ya era un problema nacional; el terremoto solo lo hizo más visible», señaló Pazos al explicar que la diferencia es que ahora convergen múltiples factores que incrementan esa vulnerabilidad, especialmente en las jóvenes que se encuentran en refugios, campamentos improvisados donde falta la energía eléctrica y los niveles de seguridad son limitados.

«Hay mucha gente sin supervisión. Ese es uno de los grandes riesgos que estamos enfrentando hoy como sociedad. Es un llamado de atención para los líderes sanitarios y para los responsables de refugios y albergues. Los sistemas de supervisión, aislamiento y condiciones sanitarias deben recibir una atención superior», manifestó.

El especialista considera que la respuesta humanitaria no puede limitarse únicamente a distribuir alimentos, agua o medicamentos. También debe incorporar medidas específicas para proteger a niñas y adolescentes.

Además de enfocarse en las menores de edad, la respuesta diseñada por la fundación contempla un componente que pocas veces aparece asociado a un desastre natural: la planificación familiar. Durante cada jornada, además de consultas ginecológicas, ecografías y evaluación prenatal, el equipo distribuye gratuitamente métodos anticonceptivos.

El objetivo, según Pazos, es prevenir que la crisis derive en una segunda emergencia sanitaria. «Estamos aplicando de manera masiva métodos anticonceptivos. Los de barrera tienen un doble objetivo: evitar embarazos precoces y prevenir enfermedades de transmisión sexual», indicó.

La estrategia incluye preservativos, anticonceptivos hormonales inyectables de aplicación mensual y trimestral, así como la posibilidad de incorporar implantes subdérmicos cuando existan las condiciones para ello.

«Con los métodos hormonales logramos cubrir a nuestras adolescentes o mujeres en edad reproductiva durante tres meses y, si logramos acceder a implantes subdérmicos, podemos protegerlas entre tres y cinco años», detalló.

Para el especialista, la prevención adquiere una dimensión distinta en medio de una emergencia de esta magnitud. «Ya tenemos una condición vulnerable. Ya existe un problema. No podemos permitir que ahora se sigan embarazando mujeres bajo esta situación», sostuvo.

Otro de los ejes del programa diseñado por la Fundación Más que un Aporte aborda la violencia basada en género, un fenómeno que suele permanecer oculto durante las crisis humanitarias.

Desde las primeras jornadas, contó el doctor, comenzaron a recibir relatos que encendieron las alarmas. «No hemos tenido únicamente embarazadas. También hemos recibido notificaciones de adolescentes abusadas, manipuladas y extorsionadas en diferentes niveles. Son situaciones alarmantes que hay que atender de manera inmediata», afirmó Pazos.

Por esa razón, además del equipo médico, la organización incorporó abogados especializados para atender las denuncias.

«Si una mujer ha sido víctima de violencia o abuso de género, contamos con un equipo legal especializado. Se le brinda el manejo médico correspondiente y también el acompañamiento jurídico», explicó.

Aunque el especialista evita ofrecer cifras mientras los casos continúan siendo evaluados, insiste en que el riesgo aumenta cuando desaparecen las redes tradicionales de protección y las mujeres se ven forzadas a dormir en refugios improvisados, compartir espacios reducidos con desconocidos y permanecer durante semanas lejos del entorno familiar.

La salud menstrual es parte de la emergencia

Cuando se habla de asistencia humanitaria después de un terremoto, rara vez aparece otro aspecto esencial para miles de mujeres como lo es la menstruación.

Pazos sostiene que garantizar la salud menstrual también constituye una medida de protección.

«Estamos buscando ofrecerles a todas estas mujeres una condición digna de salud menstrual. Desafortunadamente, son muchos los lugares donde no existen condiciones sanitarias óptimas ni privacidad suficiente para las mujeres que están menstruando», explicó.

El especialista insistió en que la educación menstrual continúa siendo un tema rodeado de tabúes en Venezuela y que la emergencia dejó aún más expuestas esas carencias. «Los programas de salud y dignidad menstrual permiten que las adolescentes tengan más información sobre su propio cuerpo y una mejor calidad de vida. Deben saber qué significa la menstruación, con qué frecuencia ocurre, cuánto dura y cómo manejarla adecuadamente».

Esa falta de información, añadió, también retrasa el diagnóstico de enfermedades ginecológicas. Citó como ejemplo la endometriosis, cuyos síntomas muchas veces son normalizados durante años porque persiste la creencia de que todo dolor menstrual intenso forma parte del desarrollo habitual de una adolescente.

Más allá de la atención inmediata, Pazos considera que la tragedia dejó al descubierto vacíos estructurales en materia de salud sexual y reproductiva.

A su juicio, la respuesta no puede agotarse cuando desaparezcan los campamentos o concluyan las jornadas médicas. «Los programas de salud sexual y reproductiva deben masificarse. Los talleres de planificación familiar y la distribución de métodos anticonceptivos tienen que formar parte de las políticas públicas y llegar también a los centros educativos».

