Autoritarismo y sumisión en la vida adulta. La crianza moldea nuestra conducta política y laboral| Por: Karina Oval

Karina Oval

(4 agosto 2026) Cierra los ojos un momento y viaja a la mesa del comedor de tu infancia. Observa quién servía la comida, quién tenía la última palabra y, sobre todo, qué ocurría cuando alguien se atrevía a disentir. Solemos cometer el error de analizar el poder exclusivamente desde la perspectiva gubernamental, partidista o institucional, buscando caudillos en el palacio de Miraflores y demócratas en la Asamblea Nacional. Sin embargo, la política más profunda y la raíz del autoritarismo y la sumisión en la vida adulta no nace frente a una máquina del Consejo Nacional Electoral; se gesta en la sala de nuestra casa. La familia es la primera, y a menudo la más implacable, escuela de modelaje de conductas de poder.

La familia: Nuestra primera escuela de poder

Una persona autoritaria no amanece siéndolo el día que asume un cargo directivo o de poder. Ese patrón de conducta viene forjándose desde mucho antes, en la intimidad de los pasillos de su casa. Aprendemos a ser autoritarios o sumisos cuando crecemos viendo cómo, por ejemplo, papá no toma en cuenta las opiniones de mamá, o viceversa. El poder se nos presenta por primera vez cuando obedecemos, no porque comprendamos la lógica o la necesidad de una norma, sino ante el terror de una mirada amenazante, el ardor de una cachetada o el peso de un castigo desprovisto de todo tipo de explicaciones. En esa dinámica, nuestro cerebro infantil hace asociaciones, y aprendemos a relacionar el amor con la obediencia ciega, sin palabras, sin mediación. Nos convertimos en individuos formalmente respetuosos, pero estructuralmente sumisos.

Cuando el ejercicio de la autoridad, sea de un padre o de un jefe, debe recurrir a la intimidación o a la fuerza física o verbal para ser acatado, ese poder ya ha perdido toda su legitimidad. Pero la tolerancia a esa pérdida de legitimidad viene de casa, de aquellos años tempranos en los que normalizamos que los gritos eran sinónimo de respeto, que los golpes eran formas de cariño y que la autoridad no era otra cosa que el sometimiento del más débil.

El peso del silencio y la sumisión heredada

Por el contrario, el primer ejercicio democrático de un ser humano ocurre cuando, en ese mismo comedor de la casa, se escuchan las diferentes necesidades de los miembros del hogar. Cuando los gustos, los miedos y los deseos se ponen sobre la mesa sin el miedo o terror de la violencia física o psicológica acechando. Aprendes de pluralismo cuando observas que en tu casa las decisiones se toman llegando a acuerdos, no imponiendo una sola mirada. Todo estilo de organización humana tiene su semilla en las dinámicas familiares. Detrás de un niño que aprendió a competir vehementemente y a obedecer sin cuestionar, suele haber un adulto que, al llegar a una posición de liderazgo, deseará imponer antes que escuchar, buscando una supuesta efectividad, arrasando así cualquier intento de mediación.

Lamentablemente, el autoritarismo y la sumisión son herencias silenciosas. Se transmiten cuando en casa no se puede hablar de ciertos temas porque eso molesta a papá, o cuando mamá prefiere callar y aguantar un maltrato con tal de no desencadenar una discusión. En la tensión de esos silencios aprendimos opciones de supervivencia, imponernos con fiereza o callar con resignación.

El autoritarismo en la oficina. El modelaje del hogar al trabajo

Años más tarde cuando toca salir al campo laboral, llevamos a cuesta todos esos aprendizajes. La verdadera cultura política de una organización no reside en sus estatutos, en su misión organizacional, ni en sus manuales corporativos, esta se encuentra viva y latente en la forma en que su líder gestiona la convivencia con los diferentes niveles dentro de su organización. El miedo a opinar, el jalabolismo complaciente, el cálculo por conveniencia y la sumisión son conductas corporativas que responden a aquella misma raíz familiar. Algunos líderes de hoy se sienten profundamente complacidos cuando son adulados porque, de niños, solo lograban obtener un mínimo de atención si destacaban de forma exagerada. Otros jefes confunden la lealtad con la obediencia absoluta porque en su infancia, atreverse a opinar fue castigado como un acto de imperdonable rebeldía. Lo mismo pasa con las conductas de silencio o sumisión.

Desaprender la tiranía. Un ejercicio de consciencia democrática

Sin duda el determinismo no es absoluto. Existen excepciones a la regla y no todos estamos condenados a repetir las conductas de opresión o sumisión que observamos. Sin embargo, lograr modificar este condicionamiento operante requiere un trabajo profundo de autoconsciencia. Exige identificar los estímulos de nuestro entorno y aplicar un manejo de contingencias consciente que nos ayude a extinguir esas conductas de riesgo que traemos programadas y que se refuerzan en algunos entornos. El hogar no solo nos enseñó horarios para comer, dormir, o estudiar, también nos inculcó una matriz de valores por pura observación e imitación.

Para desaprender la tiranía cotidiana, es imperativo hacer un viaje de introspección hacia nuestro presente organizacional, y respondernos preguntas como: ¿Qué tipo de autoridad dirige el lugar donde estudias o trabajas? ¿Puedes hablar y expresar de manera tranquila tu visión de las cosas, o te silencias preventivamente para no molestar a sus directivos? Cuando presencias errores o fallas morales en tus superiores, por ejemplo como: conductas de agresividad, crueldad, soberbia o una absoluta falta de empatía, ¿los sientes como algo normal, o en el fondo esas conductas te molestan?

Entender la política exige mirar a través de los teóricos, pero aplicándolos a nuestra cotidianidad. Si lleváramos a Norberto Bobbio a evaluar nuestra oficina, él no buscaría grandes discursos, sino que analizaría los procedimientos internos, preguntando si las reglas del juego son claras y transparentes para todos, o si operan en la opacidad del capricho de un director/a. Robert Dahl por su parte, pasearía por los pasillos hablándonos de pluralismo, nos invitaría a revisar si en nuestra empresa o en la organización donde estudias o trabajas, se respeta la diversidad de intereses, si hay verdadera inclusión y si las opiniones colectivas tienen un peso real en el rumbo de dicha organización. Y finalmente, John Rawls nos pediría que nos detuviéramos a evaluar si la justicia, dentro de ese ecosistema laboral, se aplica equitativamente tanto para el pasante, como para el gerente, o si, por el contrario, el sistema solo responde a los privilegios de un grupo muy reducido.

Reflexión final. Rompiendo el molde

Muchas veces creemos que aprendemos sobre sistemas de gobierno leyendo noticias o analizando elecciones, pero la realidad es que la primera lección de política la recibimos bajo nuestro propio techo. Comprendemos el peso de la autoridad cuando vemos cómo un superior trata a quienes considera inferiores. Y solo alcanzamos a comprender verdaderamente la democracia cuando entendemos que sus valores no son exclusivos del Estado, sino que deben respirarse en cada entorno organizacional y humano. La próxima vez que te enfrentes a un acto de poder, ya sea ejerciéndolo o padeciéndolo, recuerda que ese momento tal vez no nació hoy, sino que por el contrario, puede ser el eco de un niño que, hace muchos años, aprendió a gobernar o a protegerse en la sala de su casa. La libertad real comienza cuando decidimos, con valentía, romper ese molde.

Karina Oval. Politóloga. Investigadora. Directora y CEO de @PulsoHumano.Ponente invitada en el foro chat de Mujer y Ciudadanía

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