El sídrome del poder prolongado: Un Análisis sobre la patología del mando y la necesidad de alternancia| Por: Karina Oval

Karina Oval

(2 junio 2026) Resumen: La permanencia prolongada en posiciones de poder, tanto en el ámbito público como privado, genera alteraciones significativas en la psique del individuo y en la dinámica de las instituciones. Este artículo analiza cómo la falta de alternancia actúa como un catalizador para la patologización del liderazgo, específicamente a través del Síndrome de Hubris. Integrando la ciencia política con el modelo cognitivo-conductual se examina cómo la sobre estimulación dopaminérgica, derivada del control y la influencia, conduce a una disociación de la realidad. Se propone la alternancia no solo como una garantía democrática, sino como una medida preventiva de salud pública y organizacional.

Palabras clave: Poder, Síndrome de Hubris, Dopamina, Alternancia, Participación democrática, Conducta autocrática.

Introducción: El Poder como Estímulo neuro-conductual.

La política, en su acepción más elemental, es la gestión de la convivencia. No obstante, cuando el ejercicio del poder se extiende más allá de los límites temporales establecidos, la estructura de la personalidad del líder tiende a fracturarse. Desde una perspectiva cognitivo-conductual, se comprende que tanto el comportamiento social como la conducta humana se moldea y mantiene en función de las contingencias del entorno y el procesamiento cognitivo de la información. Cuando una persona ocupa un cargo de mando por tiempo indefinido, sin mecanismos de participación democrática, el entorno tiende a volverse artificial, sobre todo si se eliminan, neutralizan o desaparecen los estímulos aversivos, la crítica es filtrada y el refuerzo positivo se vuelve constante.

Efecto biológico y el secuestro del líder:

El ejercicio del poder es una de las actividades humanas que genera una liberación intensa de cortisol, pero también de dopamina en el circuito de recompensa del cerebro. La sensación de influencia, control y éxito activa una gratificación neuroquímica potente. Si este estímulo es permanente, el cerebro, busca mantener niveles altos de satisfacción, lo que lleva al individuo a buscar el reforzamiento constante de su autoestima mediante la adulación y la eliminación de cualquier resistencia, es decir, de cualquier persona que piense diferente.

Cuando el líder elimina la confrontación de ideas para proteger su fuente de dopamina, se produce una disociación de la realidad. El sujeto ya no responde a las demandas sociales, sino a su propia necesidad de mantener el status quo que le provee bienestar neuroquímico.El Síndrome de Hubris:

Asociado a un cambio de actitud temporal, relacionado con la patología del exceso de autoridad sin restricciones, descrito como un trastorno adquirido de la personalidad, es la culminación clínica de esta intoxicación. El líder o la lideresa hubrística muestra una convicción mesiánica, una pérdida de contacto con la realidad, un ego desmedido, y un desprecio absoluto por los consejos de los demás. A diferencia de otros trastornos, este es adquirido por la posición de mando. El líder o lideresa se siente indispensable y, en consecuencia, empieza a tratar a las personas e instituciones como extensiones de su propia voluntad.

El entorno de este tipo de liderazgos se vuelve tóxico ya que el miedo, la lealtad ciega y la sumisión pasan a ser la norma. La violencia psicológica velada se institucionaliza, ya que el líder o lideresa percibe cualquier recomendación o cuestionamiento no como una diferencia de opinión, sino como un ataque a su propia integridad.

La alternancia vista como necesidad sanitaria.

En este sentido desde nuestra perspectiva politológica, la alternancia no es solo un capricho democrático; es una necesidad profiláctica de prevención ante liderazgos autoritarios. Las constituciones y estatutos que limitan los periodos de mandato actúan como un sistema de prevención contra la neurobiología del poder. Al obligar al cese o retiro, se interrumpe ese ciclo de sobreestimulación dopaminérgica, permitiendo que tanto el individuo como la institución, se reintegren a la realidad social.

La falta de alternancia en organizaciones gremiales o empresas privadas es igualmente perniciosa. Sin contrapesos, cualquier líder está propenso a desarrollar esta especie de enfermedad de poder, creando una estructura donde la mediocridad y el miedo desplazan a la pluralidad de ideas, la eficiencia y la innovación.

Como analista, invito a la ciudadanía y a los miembros de organizaciones a prestar atención a las siguientes señales de alerta de un líder o lideresa patologizado:

El líder solo escucha a quienes le adulan y elimina a quienes le presentan datos contrarios a su visión. Utiliza frecuentemente frases que indican que se siente por encima de las normas que él mismo creó. Se vuelve incapaz de comprender el sufrimiento o las necesidades de la gente común, interpretando las críticas como ingratitud o deslealtad. El ambiente institucional u organizacional se vuelve silencioso, nadie opina por temor a represalias, en este sentido, la toma de decisiones se vuelve más errática o basada en fantasías de poder.

La alternancia y la participación democrática, es la medicina más efectiva contra la patología del poder. El respeto a los tiempos y a la renovación de los liderazgos es la única garantía de que instituciones, organizaciones y gremios, permanezcan al servicio de la sociedad y no al servicio del ego de quienes las ocupan.

Karina Oval: Politóloga-Investigadora. Analista y consultora estratégica. Mail: consultoriakot@gmail.com

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