También cuestionó que numerosos planteles aún eviten abordar estos contenidos mientras niñas y adolescentes acceden diariamente a información de dudosa calidad a través de internet.

«Hoy los muchachos tienen mucho más acceso a las redes sociales que a información correcta. No podemos seguir escondiendo la cabeza. Tenemos que enseñar, informar y acompañar», afirmó.

La emergencia provocada por los terremotos aceleró una discusión que, para el especialista, el país lleva años posponiendo: reconstruir las redes de protección para miles de mujeres y adolescentes.

Un espacio para hablar

Las consultas ginecológicas en La Guaira terminaron convirtiéndose también en un lugar para hablar de aquello que muchas sobrevivientes no habían podido contar desde el 24 de junio.

Mientras esperaban ser atendidas, varias mujeres compartieron con El Nacional las secuelas que aún arrastran casi dos meses después del desastre: dolores físicos que no desaparecen, tratamientos interrumpidos, ansiedad, pérdidas materiales y una sensación común de haber quedado suspendidas en una emergencia que todavía no termina.

Entre ellas estaba Karla Delgado, quien acudió a la jornada acompañando a su nuera, Treizy Patricia Ramírez. Ambas sobrevivieron al colapso del edificio donde vivían, en la avenida José María España de Caraballeda, en La Guaira.

«El edificio fue el primero que se cayó cuando uno venía bajando el Playón. Yo había salido minutos antes del terremoto, pero mi hijo, mi nuera y nuestra perrita quedaron atrapados. Gracias a Dios los rescataron con vida casi diez horas después», recordó.

Desde entonces, explicó, ambos continúan presentando secuelas físicas. «Mi nuera tiene dolores en la cervical y en un pie por la forma en que quedó atrapada. Mi hijo también sigue en tratamiento», manifestó.

Delgado reconoce que, además de las lesiones, permanece el impacto emocional de haber visto desaparecer el hogar donde vivió durante un cuarto de siglo. «No fue fácil llegar a esa residencia donde tenía 25 años viviendo y encontrarme con mis muchachos debajo de los escombros. Ella para mí es como una hija. Yo empecé a gritar. Busqué ayuda. Me tiré en el suelo. Fueron momentos de desesperación».

A pocos metros de ella, Tracy Patricia Ramírez revive cada detalle con una precisión que revela que la experiencia sigue muy presente. Tras escuchar la alarma, la pareja intentó salir del apartamento junto a su mascota, pero ya era demasiado tarde. Todo se venía abajo. Se abrazaron y todo a su alrededor colapsó.

«Fue horrible. Pensábamos que no íbamos a salir de allí. Escuchábamos personas pidiendo auxilio por todos lados y sentimos que la muerte estaba muy cerca», relató.

Cuenta que permaneció atrapada junto con su esposo durante casi diez horas, rodeados de concreto y respirando gases que escapaban de una nevera destruida por el derrumbe. «Mi pareja se desmayó varias veces porque inhalamos amoníaco. Yo gritaba y nadie me escuchaba. Hubo un momento en que todo quedó en silencio y pensé que nos habían dejado allí».

La desesperación dio paso, dice, a una imagen que todavía la emociona.

«De repente vimos una luz. Nos preguntaron nuestros nombres y comenzaron a abrir un hueco para sacarnos. Yo sentí que estaba viendo a Dios», contó.

Ambos sobrevivieron protegidos por un pequeño espacio que quedó entre las losas del edificio. «Cuando después vimos cómo había quedado entendimos que fue un milagro. Teníamos concreto a los lados, al frente y encima. Era un espacio mínimo».

La joven afirmó que las secuelas de los terremotos aún están presentes. Hoy continúa enfrentando dolores físicos, revisiones médicas y la incertidumbre de empezar nuevamente después de perder prácticamente todas sus pertenencias.

«No es solamente perder una nevera o una cama. Allí estaba toda nuestra vida», precisó.

Su suegra coincide.

«Hay gente que dice: ‘Bueno, tienes a tu hijo vivo’. Claro que doy gracias a Dios por eso. Pero también duele perder el hogar donde construiste toda tu vida. Uno puede volver a comprar cosas, aunque en Venezuela sea muy difícil, pero hay recuerdos que no vuelven», reconoció.

Mientras hablaba, hacía una reflexión que iba más allá de su propia historia. «Aprendamos a ser seres humanos. Si vas a ayudar, hazlo de corazón. Todos perdimos algo en esta tragedia», manifestó.

Aunque ambas acudieron principalmente para recibir atención médica, la consulta también representaba otra cosa. Era una oportunidad para comenzar a recuperar cierta normalidad.

«Nos avisaron de la jornada hace una semana y vinimos porque es un beneficio gratuito. Ahorita uno aprovecha cualquier oportunidad para atenderse porque no sabemos cuando podamos dar seguimiento a nuestra salud. Ahora estamos buscando ayuda para que ambos reciban terapia psicológica porque el trauma que dejó el terremoto todavía está allí», explicó Delgado.

La madre de Claris, Claudia, coincide en la necesidad de buscar ayuda y considera que la tragedia dejó una huella emocional que todavía no ha comenzado a sanar.

«Hay mucha gente que necesita ayuda psicológica. Hay personas que perdieron a su familia completa. Eso también hay que atenderlo. La reconstrucción de viviendas será un proceso largo, pero reconstruir la estabilidad emocional podría tomar todavía más tiempo», afirmó.

Dificultades para acceder a atención médica

La jornada también reunió a mujeres que acudían después de haber intentado recibir atención en otros puntos instalados en la zona de desastre.

Una de ellas, que pidió mantener en reserva su identidad, aseguró que pasó buena parte del día recorriendo distintos campamentos sin lograr ser atendida adecuadamente por un médico.

«Desde esta mañana ando buscando un médico porque dicen que aquí, en la zona cero, hay todas las especialidades, pero eso no es verdad», manifestó.

Relató que acudió primero a un puesto de atención instalado en el sector Casas de Golf y posteriormente a otro campamento cercano. Según su testimonio, en ninguno consiguió la evaluación que necesitaba.

«Me dijeron que la doctora no estaba y después que ya no iba a venir más. Me tomaron la tensión, me colocaron un tratamiento, pero ni siquiera me explicaron qué medicamento era. No me dieron nada para llevar a mi casa», contó.

La mujer sostuvo que también observó fallas en la entrega de medicamentos y pidió mayor supervisión sobre la distribución de la ayuda humanitaria. «Las ayudas tienen que ser supervisadas para que realmente lleguen a quien las necesita y no a los más vivos».

Aunque finalmente logró ser incorporada a la jornada organizada por la Fundación Más que un Aporte, insistió en que muchas personas continúan encontrando obstáculos para acceder a consultas especializadas.

«Lo que uno quiere es que lo atiendan y que el tratamiento sea completo. La emergencia todavía sigue», puntualizó.

El trabajo en La Guaira apenas comienza

Hasta la fecha de este reportaje, la Fundación Más que un Aporte había atendido entre 50 y 75 mujeres mediante jornadas desarrolladas en distintos sectores de La Guaira. Pazos reconoce que esa cifra representa apenas una pequeña parte de la población que requiere atención.

La estrategia de la organización consiste en desplazarse hacia los lugares donde se concentran las mayores necesidades. Para ello han organizado cuatro niveles de intervención.

El primero corresponde a campamentos improvisados levantados junto a edificios parcialmente colapsados, donde las condiciones sanitarias son prácticamente inexistentes.

El segundo contempla pequeños ambulatorios o centros asistenciales que permanecen operativos y permiten instalar equipos portátiles para realizar consultas.

El tercero comprende refugios y albergues previamente coordinados con las autoridades o las organizaciones que los administran.

Finalmente están los hospitales de campaña instalados por organismos nacionales e internacionales, donde la fundación brinda apoyo especializado cuando es requerido. Este el caso de las jornadas de salud femenina realizadas una vez a la semana en el McDonald’s de Caraballeda.

La intención es mantener las jornadas durante los próximos meses. Cada convocatoria se anuncia a través de las redes sociales de la organización, aunque muchas pacientes llegan también por recomendación de otras mujeres que ya fueron atendidas.

Para Alejandro Pazos, la emergencia sanitaria asociada a la salud femenina no desaparecerá cuando concluyan las labores de rescate en La Guaira.

Los próximos meses estarán marcados por el desafío de construir la continuidad de los controles prenatales, identificar a las embarazadas de alto riesgo, garantizar que quienes perdieron a sus médicos tratantes puedan incorporarse nuevamente a un sistema de atención y, al mismo tiempo, evitar que las condiciones creadas por el desastre en La Guaira deriven en nuevos embarazos adolescentes, enfermedades de transmisión sexual o situaciones de violencia basada en género.

«Tenemos que saber dónde están esas embarazadas, cuáles ya fueron canalizadas, cuáles siguen siendo de alto riesgo y continuar masificando los métodos anticonceptivos para evitar que mujeres en esta situación vulnerable enfrenten además un embarazo no planificado», afirmó.

El especialista insiste en que ninguna organización podrá asumir sola ese reto.

«La mejor forma en que la sociedad puede ayudar es difundiendo esta información para que las mujeres sepan que estas jornadas existen y puedan acudir a ellas», sostuvo.

A medida que La Guaira intenta levantarse de la peor tragedia de su historia reciente, especialistas y organizaciones humanitarias coinciden en que la reconstrucción no puede medirse únicamente por los edificios que vuelvan a levantarse. También deberá reflejarse en la capacidad de proteger la salud, la dignidad y los derechos de las mujeres que sobrevivieron al terremoto y que ahora intentan reconstruir sus vidas.

Por: Erika Hernández

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